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Full text of "Minés"

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LAC 



* 



THE LIBRARY 

OF 

THE UNIVERSITY 

OF TEXAS 



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Mines 



Eduardo ^eeuedo Día? 



Mines 



PRIMCRA EDICIÓN 



BUENOS AIRES 

Editor: VICENTE DAROQUI 
ALSINA 752 

1907 



Obras publicadas áel mismo autfip 



Brenda — Ismael — Nativa — Grito de Glo- 
ria — Soledad. 



En preparación : 

Polo opuesto. — {Dioramas del pasage.J 
Fritos. — Novela histórica. 



THE LIBRARY 

THE UNIVERSITY 

OF TEXAS 



Consultas 



Si las llamadas escuelas literarias no vi- 
ven más tiempo qne el de sns grandes intér- 
pretes ¿está obligado un autor á considerar 
como forzosas é ineludibles sus reglas, cánones 
^ preceptos respectivos! 

A título de predominio transitorio de tal ó 
cual escuela, cuyo éxito en definitiva, no es 
más que resultado de impresionabilidad ¿ha 
de desterrarse de las letras toda producción 
que no respete ó que no coincida con esa 
tendencia, y ha de sacrificarse al gusto del 
momento una címcepción cualquiera i>ersonal 
del artel 

Si el estetero no es en rigor respeííto á 
la teoría, ni clásico, ni romántico, ni natu- 
ralista, ni simbólico, ni simbolista, ni deca- 
<lente, sino mero órgano principal de la 
sensibilidad, el centro en que refluyen todas 



824630 



TI 



ensacioiies ¿es lógico pedir á un teiiipe- 
raiiiento dado subordinación i)asiva a las 
exi^en(*ias de secta determinada, ó á fórninlas 
de convención? 



En otros términos: si el esteta es una 
personalidad distinta de la del hombre co- 
mún ó del hombre público, y en ella ha de 
estimarse ante todo el esfuerzo i)ara encare- 
cer ó sublimar el fin del destino humano 
¿se puedt3 desertar de tradiciones diver- 
sas^ cien veces traici<madas, y seguir el 
impulso propio! 



¿La obra de arte debe ser apreciada con 
arreglo al grado de emoción que ella pro- 
duzca por su bondad intrínseca; ó es admi- 
sible que el sentimiento de antipatía al estilo, 
á la tendencia, ó á la idiosincrasia del autor, 
l)ese como elemento de juicio crítico! 



Se opina por autores respetables, que ya 
están bien señaladas las dos vías á seguir 
])or los espíritus en lo futuro: la sociológica 
v la mística. 



lU 



¿Cuál (le ellos, en todo easo, resistiría me- 
jor las sediieciones del laúd de los soñado- 
res ])erdidos en la selva, al regreso de los 
funerales olínipieos de Hnj>()f 



^,Qué maestro comprobó con eficiencia, 
que lo romántico, y aún lo místico, no son 
fases ])ermanentes de la naturaleza hu- 
mana en la i)lenitud fisiológica, como la 
es la de la luna, ])or uiás que m)s parezca 
monótona, á fuerza de contemplarla inalte- 
rable siempre? 



Qn6 es nuls preferible para la formación 
del buen gusto ])0]mlar y reforma de costum- 
bres ¿la novela de la historia, — no la histo- 
ria en sí misma, — que deforma los hechos 
y los hombres, ó la novela histórica que re- 
sucita caracteres y renueva los moldes de 
las grandes encarnaciones típicas de un ideal 
verdadero? 



Alguna vez se ha dicho que una obra li- 
teraria no debe medirse c<m la escala nuHrica 



IV 



y el compás, á propósito del juicio de Pierron 
sobre el «Asneóla» de Tácito. 

¿Lo será entonces por sn grado de inten- 
sidad, ó por el quid divinum del poeta? 



('orno en este relato, qne no es leyenda^ 
l>ero qne en el país clásico del arte podría 
titularse racconfOj hay mncho de verdad his- 
tórica en el hecho y en la pasión, cíaben los 
temas qne anteceden, y (ínya solución dejamos 
á los hombres de sentir proftmdo. 



Buenos Aires, Julio de 1907. 



xaiu JLilJDKAKi 

THE UNIVERSITY 
OF TEXAS 



ni MES 



Ecos del carmen 

(J liando niuos, habían sido muy compañe- 
ros en sus paseos y diversiones inocentes. 

8us recuerdos más í> ratos manaban de un 
pasado sin penas; de esa edad tierna en que 
los ojos ríen, las bocas cantan, las manos se 
entrelazan, los cuer])os se juntan, los cabe- 
llos nebros y rubios se mezclan, y sobre las 
hierbas frescas ruedan abrazados los cando- 
res y las alejarías en montón adorable de car- 
nes de rosa y cabecitas de ánj»el. 

La edad en que no se jnensa, ni se sa- 
be 

El mundo está lleno de pájaros y de ño- 
res, trinos y perfumes. Hay qm* ajíodenirse 
de mariposas y de nidos, de pintadas alitas 
y lindos huevecillos para hacer colecciones 



4 ACKVKDO DÍAZ 

y collares, aunque resulten truneos y no se 
conserven una semana. 

Es tan humano desde el albor <le la vida 
gozarse en perseguir la creación pequeña! 
J*or ent<mces, no se ])resiente la culpa ni el 
l)ecado. 

Se cazan los seres que no se quejan, que 
no lloran como los niños; se corre por do- 
quiera, al ai)eri}i y la lagartija; se tiran gui- 
jarros al chingólo solitario, se extraen de los 
nidos los ])ichones apenas empluuiados, se 
arroja agua al colibrí que liba en los clave- 
les, y se pincha al abejón ])ara que deje su 
cuevlta de Jiiiel. 

La travesura es Ingénita; la curiosidad la. 
estimula, en el alma del niño. 

La jualicia, precoz en muchos, no terció 
en las xu-imeras expansi<mes de Mines y lli- 
<'ardo. 

En cambio, los dos se miraban siemi)re con 
cariño y rara vez en sus juegos dejaban de 
estar juntos. Si ella escogía otra ])areja, lia- 
rla él decía, pero se quedaba mustio. 

Si él dejaba de venir un día, al siguiente 
lo recibía ella cim gran cxuitento, y cogitán- 
dole de la mano lo hacía correr bien ceñido 
ú su cuerpo, largos trayectos. 



mi:ni:8 5 

Y cuaiido el tiemi)() fué avaiiziindo, auiiieii- 
tó el ])laeer de hallarse cérea el uno del otro 
en todas las o])ortunidades. 

Sabían deeirse nnielias palabras. El lengua- 
je era ya en ellos algo más que parloteo de 
pajaritos. El amor propio empezó á des]mn- 
tar eon un enojo banal, y más tarde se ma- 
]iitestaron eelillos suaves. 

Tina tarde de otoño, desjmés de andar un 
treeho entre los árboles, Clines le dijo eon 
aire serio: 

— Me i)onen en el eímvento i)ara que me 
ensénenlas hermanas. . . .Qué lástima! Ya no 
íios veremos eomo antes, Bieardo. 

— Y á mí me mandan á la universidad — 
<*ontestó él ecm el liiismo tono. 

— Si! A mí me encierran, porque dicen 
que no saldré sino unas lunas los domingos. 

— Xo tengas cuidado Mines. Esos días yo 
vendré á a isitarte. 

— Bueno! — exclamó la nina mostrándole sus 
blancos dientecitos c(m una sonrisa de gozo. — 
Me hamacarás y después juntaremos violetas. 
Si vieras como vienen de grandes! .... 

¿Quieres que te regale ahora unas ])oqui- 
tas? — agregó moviendo h\ cabeza con un gesto 
ingenuo y cariñoso. 



«> A(íEVEl)0 DÍAZ 

— Xo, todo está mojado y liay muchos sa- 
pitos; otra vez. 

— ;Malo! ¡y que te doyf . . . . 

— No sé ... . Una mechita, todavía .... 

— ¿llmi mecbita? 

— Sí, de tu pelo .... 

Mines se eelió á reír eon tanto ^iisto, que se 
le puso la voz ronquilla en pixíos momentos. 

Concluido el acceso, se acercó bien á él, le 
peinó el cabello con su manecita y murmuró 
c(m ternura: 

— Sí, lue^o te la doy. . . . 

Por toda respuesta, al halaíjfo de la caricia, 
él juntó su cabeza con la de ella, y se estu- 
vieron callados un rato, columi)iándose sua- 
vemente. 

Y como si esto le recordase una de sus dis- 
tracciones favoritas. Mines dijo quedito: 

— ¿Vamos á la hamaca? 

— Bueno. 

Los dos se lanzaron veh)ces hacia el sitio. 

P]ra éste, el de una i)equeña exi^lanada cu- 
bierta de arena lina, bordeada de boj en sus 
ñancos. 

El columpio ])endía en medio de dos pa- 
raísos, y tenía asiento de esterilla con es- 
paldar. 



MINES 



Mines se colocó en él con agilidad y cierta 
coquetería al arreglarse las ropas, mirando ri- 
sueña a su compañero. 

Apenas dado el primer balance, apareció 
en el sitio Mar tindío, con el rostro hecho 
una grana. 

Tenía la edad de Kicardo, trece años, más 
que menos, reducido de talla, rubio, ojos ce- 
lestes, de ademanes ligeros y osados. 

Pertenecía al grupo de los tertulianos asi- 
duos y era el terror de las avecillas de la 
quinta. Había i)recocidad en el desarrollo de 
sus instintos, y se distinguía por cierta 
tendencia habitual á las rivalidades y enconos. 

Se quedó un momento como extático, con 
temi)lando á Mines, con los brazos cruzados 
^letras. 

Luego 13a só por su semblante una ráfaga 
de impaciencia, de disgusto mal cont.enido, 
y dirigiéndose á Ilicardo, dijo bruscamente: 

— ¡Siempre la has de hamacar tú! ... . 

Y sin añadir palabra cogió la cuerda que 
quedaba libre, con el proj^ósito de ayudar al 
columpio. 

Mines se arrojó de un salto al suelo; y 
tomando el brazo de liicardo, exclamó con 
luiíi gran risa: 



> A(ii:yi:i)() diaz 

— ; Vamonos! 

Martín ó Maitinclio, como ellos lo llama- 
han, los níiró irse airado; pero pronto oenpó 
el lugar dejado })oy la nina y se jmso á me- 
cerse, entre oseo y satisfecho de haher que- 
dado dneno del campo. 

Sin end)aií><), de allí á poco el desaire eju- 
l)ezó á dolerle, porque ahandonando la hamaca. 
se volvió H sn casa sin desi)edirse. 

Halagó nmcho á Ricardo la acción de ]\rinés; 
y desde aquella tarde sn amistad se hizo más 
solícita y atenta. 

Le encantahan los caprichos de su í^racio- 
sa conipafiera, y cnando la veía marchita, 
venía á sn consiudo c<m palabras afectnosas. 

Xo címtento con esto, le enseñaba la « me- 
dí ita» qne ella le había dado al fin, y que gnar- 
daba en nna carterita de piel. 

Sin ellos qnererlo, como al acaso, siendo 
muchos los del grn])() disi)erso en sus juegos^ 
se encontraban con frecuencia á solas; y en 
esos momentos se miraban en silencio, se s<ni- 
reían y se daban las numos para hacer rondas, 
liasta qne otros llegaban en balumba- y se- 
confnndían. 

A o(*a{siones, con cualquier pretexto, Mines 
iba á refugiarse en la glorieta; y no trans- 



3riNK8 VI 

tnuTÍaii mnc'lios minutos, sin que i)asara á 
saltos liicardo juirando al interior. 

Ella lo llamaba, y una vez allí, nada le 
decía que valiese la pena, y se ironía á arran- 
car ramitos tiernos dándole la espalda. 

Cuando se volvía rái)ida, parecía expresarle 
i'im una mirada dulce cuanto era su goce de 
que el no se moviera de su lado, y la hubiese 
estado conteuiplando de la cabeza á los pies 
como á una linda muñeca vestida de novia. 

De pronto sinmlaba una melancolía repen- 
tina y suspiraba; se cubría el rostro con las 
dos manos, y ptu' entre los dedillos rosados, 
lo miraba de un modo i)icaresco con el ral)i- 
11o del ojo. 

liicardo se sonreía, y le susurraba al oído: 

— ;Si no tienes nada, mimosa! Yo sí que 
estoy triste. ... 

— ¿Porqiu*? Vauíos a vej.;. ... 

— Es que á ver no nos vamos Miiiés, quien 
sabe en cuanto tieuipo, sino en ra titos. 

— ;Y til me escribes! 

— ;Oh! ¿Al convento?. . . .Te pondrán en pe- 
nitencia las hermanas. 

— ;Qué sabes tú! Si son uniy buenas. 

— Ilem. . . .Mira. Ahí vienen cíuriemh) h)s 
rubios del alemán vecino. ;Escái)ate! 



10 AdEVEDO DÍAZ 

— ;Pues, que sí! 

Pero, esa vez, antes de salir de la glorieta, 
se apoyó un segundo en él y le hizo un mohín 
de sinii)atía. 

En seguida le mostró la palma de la mano 
izquierda, murmurando compungida: 

— ;Me i)iuclió ahí! 

— ¿Adonde? no hallo .... 

— Que sí, ¿no vés? 

Ilicardo la a(*arició donde ella señalaba. 

Keeién escapó entonces como una flecha, 
diciendo iiniy alegre: 

— ;X<) era más que una ronchita! 

Otras veces en la hora del crepúsculo, en 
un estanque del fondo, á cuyos bordes bro- 
taban junquillos muy olorosos, se comi)lacían 
en observar el retlejo de las primeras estrellas. 

En una de esas ocasiones, (íuando apare- 
(*ió la constelación de Orion, Eicardo exclamó: 
¡Mira como se abren las puertas del 
cielo! .... 

— Xo, — dijo Mines, — s(m las tres Marías 
c<m sus coronas de luz. 

— A mí no me han ensenado á conocer más 
que una en el cielo. 

—¿Cuál? 

— La madre de Dios. 



MINES 11 



— Bueno, y que tiene! — aííadió la niña mi- 
rando arrobada á las alturas; — es ella tres 
veces. 

— ¿Y esa rojita que tiembla más que las 
otras? 

Y Kicardo señalaba á Sirio. 

— ¿Esa? — repuso Mines eon aire de sabidi- 
11a. — Esa. . . .es el arcángel Miguel. 

— Embusterita! 

— Te digo que es, liieardo — continuó ella^ 
al propio tiempo que le arreglaba el moño 
de la corbata con mucha i)ulcritud. 

— Después de la del cielo, sé de otra en 
la tierra. 

— ¿Se podrá decir? 

Ricardo jmso en la niña sus ojos oscuros, 
con una expresión tan insistente que le hizo 
encendérsele el semblante. 

A aquella oleada de rubor, se siguió un 
movimiento nervioso, y tanteando aquí y allí 
con su diestra, arrancó un botón semi-abierto 
de junquillo, cuyo perfume aspiró un instan- 
te, y luego se lo pasó á su compañero, no 
sin antes con él rozarle la sien. 

— Con la flor no quiero! 

Mines se aproximó un i)oco más, pregun- 
tando: 



Í2 AÍKVKBO DÍAZ 



— Y cómo, entóiiees? 

Kicaido frunció el ceno, y quedó callado. 

-- Euojitos tenemos? — proiTumi)ió Mines, 
adoi)tando nn tono í»'raYe.-- Como si una diera 
motivos! .... Xo hay más que contentar al 
caballerito en sus caprichos. Pero, ha de ser 
\H}Y esta vez sólita, oyes i)retenciosof 

Y ])asándole su brazo por el cuello, lo 
atrajo hacia sí con un gestito de reina. Unió 
su sien á la de él, casta, blandamente, por un 
impulso es])ontáneo, cual si lo hiciera con 
una imá<>en querida; y luego, meciéndole hu 
cal)eza á la ])ar de la suya, se puso á can- 
tar con una voz ñna y timbrada de futura 
c<mtralto: arrorró mi niño — arrorró mi sol ... . 

E iirterrum])ién<h)se, (juedóse á observar el 
efecto qu(* su arrullo i)roducía en Kicardo. 
Este la miró sonriente, muy ufano. 
— Yo no soy bel>é. 

Y tenía, al decirlo, tan cerquita la frente 
de Mines, (^ue la rozó con sus labios. Ya 
no hablaron, después de aquel ósculo sin 
ruido, ftja la vista de los dos, c<uuo abis- 
mada, en las estrellas escintilantes retrata- 
<las en el agua dormida. 

Pasa(h)s algunos días de esta escena, lii- 
«•ardo volvió ])arrt des])edirse; pues era llegado 



íKiiiel en que su amiga debía entrar de alumna 
(*n un convento. 

Los padres de Mines tenían muehos años 
de residen(*ia en el país, y eran eatólieos 
sinceros. 

Habían labrado una regular fortuna, y su 
prole se limitaba á tres liijos, dos de ellos 
casados. Aunque solicitados ya en su carino 
de abuelos, María Inés, á quien llamaban 
Mines por dictado amoroso, atraía todo el 
afecto y era el afán de sus ternuras acen- 
dradas. 

Escojieron para su preparación é instruc- 
ción el sistema de la enseñanza en immas- 
terio, creyendo de buena fe que superaba á 
los demás, y x)or seguir una tendencia na- 
tural de sus ideas. Pero, nunca fué esta elec- 
ción de plan docente un propósito delibe- 
rado de consagrarla á la vida religiosa, 
apesar de la dulzura y piedad que revelaban 
los sentimientos delicados de la niña en 
todos los actos. 

Kespetarían su voluntad en épo(*a o])or- 
tuna; y no se opondrían á su consorcio con 
Dios, si existía en ella una vocación cons- 
iiente é inflexible. 

La educación debería extenderse á otroíi 



824630 



14 AOKYEDO DÍAZ 

ramos que los del i)roííriima cointin, al canto, 
música y pintura, si por estas bellas artes 
liabía en la (liscíj)ula añción y empeño. 

Cuando Ilicardo se despidió con las i)ala- 
bras tímidas del que no ha meditado lo que 
ha de decir, ])ero acompañando con sim])á- 
tica intiexión su jerpí de adolescente, rodea- 
ban á Mines otros de sus compañeros de 
ambos-sexos, qne no la dejaron consagrarle 
más que una sonrisa <le efusión íntima mez- 
clada de pesar. 

También Martinclio era de la rennión, que 
en parte impcmía con sns parlas indiscretas 
y el desenfado de sus actitudes. 

Así que Ilicanlo salió, díjole al pasar, 
c(m cierto regocijo: 

— 8e acabaron las hamacas y pillos cie- 
gos, amigo! .... Ahora, á estudiar latín. 

— Que te aproveche, ya qne te gusta la 
sotana — contestó aquél con su aire semi- 
grave v calmoso. 



MINES 15 



II 

Claroscuro de un convento 

La intelectual odisea de la adolescencia á 
la plena juventud, cuenta algimos grados de 
cambio evolutivo. 

Pasados los meses y luego los años, los 
dos temperamentos fuéronse desenvolviendo 
y perfilando á medida que la educación de 
(*ada uno hacía progTesos, mo<lelal)a el ca 
rácter, é influía en sentido de lo que se lia 
llamado segunda naturaleza. 

En los primeros tiempos de su larga es- 
tadía en el convento, Mines extrañó bastante 
los halagos del hogar paterno; pero al fin de 
año, la solicitud y afecto con que era tratada 
por las hermanas religiosas, prevalecieron so- 
bre los mimos y recuerdos. 

El aleccionamiento preparatorio no ftié di- 
tícil á las maestras, recayendo en un espíritu 
de índole tan dócil y accesible como el de la 
niña — gacela, según el mote cariñoso con que 
ellas la designaban para distinguirla de sus 



U) AOEVinK) DÍAZ 

i'oudiscípulíis, y aludiendo sin duda á sus ojos 
grandes, i)ardos, de un suave brillo, al pare- 
<*er creados ])ara la vida contemplativa y las 
profundas absorciones de la plef>aria y el 
éxtasis. 

Sufrió un poco en esos meses, pues con 
frecuencia se aciu'daba de impresiones (pie no 
mueren en nn día; de sns padres en todo ob- 
secuentes; de su libertad tan llena de atrac- 
tivos; de sus janlitas con jil<»'ueros; de los 
paseos y jue¿»()S en el jardín; de sus ale^^res 
parlas con Eicardo en la hamaca y en la glo- 
rieta, en la salita de estudio y á los bordes 
del estanque .... Dulces memorias nntridas 
de candor, y bordadas de encanto, qne en su 
mente hacían el efe('to de palomas blancas 
arrullando nfanas en la nuibría (pie el sol 
vseuibraba de lentejuelas de oro! 

Las fue manteniendo en lo posible, sus- 
pendidas de su alma; hasta que poco á poco 
el régimen frío y adusto del nnevo auibiente, 
predis])uso su inteligencia á otro orden de 
atenciones, esfumándolas dentro de parede^i^ 
blancas, y á la vista constante de imágenes 
que no eran las de sus mnnecas. 

Las oraciones austeras ocuparon sn lugar; 
<iuedó de ellas c(mio nn celaje, nn tul celeste 



MINES 1 7 



lejano como el del cielo, símbolo tal vez del 
velo de que oía á cada paso hablar, como de 
un preservativo divino contra los grandes 
])ecados mortales. 

Buena y obediente, su carácter se fué mo- 
ílelando en la forma que se adoi)tó desde el 
comienzo, sin que en el fondo interviniera su 
voluntad, á modo de cera vir¿»en donde se im- 
])rimen emblemas ó símbolos de cosas ideales. 
8u voluntad! Ella creía no tenerla por en- 
tonces, ni ai)reciar podía i)or lo mismo el 
^rado de su vií>(n* intrínseco. Lo que sobre 
xsn ánimo obraba (nm eficacia era una su¿»es- 
tión real y persistente, distribuida en x)orcio- 
nes, i)or decirlo así, según la calidad de las 
tareas diarias ó de las prácticas del culto, de 
manera qne todas conveijiesen á un solo fin, 
cmuo los radios á nn mismo centro : luicer de 
la xuedestinada , ])rofesa. 

Esta sugestión, observada por sistenuí, ac- 
tuante sin alternativas en la banca, en el 
locutímo, en el altar, en la salmodia, en el 
coro, en el facistol, en el cántico de la i)ala- 
bra de Cristo, en el relato de la pasión á la 
luz lívida de los blandones propios para 
alnmbrar á trazos el camino del calvario, por- 
que á trazos tenía que irse ganando i)or en- 



18 A(^KVEI)0 1>IAZ 

tero el corazón virgen, á medida qne más 
snsi)ira y llora ante la simibra y el misterio; 
esta fascinaeión lenta, pausada eomo la de 
ojos sin pári)ados sobre la toreáz tímida, qué 
aymla á la voeaeión propia é impone fór- 
mulas rígidas en las que se fija y no sale el 
l>ensa miento, eual si con ellas se le nxleara 
de abismos insondables; este cautiverio de 
almas que se inicia por el cultivo intensivo 
de la credulidad ingenua, y concluye en el 
espasmo del éxtasis, se fué obteniendo tam- 
bién en la de Mines de suyo i)redispuesta al 
ensueño en la eda<l más propicia á los vue- 
los del sentimiento exaltado, que á los anun- 
cios discretos del instinto reflexivo. 

Las pomi)as rituales con su magnificencia 
<le brillos, sus cánticos solemnes y sus nu- 
bes de incienso, fueron acrecentando el fer- 
vor de sus sentimientos místicos, al ]mnto 
de verlos rei)roducidos en sueños y de con- 
servar incíesantemente en sus oídos los ecos 
de los salmos y los acordes del órgano, como 
únicos é impecables compañeros .de su alma 
solitaria. 

En los días de la pasión todo contribuía 
á ahondar sus emociones; toda la leyenda 
era i)ara ella página de luz; todas las fra- 



MINES 19 

ses que descendían del palpito gritos de vei - 
dad revelada, voees que venían de nltra- 
tiimba impregnadas de perfumes deseonoei- 
dos al mundo. 

jQue frnieión extraña, la de seguir paso 
á paso la marcha del redentor! Cada nno era 
nn canto de nn poema que no tenía igual en 
la tierra, acaso el único que ella conocía y 
que no era obra de los hombres; un poema so- 
brenatural, maravilloso, en que cada escena 
era nn drama y cada dolor nn eiemi)lo, cuyo 
origen estaba en el amor sin límites y cuyo fín 
era la cruxiñcción que impone y regenera. 

El i)oema 4le castidad y de j)ureza que 
muestra un corazón sangrando, a los que 
han olvidado sus deberes en la tierra! 

Cuando solo en el camino árido i)ide agua 
l^ara aplacar sus ansias á la samaritana en 
la fuente, y cuando más tarde trazando sig- 
nos en la arena de una calle, sentado en la 
vereda, contiene á la turba que lapidar que- 
ría á una mujer culpable, cuan sublime se 
le aparecía Jesús! Pero, más solemne en la 
oración del huerto, más admirable ante sus 
jueces, más sublime en la jornada con la 
cruz á cuestas, más augusto en las horas 
del suplicio. 



2i) ACKYKDO DÍAZ 

La madre dolorosa; aquellas iinijeres que 
liahían lavado eoii eseiieia delicada sus pies, 
y seeádolos eoii sus cabellos; esa María de 
Mándala en quien él ]>us<) otra alma imra 
(pie gustase de la dicha dentro de un cuer- 
]M> de pecados, cuan seráfícas se destacaban 
en la tarde lú<>ubre del calvario, á un ])aso 
de s(ddados y verdugos! 

Había acaso ocurrido nunca alg'o parecido? 
A ella le habían ensenado que todo eso era. 
excluyente, no visto ni soñado en la vida 
del mundo. 

Las prácticas y ejercicios <*ontinuos, á que 
l>or años se venía dedicando en los altares, 
contribuían á afianzar su fe en los milagros; 
y en las pandes consaí^raciones se distin- 
guía por su atención á las lecturas espi- 
rituales, su recocimiento en las vía crucis y 
cantos del ])erdón, su embeleso en los ser- 
mones de soledad, en el salmo de profecías, 
en la misa imjxmente de fíloria. La gravedad 
de estos actos, los ornamentos de imágenes y 
de diáconos oñciantes, las armonías de la 
música saí»rada, el zahumerio de los pebete- 
ros ajjitados por manos de obispos, la un- 
ción que parecía dominar todos los espíritus^ 
en el hosana de triunfo, ejercían en ella como 



MT^KS 21 

uña infliiencáa magnética lierinaunndo en 
sus fervores la adoración y el júbilo. 

A parte de este tributo á los tenii)los, con- 
curría con la superióra y otras liernninas 
á los hosintales y á los yertos hogares de 
menesterosos. 

A indicación de ella misma, sus padres 
que pasaban una ñierte subvención ]>or la 
novicia, á más de periódicas donaciones muy 
estimables en obsecpiio de la hermandad, 
habían establecido como cláusula de exce])- 
ción que Mines i)odría asistir á los hosjncios, 
y otros establecimientos y (*asas de familias 
que hubieran menester de dádivas y atencio- 
nes . 

También que se le dejaría relativa libertad 
para concurrir sola á los templos de su pre- 
dilec<*ión y al hogar i)aterno en los días y 
horas disponibles, una vez llegada a la ma- 
yor edad, y ya en aptitudes de pronunciar 
sus votos. 

En rigor, la cláusula era innecesaria, por- 
que una serie de i)rácticas ejemplares en la 
joven catecúmena fnenm dándole poco á 
poco una autoridad extraña en sus años al 
inmto de no inspirar recelos ni resistencias 
ninguno de sus actos. 



22 ACKVKIX) DÍAZ 

En los hos] vitales tomaba lecciones de su 
sii]>eriora, y se esmeraba en a]>iemler el di- 
fícil arte de atender enfermos, aíín eiiando le 
eostó ada])tarse a las imi>resiones que sur- 
í^en violentas ante la realidad ])ali>itante del 
dolor y de la miseria que tose, que supura, 
<iue se retuerce y que reniepi. 

En los juinuudios de su dedicación, se es- 
tremecía al escuchar los ayes lumdos, que 
])arecen brotar de simas ó cavernas, y se es- 
1 cantaba de los gritos estridentes de deses- 
l>erados que ]>edían se les des])enase de una 
vez. 

Su]>o recién estimar en esos lupires dolien- 
tes el grado de incredulidad de los seres des 
graciados, de las medias almas que surgen de 
los fondos donde dejaron la otra mitad, y 
miran ccm vizquera lo mismo el escali)elo que 
el crucifijo, ])or igual á la hermana y al c<m- 
fesor; y llegó más de una vez á aterrarse, 
cuando á no ])ocos oyó decir cruelmente ate- 
naceados por el sufrimiento que Dios era men- 
tira. 

Cuánta abnegación era precisa, en presen- 
cia de ánimos rebeldes, de naturalezas dege- 
eradas, de fiebres devoradoras y de llagas 
l>urulentas! 



MINUÉS 2;í^ 

La sociedad le presentaba una de sus faces 
sombrías, la que desalienta al mayor número, 
pues ella empezó á comprender que era del 
hombre alejarse del que cae en la lucha cu- 
bierto de lacras y de infecciones. Pero, la con- 
fortaba que Jesús no hubiera temido la lei)ra 
y que levantara á Lázaro de su cueva fúne- 
bre. Esta tradición era bastante para reforzar 
su ánimo é inclinarla al sacrificio de sí mis- 
ma. Su deber exigía que ayudase á sanar 
cueri>os, y si posible ftiera con su mansedum- 
bre y su palabra pura, convertir corazones 
sin esperanza. 

¿A(*aso aquellos humihles no eran accesi- 
bles á la giatitud y el consejo? 

Xunca creyó ella en las ahnas mutiladas, 
ni en los corazones de jnedra. 

Todos habrían de tener un lugarcito á sal- 
vo de la culpa!... 

Reservaba ciertos días á la visita de orfeli- 
natos. Pero ella se reducía a encomiar la mi- 
sión de las hermanas y al singular placer de 
acariciar criaturas, destinando á éstas, buenas 
horas de paz y de ternezas, horas tan diferen- 
tes de aquellas que pasaban lentas y angus- 
tiosas bajo la atmósfera de los hospitales. 

Tenía otro centro de atracción predilecto, 



24 ACKVKIM) DÍAZ 



al cual coiisapaba una mitad <le los (1( «nin- 
fos, y éste era el h<>í>ai' ]>ateni<). 

Después (le las expansiones de familia, Mi- 
nes se eneerraba en su dormitorio, esj^eeie de 
eelda, que ella adornó eon nn líeípieilo altar 
y una imáí>en de la virgen del Carmen, desde 
ípie se de(*idió ]>or la vida reli<»iosa. 

Ya no reeorría como antes las ealleeitas 
del janHn, limitándose raras veces á al^ún 
]>aseo corto á lo lar¿»() de los canteros de 
violetas. 

Se quedaba un instante ])ensativa miran- 
do hacia los sitios donde estaban la í^lorie- 
rieta y el estanípie, y los paraisos que sir- 
vieron de a]>oyo al cohimjno en días ya le- 
janos, sondneados ]>or la melanccdía del re- 
cuerdo. l>uen Ilicardo! Jiacía mucho que no 
sabía de él.... En alguna ocasión vino á sa- 
ludarla, cuaiulo ella enqiezaba á dedicarse 
al oratorio. 

l)es])ués, se retrajo, sin duda ]M)r sus es- 
tudios; y nunca lle^ó á escribirle. Mejor 
había sido así, porque se^im ella había 
echa(h) de verlo, las hermanas no lo hubie- 
ran tolerado, como él lo supuso razimable- 
mente. 

V, cayendo lue^o en otro género de jn-e- 



M1^KS 2,) 

ocii]>aci<)nes, la novicia se volvía jmso ante 
]>aso y i)eniiaiiecía junto á sus padres, bas- 
ta la hora de regresar al convento. 

En los templos no le faltaba alguna fun- 
4*ión que llenar. 

Por su bella voz de contralto se le vsefia- 
laba luí»ar de preferen(*ia en los coros. To- 
caba el armonio y el arpa, conocía bastan- 
te de ])intura y se hacían eloj^ios de una 
jKMpiefia tela en que ella había uiodelado 
una cabeza de virí^en, llena de j»Ta(*ia y co- 
lori(h). Esta tela fué colocada en la capilla 
del convento. 

Halagada \mv el a]necio, y aún distinción, 
con que s(» le tratwba. Mines se fué esiue- 
rando cada vez más en hacerse di^na del 
conce])to que había tenido la suerte de me- 
recer, y (pie ansiaba conservar como un <»a- 
lardón de su humildad. Se la miraba con 
s¡ui])atía; — más tarde, con interés. 

Su fi;>ura decía en su favor: un cuerpo 
(\sbelto de foruias ^riej^as, el rostro de ])er- 
ñles correctos, manos pequeñas de juel se- 
dosa, el ]ue uienudo. Su talle no había me- 
nester de inte'^iínes artiñcios i)ara delinear 
])ajo la sencilla vestimenta azul sus pacio- 
sas curvas; ni sus róseas orejas de ])endien- 



IM» A( EVEIH) DÍAZ 



t(*s, para realce de los bien ceñidos pabe- 
llones. En eonjnnto, sns rjisíjos tíi)ieos ha- 
brían servido al pincel ó al bnril para nna 
iniáííen de primavera qne se enpilanara con 
cizallares y inosqnetas al abrir de nna albo- 
rada. 

A pesar de esto y de la herniosnra de 
sns ojos, reflejos fieles de nn alma blanca 
y castamente sensible, lejos estaba ella de 
^♦reer qne i>ndo en las jornadas del mnndo 
4lar celos á Cyterea. Admiraba sí la rosa 
nivea con tintes de sangfre en nno ó más 
])étalos, qne lia acojí:ido en sn seno nna lá- 
^TÍina fnrtiva de la noche, para retribnir con 
ella sn ardiente beso al ¡irimer rayo de sol; 
l>ero hasta entonces, no i)ensaba qne ella 
pndiera ai)arecer como nna delicia análopí 
ú la mirada de los demás. 

Ni para qne examinar sn faz externa! Na- 
<lie había de fijarse en qnién no se intere- 
saba en sns pro^iios dones, pero sí en a^yra- 
dar al ser snpremo. 

En el fondo de este espíritn exqnisito, 
^lonnitaban propiamente las facnltades. 

Ningún hálito extraño al and)iente en qne 
vivía, ning:ún roce de impresiímes de afnera 
había podido en ese período de sn existen- 



MINEH 2í 

cia producir con ini despertamiento inii)re- 
visto, la manifestación de las luces claras de 
su intelií>encia. 

Y ^])or qué no había de reposar también 
en el fondo de su Adrginidad radiosa el ideal 
verdadero de un corazón í>Tande y noble, 
que se cree deslií>ado de las sensaci(mes co- 
munes, cuando en realidad un hilo invisible 
lo ata a los anhelos proftmdamente huma- 
nos? 

El hecho cierto era que la función de las 
hermanas al educarla y luepararla, función 
de suyo formidable, se había llenado y se- 
guía cumpliéiulose sin resistencias dentro de 
la obediencia i>asiva de la catecúmena. 

Al mirarla como una de esas ])lantas de- 
licadas que crecen y descuellan en inver- 
náculos, las hermanas superiores se decían 
que el caso era excepcional, y que era ne- 
cesario tener siempre la vista en ella para 
salvarla de las temibles acechanzas de la 
ambición profana. Sus dos dcmes inainecia- 
bles, la belleza y la virtud, daban base al 
juicio austero. Convenía mucho preservarhi, 
como legítima ])renda de orgullo para la con- 
grega(*ión, y modelo futuro de santidad. Acor- 
dóse entímces en deliberación secreta, vigi- 



2S ACKVKIH) DÍAZ 

laila de (•(msuiio y i>reveiiirla del jíelijiío á 
la menor sospeelia. 

Mines andaba sola, sienijne que se veela- 
niaba sn i)i'eseneia en alíznna ]»arte donde 
ella diseretaniente ]>odía eonenrrir. 

No quería molestar á nadie para sn eom- 
])ariía, estando en su nrano desemi)enarse sin 
ayuda. 

Aún euando se la ixuiía en el trance de^ 
atlij^irse muelio, i)or la intensidad de la des- 
dicha aíj;'ena, reservaba ])ara sí toda la amar- 
gura y i>ara el ])aciente todo el dulzor de sus 
consuelos. 

Estaba en la edad de creer sin du<las, de 
amar sin interés, de ser indiferente a las va- 
nidades en feria ])ara obtener una aureola 
invisilde ]mra el yuljío, pero de claridad evi- 
dente ]>ara su conciencia; la cousa<»ración de 
sn fe ])or la juáctica del bien, no interrum- 
])i(bi, {\ modo de misión impuesta y dura- 
dera. 

Andaba sobi, sin fijarse que muchos ojos se 
clavaban en ella; (pie h)s sátiros iban (Us- 
frazados de narcisos; que los inocuos de ai»a- 
riencia calzaban es]Miehis; y que los beatos 
seráñcos se jKUiían en extreiuo nerviovsos. 

En nada de esto ponía aten<'i('»n. 



MINKS 2Í) 

TniiiiHUM» en líi iiatiral curiosidad de las 
damas ele¿>antes, sieiiii»re inflijas en su <»b- 
servaeión y cuidadosas del detalle. Concen 
trada en su ser, tenía de sobra con sus en- 
sueños místicos; y como i>ara todos deseaba 
la jmz y la ventura, jamás creía que la mi- 
rasen mal. 

No tenía noción clara de las antipatías sin 
<*ausa; y ]>(»r lo mismo su])onía que para ella, 
<pie á nadie dañaba en su misión honesta, 
no habría frases irónicas ni intenciones ])er- 
versas. 

Sin end)ar^(), una tarde al toque de an- 
;;elus, cuan(h) ])enetraba en el pórtico de un 
tenqdo, de un í^ruix) de esas damas distin- 
j»ui(bís salió una voz alta y melodiosa <pu* 
ílijo: es demasiado bella ])ara monja! 

Kstas 1 palabras le causanm sentimiento. 
Había ya hecho «»Tan caudal de escrúpulos. 

Cuando se arrodilló ante la virjien del Car- 
men, cuyo altar estaba en la nave lateral iz- 
(piierda, sitio siemiue escocido lian» sus re- 
zos, tardó en dominar cierta turbación de 
ánimo. 

Un devoto elevaba sus jueces á San l\o- 
que, cuya re]>isa ó ménsula se encontraba un 
]>oco atrás, ]>ero en la misma línea. 



.'50 ACEVKDO DÍAZ 



Ei-a este fiel un lionibre alto, grueso, en- 
trado en años, de pelo y bigotes recios, cue- 
llo corto y morrudo, manos rejí^ordetas y 
vellosas, vestido de ne«:i*o. 

Había puesto un pañuelo blanco bajo sus 
rótulas, i)ara preservarse del polvo del enlo- 
sado, y con la cabeza caída sobre el robus- 
to pecho, se daba «¡:<>lp^i^ suaves allí donde 
latía su piadoso corazón. 

Una vez que la novicia t4 nía vía inquieta 
miró á ese lado, notó que ya concluido su 
rue^o, aquel liombre se sentaba en im ban- 
quito que crujió bajo su i)eso, y entre 
lazando sus manos sobre el abdomen, se. 
(quedaba en actitud de adorador ccmcien- 
zudo. 

Xada de esto era de extrañar. 

Pero, acaso debido á su i>equeña excita- 
ción nerviosa, ó sin ser ello exacto, pareció- 
le á Mines que el devoto había puesto en su 
persona larjio instante los ojos, que enve- 
laban cejas en motín y párpados carnudos, 
con una mirada gachona, vaj^^a é indefini- 
ble. 

(Juando ella salía y cruzaba cerca, se di- 
ría que él estaba dormido y en los prelu- 
dios del roncar, pues los tenía cerrados; pero 



MINES 31 



iú lijero rumor los abrió, inclinándose res- 
petuoso á sil paso. 

El buen señor contemplaba á San Eoqiie, 
— se (lijo Mines tranquila. 

Y no se acordó más de estos nimios inci- 
dentes. 

Detúvose sí delante de uno de los medio- 
cres cuadros de la pasión que adornaban la 
pared, i)ara observar bien algún detalle que 
le interesaba retener en la memoria, pues 
ti^nín en diseño una <le las caídas de Jesús 
en la jornada del Góljiota, que destinaba á 
la capilla del convento. 

Satisfecha de su inspección, continuó la 
marcha, ansiosa de encontrarse (manto antes 
en su celda, y de poner a la obra sus pin- 
<*eles en la próxima mañana. 



III 
¿lesús era bello? 



Muy temprano Mines se levantó, y cum- 
plidos sus deberes religiosos, abrió la ventana 
de su celda, que daba á h\ huerta. 

Lucía un sol sin nubes, claro y esplendente 



.'52 ACEVKDO DÍAZ 



(pie aún no hería la pupila, cual si a])enas 
surgiera de su bailo en los vastos mares azu- 
les y sacudiese su rubia melena cargada de^ 
gotas cristalinas. 

ITn aura mansa y acariciadora inundó la 
celda, y con ella el aroma de los nardos y 
el ])iar bullicioso de los gorriones. 

La novicia se estuvo quieta un rato fren- 
te á la ventana, como si en verdad sintiese 
placer en admirar el cielo límx)ido de aquella 
mañana templada, serena, i)ura, y en acoger 
uno íí uno en su frente los besos de su aire- 
delicioso. 

Después, ccm una actividad y un tacto que 
revelaban su conq)etencia, ])iisose á la labor 
de ]»intura. 

Corrigió el diseño; luego lo renovó. 

Jjos perfiles del semblante del nazareno al 
í'aer por vez primera bajo el peso de la cruz, 
no le ])arecieion fieles y exactos según el 
modelo á la vista. 

Esmeróse en dibujar una cabeza hermosa, 
tal cual ella la concebía, para compararla 
luego, y deíbicir si tenía en conjunto los mis- 
mos rasgos resaltantes que la otra. 

Se retiraba algunos pasos, y observaba de 
un modo ])rolijo el niodelo y el bosípiejo. 



Xo estábil coiitiMitii en definitiva. 

La cabeza del redentor, resultaba al^o de- 
primida en los lóbulos, demasiado alta en 
el coronal. El retocpie se imponía. 

( 'ambió de sitio el caballete, dio á la tela 
ciertos tonos de luz, y consijíiiió al fín que 
el parecido con el modelo fuese de ^ran 
verdad. 

Tuvo un rapto de aleí>TÍa ante esta última 
])rueba, concentrando su atención en ella un 
lar^o momento. 

Y con el mismo gesto de satisfacción fué á 
sentarse en una banca i>ara examinar de un 
poco lejos lo que acababa de hacer. 

Allí, puesta la i)aleta de colores en la falda, 
contempló nuevamente su obra, y luej»o al 
modelo colo(*ado en un atril. 

Pasado un rato de análisis minucioso, la 
expresión de í>()ce desapareció de siibito en 
su semblante; y, sus]>irando, movió c<m aire 
negativo la cabeza. 

Mojó un poco el i)incel en uno de los tin- 
^^^f y yéndose rájnda al lienzo, lo i)asó por 
el diseño. 

l)iá oti'o lugar al bastitlor, y retavuó á 
sentarse ])ensativa y mustia. 

Aquellas cabezas de Cristo no eran las (pie 



Mi ACHVEDO DÍAZ 



iiniclic» tieiuiK) en esfniíiar ¡sus líiiens con i\\- 
^lum ]>esa (lumbre. 

No enuí de su delieado {»ust<) estétic(»; y 
estaba ]M»r creer que no sería capaz de re- 
])r()<hu'ir su c(uice])eióu en la tela, tal como 
la ideara en una liora de arrobamiento bajo 
las bóvedas de la catedral un día viernes 
de a^-onía. 

Hojeó un i)asionario que contenía la his- 
toria de Jesús y le servía para los cánticos, 
ilustrado con láminas sencillas de los ejúso- 
ilios más culminantes, sin encontrar en ellas 
nada que conviniera al asunto. 

La página alusiva á la jmmer caída, es- 
taba señalada c<m una ])asiñora ya viejita, 
])ero intacta, aunipie del jnistino y soberbio 
azul solo quedaba un tinte ]mlido de violeta. 

.Aliñes la estuvo contemplando, <'omo si le 
hubiese despertado un recuerdo remoto, aca- 
so el del jardín de la casa ])a terna. .. . 

Y, cual si quisiera tand)ien ajuntar la memo- 
ria de esos tiempos, cerró de jmuito el pasio- 
nario, lo ])uso en su sitio y bajó á la huerta. 

Allí se encíuitró c<ui sor Jacinta, la des- 
])ensera del convento, que reunía en un ca- 
nasto leí»und)res y hortalizas de un jdantío 
va raleado. 



MiMcs :m 

La heriimna era seguida en sus vueltas y 
rodeos i)or un gran gato negro de ojos muy 
^munillos, á la es])era quizás de su regreso 
I)ara recibir la ración de carne fresca coti- 
diana. 

— Ha hecho usted bien en Avenir — dijo al 
saludar á la lóven con una sonrisa. — ;Qué 
mañana tan hermosa! Hoy se siente una re- 
vivir entre los árboles. 

— ¡Es una bendición, hermana!. .. .Estal)a 
yo ensayando una ])intura; y convencida de 
(jue para el trabajo sería menester ayuda de 
h\ maestra, abandoné los iitiles, y me bajé 
á gozar del aire. 

— Casualmente — observó sor Jacinta — hi 
señora (leorgia quedó en estar aquí después 
ilel desayuno, ])ara dar una leccicmcita á sor 
Tek^sfora, la que se ocui)a ahora de iluminar 
^stam])as. 

— ^,Ah, sí?. . . .Me alegro de la noticia, pues 
])odré hacerle una corta ccmsulta. 

— Cuando llegue yo le avisaré. 8abe usted 
(]ue ella la quiere mucho, y que sienqne está 
hablamlo de su discíjmla ])redilecta .... 

y al expresarse así, la a ieja hermana había 
'susi>endido su tarea, y miraba á la novicia 
•^•on manifíesto deleite. 



.SS A('KYE1)() DÍAZ 

Estaba encantadora con su lijcro ropaje 
l)lanco (le luonjita en ciernes, nn tanto en 
ílesalino, como qne ai)arte de las conventna- 
les solo liabían de verla los ])ájaros errantes. 

Al aire conteniidativo de la desj^ensera, co- 
rres]>ondi<) ella acabándole de llenar el canasto 
<le niinibre, con i)iniientos y leclmpis. 

Siguieron conversando sobre tenias banales 
liavsta qne sonó la campanilla del pórtico. 

— Ha de ser la profesora de ])intnra. Me 
voy l)ara advertirle, antes qne pase á la celda 
de s<n- Telésfora. 

Sor Jacinta levantó sn carí>a,y sefné aconi- 
])aííada del morrongo de ébano. 

Ai)resnróse por sn ])arte la novicia en vol- 
ver á sn aposento, no sin antes arrancar nna 
vara de nardo de sn i'antero, terminada en 
nn rico borlón de flores abiertas. 

La estación brindaba i)ocas. Estas jdantas 
se veían disi)ersas en redncido número. Las 
rosas imlnlaban todavía, pero <le escasa esen- 
<*ia. En cambio, las primeras violetas dobles 
empezaban á i)ertnmar el ambiente. 

Mines recogió alí»nnas al acaso, y ya en sn 
celda, prei)aró nn ramito para sn maestra. 

A nno y otro lado de la i)eqneria ménsnla 
en qne estaba sn virí>'en, en dos macetas i<>nales. 



MINES .'50 

])inta<las de rojo, lucían sus delicados f?ajos 
muy verdes dos heléchos de invernáculo. 

Jja novicia se inclinó reverente ante la 
imagen y le ofrendó el ramillete <U^ nardos, co- 
locándoselo á h)s pies. 

La señora (xeor^ia no demoró su lleí»'ada, y 
ai)enas entró corrió á los brazos de Mines á 
quien dio un beso cariñoso. 

Esta profesora era una mujer de distinción, 
ya madura, devota convenci(mal, intelijente y 
muy instruida. 

Había hecho lecturas extensas, y gustaba 
-enterarse <le toda doctrina nueva, al solo fin 
de estar habilitada ])ara verter juicio ])roi)io 
sin menoscabo de sus creencias. 

Conocía buena ])arte de h) mucho (pie se 
había escrito sobre las condici<mes físicas; de 
Jesús; y no se hacía ilusiímes respecto á las 
<le tijK) i)erfecto de belleza con que lo exorna- 
ban múltiides leyendas y novelas de antií»uos 
y modernos tienqjos. 

Venía en momento oi)ortuno. 

— ;(?ué ocune á mi linda discípula? — pre- 
í;untó en el acto con un acento de eco armo- 
nioso y sinq)ático. — Aquí me tiene para com- 
placerla en todo. 

— Gracias, nd querida maestra. Yo bien sé 



40 Aí^EVKDO DÍAZ 

que usted es muy bondadosa eoniui^o .... Xo 
oeiuTe nada <le iinportaneia. 

— Aljxo ha de ser. . . . 

— El plaeer de verla, y de consultarla so- 
bre un asunto de tela. . . . 

— Interesante! Veamos. 

— Es que su alumna es una pobreeita inú- 
til ])ara hacer una cabeza de (histo c<mio 
Dios manda, — a^Teí>'ó Mines ccm ])ena. 

— Oh, no lo creo! — exclamó la profesora- 
riendo. ;,Xo tiene á mano al^ún moílelo que 
le agrade? 

— Son tan vistos!. . . .Yo no in-etendo eje- 
cutar nada de extraordinario .... 

— Pero sí que salj»a de la vulgaridad de 
las estampas y de los lienzos imposibles. De 
aciíerdo, querida, hay razón! . . . 

— Yo quisiera que usted me inspirase un 
l»oco .... me diera una idea feliz. ¿ Debería 
])onerle cabellera rubia ó negra '^ 

— El color que sea mas de su gusto. En 
las <los formas han representado al maestro 
diversos artistas . . . Ahora, sobre la certi- 
(üimbre del color exacto, po(*o i)odría yo añr- 
mar. Usted sabe que en un libro herético^ 
<le que antes le he hablado, se dice que nues- 
tro señor debió en mucho su ])oder de arras- 



tnir las almas á su (leslumbrante hermosura; 
y que otros autores, que no son herejes, le 
niepiu ese atractivo, entre ellos san Clemente 
y san Agustín, <lejando entrever que era r.e- 
liul a miente feíto. . . . 

— Ay, feo?. . . .Es posible que eso aseguren 
también los santos? 

— Asegurarlo, tal vez .... Dicen que así tenía 
f|ue ser el mesías es]>era<h) y que estaba en 
la tradición que no fuera bello. Esto di^o á 
usted Sida, ya que está en el empeño.... 

— No sahhá de uú celda. 

— Tero, eso no es un inconveniente i)ara 
•que usted no contirme lo ya consentido ])or 
t(HhKs las gentes devotas, trabajando una ca- 
beza que resulte tan divina como usted lix 
añílela. Las licencias del i)incel suelen seí* 
adorables, en casos así. . . .(/ontentan á los 
que creen. No ignora usted que es rara aquella 
I^ersona á quien no alejare el ser favoreci<hi 
^n el retrato; siemjne hay un anmr proi)io 
<Usciüpable en que se aminoren h)s defectos 
naturales, ó contraídos jior evento; y mirán- 
dolo bien, si el maestro no ai)areciera con fac- 
<'iones llenas de encanto, como dicen que le 
trazó Lentuh), los que h) veneran no lo reco- 
nocerían, y quien había de sufrir tenía que 



42 ACEVEDO DÍAZ 



ser la pintora por haberse estado en la ver- 
dad ])robable, ó ereído qne sn modelo no de- 
bía sustraerse á los ras^i^os eoimines de los 
hond)res. 

Ha{L»a usted un bosquejo ideal, y i)ara eso 
no necesita modelo .... 

— Voy (pié, maestra? 

— Pcmpie lo tiene usted en el alma. 

— Oh! — murmuró la joven con f>esto triste. 
El que allí tenfj»'o es el que no jmedo poner en 
la tela, ])(nque. . . .no sé! Me parece distinto 
á los demás, y temo que se dijese que es 
fantasía de religiosa. 

— Xo im]»orta. Usted lo ])inta y me lo en- 
seña. Nada de timideces, que ya no son para 
mi alumna en este arte, y manos á la obra. 
¿(Juiere un c(msejo? ... Híípi usted la cabeza, 
lo mas humana i)osible, jnmpie las de arcán- 
gel son i)ara los niños en los cuentos de las- 
ncidrizas. 

Hasta pronto! 

Y dándole otro beso sonoro, tomó el ramito 
de violetas que le ofrecía ía mano temblante 
de la novi<*ia, marchándose con raindez. 

La joven quedó un poco aturdida. 

Causábale asombro lo que acababa de oir~ 
si su maestra. 



MINES 43 



Según eso, no linbía pintura evangélica, 
i-oino había niúsiea sagrada; era preciso bus- 
car entre los tipos más escogidos, el mejor; ó 
una cabeza de Bautista, de tez curtida ])or 
el sol del desierto, de pobladas barbas y gre- 
ñas luengas en desorden. Cabeza i)roi)ia de 
la Judea, c<m ojos de azabache, relucientes 
<le santa cólera. 

¿Sería i)arecida, la del Xazareno? Le había 
<'hocado de verdad, aquello de que Jesús ca- 
recía de los i)erñles y dones maravillosos que 
todos le reconocieron y admiraron siempre 
-t'omo atributos de su divino ser. 

También se ignora]>a si había sido de jnel 
blanca ó morena, si el i)elo era de ébano ó 
dorado, si fueron sus pujúlas obscuras ó ce- 
lestes ! . . . . 

Cuántas tinieblas en rededor de tanta luz! 

Mines se jmso enojada, y lagrimeó. 

IV 

Después del salmo 

Siempre que sus i>a<lres venían á retribuir 
.-sus visitas, los hacía pasar del locutorio á 
^u celda, ])ara expandirse ccm más libertad. 



44 A(tEVKT)0 BIAZ 



Conservaba una relaeióii amable con toda^ 
las hermanas y novicias, reconociendo no 
obstante que entre ellas, eran ])ocas las que 
se habían atranh) sus simpatías verdaderas. 

Por lo común eran las más, ensimismadas 
y retraí(his, ó estaban ausentes jíor deberes 
de su misión. 

Algunas caían en excesos de fervor cer- 
canos al ñ linimiento, ])orque luego se pre- 
ocu])aban con cierto egoísmo de su bienestar 
])ersonal. 

No pocas (hunas elegantes les dispensaban 
el honor de sus visitas, y las favorecían con 
dádivas y regalos valiosos. Para el interés 
creciente de serles gratas ])or esta causa, no 
mediaba el disimulo; ])U(liéndose leer en sus 
semblantes un regocijo (pie no i)ro venía se- 
guramente de actos de abnegación y de hu- 
mildad á los ojos de Dios. 

Esto causaba al ])rinci])io extrafieza en la 
novicia, á quien nada faltaba con la ])rotec- 
ción de sus ])adres o])ulentos; i)ero, más tarde, 
tué ccmqu^endiendo . . . . 

Parecióle que no en todas la vida conven- 
tual era una vocación decidida y ñrme, i)or 
acto de c(mciencia, sino un refugio seguro- 
<*ontra las necesifhídes crueles. 



MINES 45 

Otras, demostraban unción verdadera y 
celo prolijo. Apesar de eso, ella había adver- 
tido sin qnererlo que se hostilizaban entre sí 
en las grandes ceremonias religiosas, ])ara ob- 
tener <le sn])erioras y diáconos tal ó ciml 
]>reterencia, distinción ó premio de virtud. 
Como ella no tenía ambiciones de esa natu- 
raleza, ex])erimentaba de vez en cuando se- 
cretos desencantos. 

8u i)ena subía de punto, si p(n' acaso, 
merecía ella general elogio por su aplicación 
á la doctrina y su conducta en el coro; pues 
entonces se la miraba de un modo que la 
desconcertaba y aüigía, cual si en vez de 
una a(*ción plausible, hubiese incurrido en 
una falta sin saberlo. 

A estas y análogas cosas se fué acostum- 
brando por grados, hasta añrmarse en la 
])ulcritud de sus ])rocederes y en la pureza de 
sus intenci(mes. Dentro de sí misma, llegó 
á creerse fuerte y feliz. Su conciencia le 
decía á cada paso: olvida y adora! 

Entre aquellas que Mines estimaba, se con- 
taba sor Merííedes, por su seriedad y cir- 
cunspección, aunque solo se la veía allí de 
])aso, por x)ertenecer á otro convento; y una 
novi(»ia de su edad, de nombre Amelia, que 



4() ACKVIODO DÍAZ 

la ac(>in])anaba en los cánticos y era (le])osi- 
taria de sus confidencias místicas. 

Sor Mercedes decía de su ainipiita : solo 
le faltan las alas blancas i)ara ser del coro 
divino. 

Anu4ia le ]u-ofesaba un entrañable afe<*to, 
la admiraba sin reservas, y sus menores di- 
chos eran ])ara ella evangélicos. 

A esta dulce amistad de dos almas vírge- 
nes que sueñan ante lo desconocido, y que 
anhelan candorosas la sui)rema gracia, había 
<iue añadir como complemento la circunstan- 
i'ia de que i)rofesarían juntas el mismo día y 
ante los mismos altares, nuevo víncuhí es})i- 
ritual ])ara marchar unidas en el valle yermo 
entre las zarzas y es])inas de la cruz. 

En el día que se siguió al de la visita de 
su ])rofesora, Mines dejó en descanso sus 
])inceles, y se ocupó de ejercicios vocales 
con su conq)añera, ¡mes en la noche se ce- 
lebraba función solemne, y le corres] )ondía 
uno de los solos en el c(m). 

(Nui este motivo, el armonio se hizo oir 
por largo rato, al unísono con cánticos sa- 
grados. 

La solemnidad debía realizarse nó en la 
capilla del convento, sino en la iglesia de 



MINES 47 

(le la Coiice]>ción, con el interesante con- 
cnrso de nn gnii^o de jóvenes devotas afi- 
cionadas al arte mnsieal. 

A cierta hora de la noche, la concurrencia 
aflnyó en nntridos grnpos llenando las na a es. 

Una sociedad selecta se había dado cita 
allí, y descollaba la jnventnd de ambos se- 
xos como ])ocas veces, pnes qne iban á for- 
mar el coro damas de distinción y brillo. 

(Jnando la novicia entró con nna herma- 
na y Amelia ])ara ocnipar los sitios qne les 
estaban designados, el hombre alto, grneso y 
vellndo qne ella había visto otra vez en nn 
temi)lo, hnmedecía los dedos en la jnla ben- 
dita, y se persignaba. 

Esto no obstó a qne la mirase al i)asar, 
de soslayo, como re<*<mociendo en la joven 
nna pers<ma á qnien él debía nna reveren- 
cia de forma. 

Las religiosas desviaron sn paso, hacia 
la escalera qne condncía al coro. Mines iba 
detrás. 

A mitad de camino la novicia volvió la 
cabeza á sn izquierda, y vio apoyado en el 
(♦ancel nn joven qne parecía estarla exami- 
nando con delicada atención en sns meno- 
res movimientos. 



4S A(M:VK1){) DÍAZ 

Era un lioiiibre bien ronstituííio, <le biza- 
rra apostura, actitud serena y reflexiva, 
ojos obs<*uros de reflejos vivos, cabellera 
nef»Ta ]>artida al medio eon desenido, ]>ero 
con í»Taeia varonil, la barba entera reeorta- 
<la á los bulos eonio sirviendo de mareo de 
azabache ii unas facciones i)álidas de acen- 
tuada enerva, en contraste con la ex])resióii 
noble y abierta del conjunto. Vestía sin 
afectación, con sencilla elej»ancia y llevaba 
])or única ju'enda un junco con ]>omo de 
metal dorado. 

Sin que en ri^or su voluntad interviniera. 
Mines lo luiró breve instante con re])entino 
interés, y ex]>erimentó una rara sensación, 
no ex])licable ])ara ella entonces, ni horas 
más tarde. 

liajando la vista con alpin rubor, termi- 
nó su marcha y fué á ocui)ar su sitio entre 
lijeros rumores de bienvenida. 

A poco, hiciéronse oir los acordes del or- 
mino, y luefío voces argentinas y \ibrantes. 

Jlabía allí un núcleo de bustos gentiles 
muy hermosos y de caras seductoras de cu- 
yas gargantas manaban las arnumías á mo- 
do de tañidos de cristal. 

Los solos fueron deliciosos. La contralto) 



MIXKS 49 

hizo suyos todos los oídos, y coiiio nunca 
en esos actos, su raudal de notas aí»udas, 
linas, línii>idas llenaron de ar])ef>ios y 
trinos las bóvedas; lo que unido á las de- 
más sonoridades transformaba acjuel sitio en 
¿?entir de muchos en un rinc<mcito del ])a- 
raíso. 

(hiando mayor era la atención i)uesta en 
<^1 concertante solemne, Mines advirtió que 
el joven del junco había cambiado de sitio, 
y colocádose junto a una columna de las 
¡nóximas al altar, de manera que imdiera 
<le allí dominar el frente del coro. 

En más de una ocasión, (íon los de él se 
^encontraron sus ojos, renovándose en la no- 
vicia la extraña sensa(*ión que había expe- 
rimentado en su entrada á la iglesia. 

Tan soh) ella i)odía comi)ararla con algu- 
no de los estremecimientos misteriosos de 
jsu alma^ después de salir de un rapto men- 
tal en goce contemidatiA'oj pues era algo 
que nunca había i)asado i)or su vida de c(mi- 
pleta abstracción de lo humano, hacía ya 
dos lustros, y que sin embargo tenía con lo 
místico, y sus ensueños de pintora, cierta- 
<<mexión íntima. 

Aquella cabeza juvenil, si bien de suyo 



r>() ACKVEDO DÍAZ 



iiltiva, coroiiaiiílo un tronco robusto y una 
fiínirii rasi arrobante, ofrecía una singular 
semejanza con la que se había forjado en 
su cerebro para la tela infeliz. 

Acudieron a su memoria las palabras 
tíñales del diáloí>-o con su maestra, é invo- 
luntariamente, como atraída ])or una fuerza 
superior, en momento de descanso para ella 
en el coro, fijó sus f>Tandes ojos i)ard()s en 
aquel tii>o selecto que se destacaba en me- 
dio de un í»Tui)o por su asi)ecto severo y 
varonil. 

JAegó a sentir que estuviera nn poco le- 
jos Lo hubiera deseado más cerca para 

observarle con alf?ún detenimiento, y ex^üi- 
carse entonces la <*ausa real de su emoción. 

(Concluido el acto, inicióse jironto el des- 
file. 

Algunas hermanas de caridad salieron de 
las últimas, y con ellas, Amelia y Mines. 

En el pórtico, el hombre recio y corpn- 
lento, a quien acompañaba el seminarista 
Martín Gardello, decía á una superiora 
quintañona con una voz ronca que él tra- 
taba de hacer meliflua. 

— Mucho cuidado La novicia tiene ya 

su sombra! 



Ml^ÉS 51 

Oyó esto al cruzar la joven; pero, muy 
ajena de creer (jue á ella se reñriese, aún 
i'uando iba su ánimo i)reoeui)ado y sn vista 
inquieta tentara de eerea y lejos sondar la 
ol)seuridad de la noebe. 

El caballero del junquillo, no estaba en 
los contornos; al menos, no jmdo divisarle 
entre los concurrentes estaci(mados por allí, 
ó (pie se retiraban en grupos. 

('asi frente al c<mvento, se hacía obra 
nueva y se habían levantado tabiques de- 
lante de los andamios. 

Al llepir al íltrio, en la i)arte más som- 
bría formada por un ángulo de las cons- 
trucciones, Mines pudo distinguir una si- 
lueta de luuubre que estaba allí quieto y 
solitario. 

¿Sería el mismo? 

Se resistía á creerlo, aunque todo podía 
ser efecto de la casualidad. 

Aquel joven era uno de tantos circuns- 
tantes, creyentes ó nó, que concurren á las 
funciones religiosas, para distraer su esi)í- 
ritu con im])resi(mes nuevas, sino es ])ara 
orar. 

La miró como lo hacían otros; i)ero lo 
<*ierto era también (pie ella había (»n este 



.)2 A('i:vj:i)() diaz 

raso, ])r<)ce(l¡(l() (mui él <le uii modo distin- 
to al observado con los demás; habíale eoii- 
eedido la atención de sus visnales eximntá- 
neamente, de una manera impnlsiva, por nn 
orijíinal encadenamiento de ideas y sensa- 
eiímes. 

No sabía lo qne había hecho. 

Si acaso había pecaih), al distraer sn áni- 
mo con asnntos diferentes á los de sn credo 
y sn cnlto, convenía la oración de desaí»Tavio. 

Así di vaguido á la hora de recogerse, 
se mezclaban á sns dndas las memorias re- 
cientes de las dnlces frases de elogio qne 
había oído en el coro, en ando ella hacía con 
sn voz endechas y rimos alados. 

Y de sn plegaria hizo también un \di\Uy 
i'on Dios. 

Se acostó niás trampiila. 

Pero, hasta mny altas horas no concilio 
el snefio. 

Ai)enas dormida, el ángel de la guarda qne 
ella sospechaba siempre de pié á la cabecera, 
hnbiera j)odido observar qne á intervalos vi- 
braban sns largas y negras i>estahas, ó reco- 
rría sns labios nn lijero tembhn^ enal si madn- 
lase nn ari)egio olvidado entre las emociones. 
<lel coro. 



MINES 5:5 

|Y porqué no había de interesarse además, 
de lo qne soñaba, bajo la aparien<*ia de un 
apacible reposof 

Hus juipilas de irradiación mágica, bien ])o- 
dían sondar los secretos de su corazón virgi- 
nal, tierno, generoso. 

Se hubiera enterado que soñaba con sn bus- 
to de Jesús en proyecto, su tela y sus pince- 
les.... Con una cabeza que había visto, y que 
para ella no se aseuiejaba á ninguna otra; del 
í^usto exquisito que tuvo de admirarla, y que 
ahora tenía otra vez delante, hermosa, atra- 
yente, sugestiva. 

La miraba á ella sin herirla, sin ofenderla, 
ai)esar de la fijeza de sus ojos, y esa mirada 
había penetrado en su alma no como dardo 
a^udo que daña el pudor, sino como un hilo 
de luz vivida, tibia, contbrtadora.... 

Qué mirar extraño! he estaba diciendo un 
poema desconocido, un salmo en silencio, tan 
elocuente en su mudez!.... 

Ohl así debía ser la cabeza de aquel subli- 
me maestro (pie esparció verbo nuevo en el 
sermón de la montaña;.... que enseñó la virtud 
i\e amar á una mujer que odiaba en el valle 
4le 8iquem.... 

Amar! Qué ])alabra tan dulce! 



54 A('KVlilM) DÍAZ 

}a\ cabeza se fué aiaoxiiiiaiulo lenta iiieute, 
iju'liiióse liaeia su oído, y susiirió algunas 
frases iiieoniiueusibles. 

Mines (les])ertó sobresal ta(bi. 

Ija ténne elaridad de la aurora se introdu- 
cía i)or los resquicios difundiéndose tímida en 
la celda, hasta hacer i)ercex)tibles los objetos. 

Todo estaba en orden. Xin^ún fantasma se 
erguía tras el caballete de pintura; el crucifi- 
jo de niarñl seguía con sus brazos abiertos 
encía va(h) en la i)ared; la virgen del Cánneii 
no había cand)iado de i)ostura en su re])isa; 
y de afuera, acaudillado por el canto del 
f»*aUo, venía un confuso rumor de pájaros, 
íluenos en ese instante de los brotos y se- 
millas de la huerta. 

La novicia se mantuvo algún tiempo en 
el lecho, sin moverse, en susx)enso, en tan- 
to se atenuaban y desaparecían una á una 
las visicmes de la noche. 

No sabía ella qué i)ensar de sus sueíios. 
Pero, aún siendo desvarios, no hallaba en 
su fondo ninj>ún dejo amargo. 

La obsesión no se había x)roducido. I^os 
espíritus malignos no habían resistido alre- 
dedor de su persíma. 



MII^ÍKS 55 



Ensayo feliz 

Era ya muy avanzada la mañana, cuando 
Mines que había cogido desde temprano la 
paleta, proseguía con afanoso empeño su 
trabajo pictóri(ío. 

Iba, venía, se paraba; situábase ora lejos, 
<^ra cerca para examinar mejor; sentábase 
por momentos, y siempre inquieta, descu- 
bríase con todo en su rostro un destello de 
placer íntimo, de amor i)ropio satisfecho. 

Un soplo de inspiración original empezó 
á estimularla desde que dejó el lecho; era un 
aliento poderoso nunca sentido, que abría 
horizontes á su espíritu y despertaba en él 
energías extraordinarias, decidiéndola á la 
obra sin vacilaciones. 

La cabeza de su nazareno había dejado 
de ser un ideal intransmisible para el pincel^ 



M\ AVVAVAH) DÍAZ 

íuites rebelde: su verbo de artista se liabía 
eiiearnado: lo (lue su uieute fervorosa liabía 
soñado se veía eu la tela con sus prineipa- 
les eontornos y liueainientos, sin necesidad 
de ealearlos en el lienzo de Ilereniee ó 
la Verónica: los cabellos ])rofusos lucían en 
leves ondas: en los ojos profundos llenos de 
inteligencia, había una expresión exacta <le 
la infinita amarina, (pie les trasmitía un en- 
canto indecible: las barbas circuían sin des- 
aire las facciones correctas: el ñno bigote 
ensombrecía apenas el labio encendido y en- 
treabierto ])or la queja: las punzas bravias de 
la corona lúgubre salían de la tela, y en las 
sienes i)equerias gotas semi-diluídas de sangre 
muy roja daban realce á la tersura de la 
])iel, lijeramente atezada i)or los vientos de 
los valles y los besos del sol en el desierto. 

Al contení] dar su obra, la novicia llegó á 
desconocerse. Alguna mano providente liabía 
guiado la suya al trazar aquel episodio de la 
l)asión! 

Pero ¿tendrían los demás la misma opi- 
nión favorablef Acaso fuese la suya un efecto 
^le entusiasmos luieriles, de acendrado amor 
ul motivo, que habría de desvanecerse á la 
])rimer mirada (*om])asiva de su maestra. 



^(hiardaría para sí sola su f>'()c*e? Kyí\ un 
goce ingenuo que á nadie interesaba. 

Amelia, tal vez Amelia que era buena y 
pura, podría ver antes que nadie su lienzo, 
ser con ella tolerante y generosa. 

La llaumría, sí, para que le dijera la ver- 
dad, toda la verdad, i)ues ella creía tener un 
poquito de ñebre, y quizás estuviese disva- 
riando.... 

Fué en busca de su amiga que en el acto 
<M>ndescendió y viiu) á la celda. 

Estaba abierta la ventana, y colocado el 
<*aballete en sitio adecuado x)ara el juego de luz. 

— Mira, — dijo jVIinés temblando. Esta ma- 
ñana pinté esa cabeza...'. 

Amelia puso c<m extrema viveza los ojos 
en el lienzo, y luego en su (*ímii)añera con 
Msombro. 

— ¿Tú la hiciste. Mines? — preguntó recal- 
<*ando en cada palabra como si abrigase 
alguna duda. 

— Yo, sí, — c(mtestó la novicia siempre tem- 
blando. ¿Está mal nd nazareno? 

—Oh, no!. ...Tan hermoso no lo vi hasta 
ahora en los cuadros conoi'idos! Alguna santa- 
t-e llevó la manoi.. ¿Hablaste en sueños con 
la virgen, ó ... con él?... 



AíMOVEIK) DÍAZ 



— Ali, no soy tan (lidiosa! Qué buena eres 
Amelia (pie me diees esas cosas lindas.... Y 
vsor] Hendida de i)ronto i)or un aeeeso de ter- 
nura, eo^i(') la mano de su amiga i)ara estre- 
<'harla entre las suyas. 

Pero, ésta la abrazí) del euello, en un 
trans])orte de simi)atía, y la besó muelias 
veces, diciéndole: 

— Tú tienes mucho talento, Mines y te 
admiro...^, Pero, en qué te inspiraste para esto? 
Has estado en éxtasis, verdad? 

— Xo....yo te diré; sí, porqué ocultarlo! 
Después de las horas tan llenas de imjne- 
siones gratas ¿te acuerdas?.... 

—Oh!... 

— Bueno.. ..me dormí muy tarde, y tuve 
un sueño... 

—¿Vés? 

— T^n sueno raro, en que veía a Jesús 
sin cesar, como en un delirio ¿sabes?.... y 
luego.. ..yo no sé si ñié un ángel que me 
habló bajo al oído, tan quedito que no pude 
entender claro... 

— Y c(')mo era el ángel? 

— El ángel? — susurró Mines in'eo(*upada. 
No me acuer(h) más... ¿Porqué me preguntas 
<*omo era? 



MINKS i)\) 

Al expresarse así sii voz treinnlaba, y en 
sus ojos envelados por secreto lloro se jun- 
taba nna ansiedad profunda. 

— Deben ser tan bellos! — aj»Te^ó Amelia. 

— liste era niny bello! — repuso Mines; y 
reprimiendo una emoción se estrechó más c<m 
sn amipi, como si necesitara de su consuelo. 

— ¿Qué te pasa? — murmuró Amelia abra- 
zándola otra vez — cómo estás de conmovida! 
Xo es extraño.... Los ensueños trastornan un 
poco, aunque dejen grandes alearías en e! 
alma. 

— Xo, no es nada. ..Una emoción mía, como 
otras veces que sueño... Guárdame el secreto 
¿quieres? hasta que la señora Oeor^ia me 
dipi que júensa... 

— Sí, que lo í:;*nardaré. 

— Y ahora vamos á la huerta ¿es de tu 
adrado?.. ..Siento ansias de respirar mucho 
aire con ohn* de flores... 

— ¿Unos minutos? Porque llepi horade mesa. 

— Sí, unos momentitos tan solo... 

Las dos salieron j)resurosas, y pronto tras- 
juisieron la corta es(*alinata que daba al terre- 
no cultiva<lo. 

Tenía algunos árboles frondosos y variedad 
de enredaderas. La brisa que llef>'aba de la 



00 ACKVKIX) DÍAZ 



l)ín'to del río invadía el recinto temjdado inn 
la irradiación meridiana, y sus leves ráfapis 
ini])riniían al follaje suaves escarceos. 

Mines (j[ue venía i)asando jxu' fugaces tran- 
siciones, se sentía ahora ufana y contenta. 

Escocía tlores con más atención que otras 
veces, y asi)iraba lar^o rato con delicia su 
l)erfnme cual si recién advirtiese (pie eran 
]nimor de los sentidos. 

Iba á cumi)lir i)ronto veinte y dos años, y 
l)arecía una nina de caprichos y travesuras 
inocentes. 

Se abitaba y corría á^il ])or h)s senderos, 
contagian(h) á Amelia con sus risas armo- 
niosas y sus raptos de enclaustraíhi qiu^ 
a^ota en un corto tiem])o el jdacer de liber- 
tad. 

Hacía mucho que no se le había ocurri<lo, 
como en esos instantes de luz y de exi>an- 
sión, cazar con un i)alito h)s insectos de 
coraza y ])erse^uir las mariposas blanqiii- 
rojas y amarillas en las parietarias de caiii- 
])ánulas azules. 

(hiando se detenía á respirar, con la cabe- 
llera en ondas sobre la sien y el pecho i>al- 
pitante, alzaba pleí»adas las manos hacia el 
luciente sol, balbuceamlo ebria de gozo: — 



MINES 01 

4)li, radiante estrella! cuan adorable eres 
ilesjmés de las noches tristes!... 

Amelia se reía de los arrebatos de su con- 
<liscípula, aunque los sentía reflejarse en ella, 
<'on una re])ercusión vibrante; la acariciaba, 
la ceñía á su cuerix) con abandono, y las 
dos unidas se miraban á los ojos, tiernas, 
embebecidas, juntando sus labios como sus 
])icos las i^alomas, en santo coloquio de vir- 
l»inidades y de anhelos desc<mocidos. 

Una vez que se desenlazaron con pena, 
l)arecieron asouibrarse un poco de sus des-, 
ahogos y recreos, y tornaron en silencio, 
algo pensativas, á los claustros austeros. 

ITna conversa venía ya en busca de eUas, 
l)ara anunciarles que había simado la campa- 
nilla, y se les esperaba i)ara tbnnar y i)asar 
al refectorio. 

— Ay^ si nos habrán visto! — prorrumi)ió 
Amelia cuando la lega se alejaba. 

— No me ])arece, — dijo Mines con algún 
i'uidado; jMies, como su amiga, recién se dio 
i'uenta de que se habían excedi(h) en sus de- 
niostracicmes de afecto íntimo. 

— Arréglat-e el bucle <lebajo del tul. 

— Y tú el lazo de la cintura. 

— Ya está. Vamos.... 



(;2 A(M:VE1)() DÍAZ 



— p]si)era, (iiie se me lia entrado una ])ie- 
<lrita en el za])at()... 

— SiM*ala pronto! 

—Lista. 

Y las (los, al^o turbadas, eomo si se con- 
sidera sen autoras de una falta seria por los 
eariños que se habían prodií»ado entre los 
árboles, eon la bendición del sol ma^nánimu 
y providente, se unieron al núeleo aún m> 
eoniideto de liernianas y novicias. 

Pronto se cubrieron los claros, y entonces, 
entre rezos, se siguió marcha al refectíuio. 

No ocurrió nada de anormal en la mesa. 
Todo se hizo c(míbrme á la práctica estable- 
cida. Gravedad suma en la sui)eriora, sin un 
vocablo más de los indisx)ensables i)ara el 
mejor servicio. Silencio solemne en las co- 
mensales. Alimento sobrio, salvo algunas 
])astas ftnas, obsecpiios de casas de las novi- 
cias admitidas i)revia inspección, sin mengua 
del res])eto debido á la procedencia. Xuevos 
rezos al final. 

Hasta en el ambiente frío de severidad y 
rigidez, parecía sentirse la intiuencia cims- 
tante de la acción purgadora de almas. 

Por la tarde, cumjdidos sus deberes, asalta 
á Mines alguna i)reocui)ación inortificante. 



MINES ihi 

Pasaba iK)r otra de las traiisifi()nesrei)enti- 
nas que la tenían en vapis zozobras desde el 
4ía anterior. 

A sus alegrías inusitadas, lial)íase sueedido 
eierta i)ostraeión de ánimo. 

lienuneió á su hora de recreo, y se impuso 
])eniteneia. 

Heeluída en la celda, oró mucho. 

Ya de noche, al recordar que debía confe- 
sarse á ñn de semana, meditó lo que había de 
de(*ir al cai)ellán del convento, i)orque ella 
creía que alj>iin descargo de conciencia era 
necesario. . . . 

Pero, ¡de qué? .... 

Sentía miedo de investigarh). 

Aunque ella no quisiera, mudias cosas bu- 
llían en su cabeza, con recuerdos muy vivos 
entrelazados, y escrúimlos en congestión. 

Eran cosas provinientes de su amor á Jesús, 
adunadas por incidencias extraordinarias á 
otras mundanas, no concebidas por ella. 

Xo creía haber caído en cul])a .... 

A pesar de eso, á alguna (*ausa obedecían 
sus tribuía ci(mes íntimas. 

Xo la veí^^ clara, precisa, terminante; era en 
todo caso (íomo una nebulosa en su mente c(m 
una chispita lúcida en el centro casi opaco. 



(>4 ACKYEDO DIAZ 

Para ]mr^ar estaos márulas leves, si existían 
eu ri^or de fe, ó en eserú])iil() de santidad, 
;u(> bastaba su ])eniteneia voluntaria, expcnitíi- 
nea y sineera? 

Había hablado á solas eon la virgen, y rogá- 
dole fuese su auí>'usta mediadora en los cielos; 
y besado los pies al Cristo de marfil, elevíuidole 
en voz flébil eomo un hálito, una plepiria, de 
inmensa adoración. 

Xo era entonces exipble la c<mfi(len(*ia al 
cai)ellán. . . .al menos sobre este imnto. 

Mines, entre tinieblas, d pasos cortos pero^ 
firmes, se dirigió al sitio en que estaba la bujía 
y le puso luz; y en tanto eso hacía, continuaba 
el soliloquio cada vez más hondo y afligente. 

Pues (pie creía no haber pecado, eso solo^ 
le <liría, y aunque él observase que era impo- 
sible como otras veces. 

¡Pecar!. . . .Xo. Su c(mcien(*ia no tenía tor- 
cedor alguno. Estaba limjna. ^Porqué había de^ 
foriar una culi)a,ó declarar una falta que nun- 
ca ])ensó cometer? 

Haberle prodiga(h) caricias á su amada 
Amelia, á es<*ondidas, junto á las flores, cuan- 
do los ])ájar(Ks cantabaii y-el S4)l at'día ¿era un 
l)ecado, de verdad? 

¡Ay, no. . . .no i>odía ser! Xo había robado 



ese exceso de ternura al (uilto de lo divino, 
]M)r(ine fué un transi)orte santo de su sanj>ie 
y de su alma ini])osil)le de re])riniir. Sin embar- 
co. ... lo ])urpn'ía! 

El eontesov decía sieniiue que en la inten- 
ción estaba el ])ecado. Hay días en (pie atur- 
den estas cosas, ])or(iue la intención. . . 

La mirada errante de la novicia se encontró 
en ese momento con el lienzo del caballete, 
como jmdo haberse detenido en la imagen del 
< firmen, ó en otro objeto cualquiera de lacel<la.^ 

La bujía al^o <listante lo rodeaba de difnsa 
claridad, destacándose ai)enas la pintura entre 
medias sondnas sin contornos definidos. 

Mines cayó entonces en las (*avilosidades 
])rimeras, en la causa real de sus tribulacio- 
nes íntimas, sin a]>artar la vista de la tela. 

l*oco á i)oco, á tuerza de fijarse, com])elida 
por su excitabilidad de esi)íritu, todo entrej»-a- 
do á Dios, alj»un detalle lle<>ó á resaltar en el 
lienzo; ])ero ya no la clíis])ihi lúcida en el 
centro de su nebulosa mental, sino dos ojos 
de exinesión ai)asi(mada é intensa, con los 
refiejos melancólicos del lucero de la tarde. 

La joven sufrió entonces nna conmoción 
i^ual á la de la i)asada nocbe, y sintiéndose 
débil V abatida se arrojó en el lecho. 



<)() A(nOVl]l)() DIAZ 

Extremecióse iimclías veces, en silencio. 

Después se quedó en sosiego. 

Parecía vencida por un sueño i)iadoso. 

Con todo, en la caliua de la alta noche, si 
por allí vigilaba fiel su ángel de la guarda, 
pudo oír de vez en (*uando algún sollozo en- 
trecortado ó algún vago lanu^nto indefinible. 



Yl 
La opinión de Tácito 

En el transcurso de algunos aííos, Ilicardo 
Yaldenioros había pasado i)or duelos de familia. 

La primera iiérdida fué la de la autora de 
sus días, siguiéndose la del i)adre meses des- 
pués, cuando él estaba al comienzo de su iilti- 
mo curso en aulas. 

Estos sucesos, lo obligaron á ausentarse 
para la ciudad del interior en que siem])re re- 
sidía su familia, permaneciendo allí largo 
tiempo, consagrado al arreglo de los intereses 
de la sucesión, que eran mviltiples y valiovsos. 

En ])osesión de su parte de herencia, quiso 
recuperar el tiempo i)erdido jíara conclnir su 
carrera, dedicando á este ñn todos sus afanes. 



J)e vuelta ú la capital, se eiKíerró en su 
casa con los libros, sin más eompaíiía que la 
(le Cirilo, un eanibujo de veinte años, á^il y 
fornido, que se había (*riado en su lio^ar y era 
un doiiiéstieo aetivo y despierto de su mayor 
eonñanza; y un matrimonio de liortic* nitores 
que vivía en el fondo, y cuidaba de la huerta 
y el pequeño jardín. 

Salía muy ])oco y á determinadas horas. 

Muy raras veces rep-esaba tarde, y cuaiulo 
esto pasaba era que le habían retenido en 
al^un club político las controversias ó temas 
del día, á los ('uales él dispensaba bastante 
interés por ideas y tradiciones de familia. 

En ciertas ocasiones hacía paseos á caballo 
])or las afueras, recorría lar^^as distancias y 
se daba el i)lacer de correr á toda rienda por 
<*auq)os abiertos para no olvidar sus ejercicios 
en la estancia durante las vacaciones. 

Cirilo, que era couío él tan hábil en el ma- 
nejo del caballo brioso, solía ^uiarh) en sus 
excursiímes, y conducirlo como descanso á 
])arajes d<mde se tocaba la guitarra y se ha- 
<*ían oir aires criollos de sabor silvestre y me- 
lancolía de pa^ro. 

Sus duelos íntimos y ciertas memorias dul- 
ces que nunca había podido desvanecer, y á 



(»S A( KVKIX) DÍAZ 

liipsos se leprodncííin cmi su mente, siempre 
ñesí'os y gratos, aiuiqiu» rodeados de esa 
tristeza vapi que acouijiana á lo ya reuioto, 
le iiieliiiaban al retraiuíiento, y aún á la sole- 
dad, salvo estos casos (^i (¡ue se i)rodipil)a 
y exiíandía eoiuo en la edad de la adoles- 
eeiieia. 

Las iiaisanitas se deeíau entre ellas al oirle 
cantar «vidalitas» bajo un ond)ú, (pie no valía 
servirle «níate», c<m el ])ié bien calzado y una 
íior roja en el cabello; ]nies a(piel ^uajM) mozo 
debía tener uíás de dos novias sin él saberlo, 
«si es (pu» sabiendo, más no tenía.» 

Después de esto, sus diversiones eran muy 

luitadas. A])enas concluía su abuuerzo, se 

paseaba un Imen rato por el jardín y la 

huerta examinándolo todo. Lueí»*o volvía :i 

sus libros. 

Por la noche gustaba un jkx'o recorrer las 
riberas, en Ja estación balnearia, y jwmirse 
con (U^terminados condiscí]udos i)ara de]>artir 
sobre materias de estudio. 

Las de carácter ])olítico tenían taníbién su 
hora exi^'ible, i)ues que siempre sus influen- 
cias avasalladoras end)arf»aban los dos ter- 
cios del and)iente social. 

Como era adusto y un tanto reconcentra- 



mim':s Oí) 

<1<), mantenía distantes las meras relacio- 
nes qne no tenía interés en enltivar. 

Poseía el don de la selección; pero, lleí»ado 
v\ caso, sabía tolerar á los necios. 

A títnlo de companero de la infancia, so- 
lía hacerle de vez en en ando nna visita cor- 
ta y nn tanto ceremoniosa Martín (Jardello, 
51 himno del seminario, qne estaba a pnnto de 
i'errar carrera. 

Martincho, como él y los de sn tiemix) lo 
llamaban, no había cambiado más qne en 
las formas las cualidades de sn tempera- 
mento osado y díscolo. 

Se sentía bien dentro de los hábitos y el 
ritnal; y en el fondo de sns f>enialidades, 
liicardo pndo verificar en más de nna oca- 
sión qne los primitivos instintos habían al- 
<*anzado nn desarrollo y crecimiento^ nota. 
l)les en la índole moral del catecúmeno. 

Estableciendo comisara ciernes admisibles 
á través del tiempo, los vibriones eran casi 
iuignilas ya qne no mnrenas. Xo obstante 
í^ns demasías é imx)rndencias, él lo recibía 
y toleraba, gozándose de oirlo tras el bro- 
qnel de sn ánimo estoico y de sns inincipios 
<le estmliante aventajado y sesndo. 

Aún persnadido de que algnnos'precep- 



10 ACEVKIH) DÍAZ 

tos teoló^ificos ó detinini liadas leyes ranóiii- 
ras, eoiitrariabaii la lójrií'a, menos exilíente. 
Martín los sostenía con vehemencia y no 
í^'eptaba ré]>lica que se aimrtase un punto 
del eriterio con (jue se«¡:ún él debían juz- 
«rarse. 

Hieardo reía benévolamente, y daba otrt^ 
«riro á las ideas. Veía (Mi (rardello un esco- 
la stieo sin sutileza. 

Más, todavía. 

Hieardo era un eon vencido de que Martín 
había errado la vocación, como tantos que 
al princiiúo se creyeron con aptitudes pan^ 
la vida mística. 

Su camarada de la niilez las poseía, an- 
tes bien para afrontar con osadía los ries- 
«xos de lasciva oh^viivn neVmezzo del cKmm'nt^ 
sejiíin el dantesco t enveto de bronce, que pre- 
destinadas por extrema sensibilidad ])iadosa- 
á los senderos de Dios. 

Yi\ir en el nnmdo ])ara couibatir lo> quic- 
es del mundo con elementos exclusivos <lol 
cielo, no era de sus imjmlsos, ni estaba en 
su idiosincrasia. 

Desde (pie se i>uso la sotana, dio sin él sa- 
berlo el primer traspiés. Su latinidad, su ti- 
losofía y su teología, no pro<lujeron en su 



M1^'KH 71 

intelecto la evolución necesaria, para pve- 
<lisi]oneile con base sólida y determinarlo á 
la perpetua misión contemplativa. 

El castigo del cuerix) y de la pasión car- 
nal era función terrible de toda la existen- 
<-ia; y esto lo comprendió cuando su temi)e- 
ramento emi)ezó á arder, á intlujo de tenta 
<'iones que se iban multiplicando á medida 
<pie i)rel:endía al luyen tulas cf)n el calor de 
la fé, así como se tbrman y renuevan las 
nubes merced al mismo sol que las diluye 
y esfuma en los esi)acios. 

Pero, bueno era seguir adelante, pues el 
líal)ito le convenía i)or más de una razón 
epuídsta. 

Ya se había tonsurado, y desi)untaba el 
final de la carrera. La consagración le abri- 
ría horizontes. 

Ocurríasele pensar á liicardo, que al ca- 
nmrada de juep)s infantiles le i)asaba en 
<»sto lo que á miu'hos hombres en otro ór- 
<len de ideas y ]>rofesiones. 

l)es]més de incurrir en errcnes y cul])as, 
])or haberlas equivocado, x)ersisten sin em- 
barco en pontifícar, <*<msiderándose varones 
libres, Cuando no han sido ni s<m más que 
libertos. 



í2 A(KVK1)() DÍAZ 

StMitíii cierto i)lacer, con las visitas <le 
Martín, (lisciil]>ini<lolc to<las sus iiitenii>e ran- 
cias, i>or ser un extremo antaj»ónico <le sus 
o])iniones y doctrinas; al projíio tienqn) que 
le ajiíadaba la tarea de jn-epararle cuestio- 
nes diversas que pusiesen á innieba su 16- 
jiica, y concluyeran ]>or alejarlo ])r()nto. 

De ahí que tocase con frecuencia el teína 
ftlosótico ó reli<»ioso en esas entrevistas, con 
la natural fruición del que ama el estudio y 
se disciplina en el debate. 

Tenía (xardello ])<n' costumbre exasi>erarse 
en esas familiares discusi<mes y caer en la 
disi)uta, y en tales casos su ancha nariz 
dilataba las fosas y roncaba por allí. 

Entonces Kicank» le decía con mesura: 

— Vuelve i\ tus salmodias fúnebres, que 
me a<»Tadan uíás que los s(mes del órpino 
mayor. 

Martín se iba muy incomodado, y dejaba 
lue^o i)asar muchos meses sin venir. 

Poca i)ena causaba esa c(mducta á Kicar 
do, quien, en i)uridad de verdad, lo espera- 
ba sieníju-e sin s(Hinesas, y lo acogía sin 
odio y sin amor. 

Muy interesado estaba cierta mañana con 
una lectura <le Tácito, abiertas las jKiertas 



MlNÉíá 7;5 



y ventanas para que entrase á raudales la 
luz del sol, cuando se presentó (lardello con 
su vestimenta talar negra, su faja azul y ¡j^n 
sombrero de teja. 

Se dieron las manos e(mio si ' entre ellos 
no hubiera mediado nunca diferencia sensi- 
ble, y se viesen con frecuencia. 

— He venido á interrunij^ir tu lectura. ^ 

— Tiemx)o hay para reanudarla. 

— No, i)i'<>siíi'ii^, si tenías un tema de ha- 
lago. Yo leeré contigo y después departire- 
mos. 

Ivicardo, que aún seguía abstraído, se son- 
rió apaciblemente, y dijo: 

— Es un episodio que cuenta siglos: el 
incendio de llcmia i)or Nerón. 

— Libro x>rofano. 

— Anales de Tácito. 

— Lleno de incomi)arables heregías. 

— Ijibro décimoípiinto — ])rosiguió Kicardo, 
— acápite XLIV, que narra las (»rueldades 
del cesar con los heles á Jesiís. 

El x>íii'Hí;'i"íh) es muy singular, porque es 
el único que el famoso moralista consagra 
á la memoria del apóstol y á su prédica. 

— Lee esa fábula: la conozco! — dijo (xarde- 
Ho con tono desdeñoso. 



74 Aí'KAEDO DÍAZ 

— Es cosa de dos iiiiiiutos — (d)servó Kicar- 
do, sitMiipre con faz risueña. Tácito ex^dica 
jniuiero las verdaderas cansas del incendio, 
y menciona la versión circnlada en la plebe 
de (jne el desastre era <d)ra de los sectarios 
nuevos. 

— Y (jue, como el centieello de la calumnia 
se hizo trond)a desimés, ])ara confundirla 
virtud y la inocencia. 

— x\lií verás. 

Y Ricardo leyó en voz clara y serena: 

«Y así Nerón, para divertir esta voz y 
descargarse, dio por culpados de él, y co- 
menzó á castipir con exquisitos géneros de 
tormentos á uiu)s hombres aborrecidos del 
vulgo por sus excesos, llamados comunmen- 
te cristianos. El autor de éste nombre fuó 
Cristo, el cual, imi)erando Tiberio, había sido 
justiciado por orden de Poncio Pilato, x)r()- 
curador de Judea; y aunque por entonces 
se rei)rimió algún tanto aqiudla perniciosa 
superstición, tornaba otra vez á reverdecer,, 
no solamente en.Judea, <nigen de éste mal,, 
pero también en Koma, donde llegan y se ce- 
lebran todas las cosas, atroces y vergonzo- 
sas, que hay en las demás partes. Fueron 
pues castigados al principio los que profe- 



MINKS í.> 

izaban iniblicanieiite esta reli^óii, y íksimés 
l)()r indicio» de aquellos, una nuütitiid inñ- 
iiita, no tanto por el delito del incendio que 
se les iní])utaba, como por haberles eon- 
veiu'ido <le general aborrecimiento á la hu- 
uiana generación. 

Añadióse á la justicia que se hizo de és- 
tos, la burla y escarnio con (pie se les daba 
la unierte. 

A unos vestían de ])ellejos de ñeras i)ara 
<pie (h^ esta manera los desiiedazasen h>s i>e- 
rros; á otros i)onían en cruces; á otros echa- 
ban sobre grandes riuieros <le leña, á (piién, 
en faltando el día i)egaban fuego i)ara que, 
ardiendo con ellos, sirviesen de alumbrar en 
las tinieblas de la noche. llal>ía Nerón dis- 
l)uesto para este es])ectáculo sus huertos, 
y él celebraba las tiestas circenses: y allí 
en hábito <le cochero^ se Uíezclaba unas ve- 
<*es con el vulgo á inirar el regcxájo, otras 
se ])onía á guiar su coche, como acostundu'a- 
ba. V así, aunque culimbles éstos y mere- 
<*edores del último suidicio, movían con todo 
eso á compasión y lástima grande, como 
])ersonas á quién se quitaba tan uiiserable- 
luente la vida, no i)or ])rovecho piiblico, sino 
para satisfacer ú la cj:ueldad de uno soh).» 



70 Aín^VHlX) DÍAZ 

— En ]M)c(>s renglones, toda una esi*ala de 
blasfemias! — ])v<)iTUiiii)ió Martín. Felizmente 
las e<msi^iia una obra fósil. 

Ricardo, eou la mano en la frente, murmu- 
ró [)en sativo: 

— Sitpc rs t it i o rursiis.,.. 

Y desimés, con p*an cabua, agregó: 

Lo que es de admirar es íjue un varón 
de tan vasto entendiuíiento y de ética tan 
rígiíla, no haya adivinado entonces que aque- 
llos sucesos, siíjuiera liubieran sido de orden 
secundario, eran ])reanuncios.... No haya 
l)resentid() con clarovidencia, que podían ser 
los primeros efectos de una evolución for- 
midable en el mundo de las creencias du- 
rante largos siglos.... 

Y, mira Martincho: alredetlorde esta ocu- 
rrencia, más de una disíjuisición sociológica 
sería discreta, i)ertiuente... 

— Impertinente dirás; p^mpie para mí en 
la cosa más natíiral que un ateo se ])r<mun- 
ciara en tales términos, res])ecto al hijo de 
Dios y al verbo hecho carne. 

— Y ])or(pie de él hicienm carile, se bu 
comieron los leones, — agregó el estudiante ti- 
l<)si')íicame]ite. 

—Oh! contigo no es ])osible tratar en sé- 



M1NE« i é 

rio lina ciiestióii religiosa. Te estás eoiita- 
ininaiido eon todos los pecados, y para nada 
tienes en enenta la salvación de tn alma. 
Yo te conjuro.... 

— Antes escucha, — le interrumpió el joven 
con aire caviloso, ponién<lole suavemente la 
mano en un hombro. — Quiero, ya que en 
lecturas nos entretenemos, ensenarte dos lí- 
neas de otro libro que no es fósil, ccmio tú 
califtcas lo clásico.... 

Es de nuestro tiemi>o. Hay mucho en sus 
páginas (pie invita á me<litar... al menos, á 
los que viven estudianih) y sueñan con los 
í^ramles i)ensamient()S que enamoran.... 

Aguarda. Es este... 

Y extrajo un tomo elegante, que estaba 
debajo de una regular pila de volúmenes. 

Lo hojeó breves momentos, y con nuuio 
hábil dio c<m sus citas. 

Las tenía anotadas al margen. 

— Atiende ahora. El primer juicio lo for- 
juula el biógrafo, de esta manera, reürién- 
dose á Jesús: 

«Sócrates y ^Moliere no hacen sino arañar 
la ei>idermis. Jesús introduce el hierro can- 
dente hasta la médula de los huesos.» 

¿Es eso exacto? 



Aí^EVKlH» DÍAZ 

— ()\w falsario! Kl redentor era todo i)ura 
bondad, infinita elemeneia, aún jmra sns mor- 
tales eneiniji'os. 

Kieardo pasó al secundo, con un aeento 
de inflexiones raras y diversas, (íouio si qui- 
siera ])osesionarse en absoluto <lel valor in- 
trínseeo <le las frases y <le las ])royeeeiones 
ocultas de la inteneión (jue las inspirara, y 
eonio si estuviera solo eon su pensanuento 
y su ^oee intelectual: 

«Y él, que tan dueño de sí mismo y des- 
embarazado se eiu'ontraba en las márgenes 
del- risueño la^o de Tiberiades, se sentía 
incómodo y conu) fuera de su centro junto á 
acpiellos i)edantes. Sus perpetuas afirmacio- 
nes de sí mismo llegaron á tener al^o de fas- 
tidioso, y, á su i)esar, tuvo que hacerse <'on- 
tro versista, jurista, excreta y teólogo. Su 
conversación, tan llena de j>Tacia ordinaria- 
mente, lle^a á ser un fue^o jaraneado de <lis- 
X)utas, una siu'csión interminable de luchas 
eclesiásticas. Su armonioso ^énio se ^asta eu^ 
insí])idas ar^unuMitaciones sobre la ley y los 
l)rofetas, en las cuales desearíamos no verle 
algunas veces el ])a])el <le a^iesor.» 

— ;,V esto? — interrogó (lardello, c(m el ceño 
fruncido v tendeantes las alas de la nariz. 



Ml^ÉS 79 

— ¿Esto? — rejmso Ilicardo con su rei)oso 
inalterable. Para eomjn-enderlo ,bien sería 
jneeiso recordar todo lo ])asado á orillas del 
Tiberiades y en el valle terrible de (xhenna; 
los hechos y caliíhul de sns adversarios; y 
l)or ftn, el esjuritu y tendencias de la éi^oca . . . 

Pero, en el fondo, no sé ])orqué me ima- 
gino que él también i)erdía muchas veces la 
paciencia, si á lo que aíiruia este autor, ape- 
gas los latigazos á los uiercaderes. . . .¿Xo es 
cierto? 

— Fna im])ostnra propia de quien no tiene 
fé en nada. . . .Y á ({w vi<'nen las citas ex- 
cé]>ticas é innobles, de hechos sin i)rueba ni 
fundamento alguno, que acabas de leer con 
deleite ? 

Ricardo colocó el libro sobre las rodillas, 
y mirándole otra vez sonriente: 

— Para mostrarte — dijo — que tii tienes un 
])oquito del carácter que se atribuye á Jesús. . 

— Como ese es un sacrilegio no te ace])to 
el i>aralelo, aunque se trate de defectos. Xo 
te alabo el ^usto estraf»a(h) de tus seleccio- 
nes literarias, y es hora de que te deje. 

— IMen se advierte (pie ni sicpiiera por cu- 
riosidad juvenil, has leído las Memorias de 
Judas de Petrucelli della (lattina! 



«so ACEVKIH) DÍAZ 

— Hastii otra vistu! — <;Tnnó el ¡seminarista 
sulfurado. 

Y Inuidiéndose bien el sombrero de teja, 
cuyo borlón trémulo á imi)ulso de su excita- 
eión nerviosa, ])artió á ^ran i)riesa. 

— Consuélate! — gritóle Eieardo, riendo. — 
El autor v el libro están exeomuli»ados. 



Vil 

Teoí ía y parábola 

En el día que se siguió al de la t'uneióu 
religiosa en la C'oneeix'ión, Martín Gardello, 
con ])lan lieelio, á juzpir i)or su ánimo re- 
suelto, se encaminó á casa de Kieardo en la 
hora que aeostund)raba visitarle ])or tem])o- 
radas. 

Apesar de los enojos e<m que easi siemine 
(•(meluía las i)látieas, i)or él transformadas 
en controversias ardientes, y <le no retri- 
buirle sn ami<»() las visitas con la corrección 
ílebida; y, de lado la intención que aliora lo 
inducía á verle de nuevo, el hecho es que 
Ilicardo ejercía en su espíritn la sugestión 
])ro])ia <le los caracteres elevados, obligan- 



MINES SI 

<lole á reservarse sus inquinas y euiulaeiones 
para mejores tieni]H)S. 

Lt) que lio liaeía desde meses atrás, había 
absorbido en Kicardo ^ran ])arte de la ma- 
ñana, y era ello la leetura del evangelio ])or 
san Mateo. 

Al^o de extraordinario debió estimularlo 
á este ejereieio esi)iritual, pues no entraba 
en sus hábitos dejar de mano los libros de 
i'ieneia, sus amibos xuedilectos. 

De lo atento de su leetura, daban fé á las 
márgenes de las hojas, anotaciones ó eomen- 
tarios de eiertos pasajes. 

Momentos antes de i)resentarse Martín, ha- 
bía i)uesto el texto sagrach) en la mesa de 
luz, y quedádose nuiy meditabundo, eon la 
vista en el teeho, como si estuviese reeor- 
ilaiido eosas interesantes ó im])resiones ha 
])oe<) sentidas. 

La aparieión de (lardeHo, en esa oportuni- 
dad, le produjo alí»ún efeeto. 

Lejos de darlo á eonoeer, hizo sentar al 
seiuinarista eonu) otras veees á su lado, y 
lo trató e<m su afabilidad invariable. 

— Vengo á felicitarte, — dijo Martín con 
cierta unción evangélica. 

— Me dirás i)or qué. 



S2 A( KVEIM) DÍAZ 

— Por liíiberte visto anodie en la ij>'lesia, 
coutniído i)or lardos instantes á la (*ere- 
inonia. 

— Ah! 

— Ya es Hincho llicardo, ])ara los qne te 
estinianios, qne tn hayas i)asado del pórtieo 
y niantení(h)te en el reeinto sagrado con el 
res])eto digno (U^ tn ])ersona. 

— Sí, — re])nso el jóv^en con aire distraído. 
Entonces, tíi iiie viste? 

— Y me sor])rendió agraíhibleinente, (*omo 
á otros cnya relación tn no cnltivas, i)ero 
qne te aprecian de veras. 

— (Tra<*ias. 

— Tand)ién, no ])odrás negarlo, mediaba 
\in motivo al c<mcnrrir á esa ftesta, mny sa- 
tisfact<n^io ])ara nosotros; y era el de la asis- 
tencia al coro, de nnestra amignita de la 
infancia María Inés, cnya voz de canto can- 
tiva á todos. 

Se ponderan los dones de sn garganta, así 
consagrados á los himnos de magestad. 

Esto diciendo, c(ni estndiada circnnspec- 
cióii, las narices de lebrel bien abiertas, y 
mny móviles sns redondos ojos, (xardello tnvo 
más de nna visnal rápida i)ara Kicardo. 

lííi nn múscnlo se contrajo en la faz del 



i\stu(liiuite, (inieii íV su vez lo miró eii las 
l)ii])iliis i'on ñriiiezíi, sin decir palabra. 

— Sabrás (¡iie se ha resuelto á ])rofesar de 
lierinaiia, — coiitiimó Martín, — y que va co- 
rriendo el tieniix) de ])rueba .... Hasta se 
añriua que hará voto de castidad. P(K'as 
como ella tan bien i)rei)ara(bis ])or la conni- 
nión, el examen de conciencia y la lectura 
de doctrina i)ara el nu(b> celestial, resultante 
<lel castigo de las ])asiones uiundanas y de 
la concentración del corazón y del alma en 
lo divino. Es un dechado de ])urezas. 

Esta vez, observó á lücar(h) de lado, a^uar- 
dan(h) una uuniifestación cuahiuiera de amis- 
tad ó de recuerdo. 

Valdemoros continuó im])asible, sin des- 
))lepir los labios. 

Antí* su rostro de mármol, el seminarista 
se desconcertó un ])oco. Parecía que aquel 
<*arácter no tuviese parte débil, que hubiera 
sido fundi(h) ])ara enclaustrar las emociones 
<lentro de arca de acero. 

— Noto (pie no te causa nujyor interés 
nada de esto, — anadió ^lartín ante el ftacaso 
<le su jdan. La ciencia infusa de Dios, en 
virtud de la cual, las abnas creyentes y 
extasiadoras, llepni á refundirse en el seno 



S4 ACEVKJX) DÍAZ 

de la (livinidiid, no es de tus lueíeridas, y 
lia<i:() yo mal en diseurrir sobre eosas que le 
atañen. 

Siguióse una larp» i)ausa. 

I)esi)ués, como saliendo de un sueño, Ri- 
cardo, en actitud de recai)itular ideas — dijo 
lentamente: 

— La ciencia infusa . . . .( V>n solo enunciarla 
está demostrada: misterios á base de té. 

Así me ex])lico (|ue se a))ele al éxtasis, es 
decir, á una es])ecie de histérico, á una 
suspensión del uso <le los sentidos, á una 
l)ere^TÍ nación mental más allá de los esi)a- 
cios estelares se^ún lo deñnen los místicos y 
lo acaudalan los ñlólo^os, y que se busque 
como recurso i)ara incautar candores y sus- 
traer cariños á la tierra. . . . 

— ;,Que estás diciendo incrédulo? 

— Si, á la tierra que calienta, que germina 
a])arte de otros brotos y frutos, flores de 
(*arne ])ara que sean deli(*ia del hombre, lo 
embriaguen con su esencia y lo rindan con 
su hermosura .... 

Oye Martín, esta divagación mía, si así 
la quieres (*onsiderar .... La excelsitud del 
nazareno está precisaiuente en el hecho de 
haberse sustraí(h) á las^ i)asiones humivnas. 



MINES Hr> 

por excep(*ión á la ley universal; y al decir 
(jue su reino no era de este niuiulo, implantó, 
deimrada y vigorosa la sennlla de la religión 
del anuu'. . . .no del que tu liablas, sino del 
amor terreno, eon to<las sus en(*antos y do- 
lores. ... Piensa eomo mas tarde, la iglesia 
eatóliea se asimiló el am<n* es])iritual (pu* 
Dante i)reeoniza en l>eatriz .... 

— Para aftanzar el vínculo indisoluble.... 
El almii de Heatriz era extasiadom y con- 
firma h\ palabra de Cristo. 

— No: lo que confirma es que á la sim])le 
lujuria era preciso ixmerle un freno, ])ara 
que la es])ecie saliera de su extrema cíutu])- 
ción, y se salvara. 

— Jesús condena el mero deseo im])uro, 
dice la doctrina. 

— Y vuelves á tus ideales de célibe im- 
pecable! La sana razón y aún la leyenda 
relifi'iosa, dicen que los seres lian nacido ])ara 
quererse, juntarse y re])roducirse. 

— Entonces, tú no rec<moces que liay al^^'o^ 
(lue se asemeja á sU])rema virtud, y aún á 
sublime nmrtirio, en la resuelta voluntad de 
abstenerse y dedicarse en absoluto á la 
vida c(mtem])lativa? 

— Lo que en el tbndo encuentro, es flaca 



S(> ACEVKIX) DIAZ 



voluntad para la hiclia, — que es aeto y es 
ley anterior á toda satisfaeeión ó delicia.... 

— Las ideas de los libre i)ensadores ó 
racionalistas, que lo mismo imixuta, me 
liaeen acordar á las llamadas serpentinas que 
yo vi cuando chico. 

Pasan de los colores m«as ñiertes á los 
tonos medios, y des)més a los más débiles, 
])ara volver á los muy subidos, se^ún el 
enfoque de la exa^era(*ión ó de la ln])érbole. 
Así, podría decirse que ensayan tocbís las 
teorías, ])ara quedarse al ñn sin ninguna que 
valga una creencia consoladora. 

— Yo no ])retendo ser sectario. Juzgo de 
esas cosas según mis alcances, y las res- 
l)eto. Pero, veo que de los ])rocederes lógi- 
cos del libre examen en fílosotía, tii haces 
un truecatintas; y no salgo délo cierto, peneque 
los has comparado con las variantes de la luz 
blanca á través de cristales de colores. 

Tú tenías otro símil, y lo callas, acaso jior 
espíritu de equidad!... 

— ;,Cnál? 

— Este: en lo alto de un campanario uua 
veleta, y al extremo de ésta, inmóvil en lo 
móvil, un signo... 

— Sí, una cruz por ejemplo! La <Kairrenc¡a 



MINES 87 

es feliz, y la aeojo. Por supuesto, es lo únieo 
que no eaiiibia, que está sienii)re fijo y firme 
á través de los s¡j»los y de las revolueiones, 
])or que es símbolo de fé, y la fé es la que 
obra uiila^Tos. Acuérdate que Cristo dijo al 
enfermo ])or él atendido: no te lie sanado yo, 
te euro tu fé. 

— ¡Y qué hizo en el i)ozo de 8iquem? 

— La inoculó en un es])íritu hostil. 

— ;Y con la adúltera acosada i)or la turbal 

— Condoné) la culi)a, y la absolvió de pena. 

— Toda la doctrina rejmsa entonces en la 
moral absoluta del sentimiento, — repuso Kicar- 
do c(m acento ^rave y tranc|uilí). La parábola 
mediadora entre la ley mosaica y la ley roma- 
na, nada dijo de nuevoj pero tami)oco con- 
firmó lo viejo. El que no haya i)ecado, tire la 
primera jnedra. En el fondo de esto solo se 
ve la clemencia, que va contra la ley; pero, 
que puede ser hija de la justicia. 

Y, ahora verás... Yoten^o también mi evan- 
í»elio en ji'losa... Sin pertenecer á tu relipón 
lH)SÍtiva, venero lo que en ella subliuia el sen- 
tiudento. En cuanto á las ideas, ya habían 
hecho camino en Oriente antes que las 
(condensara en su ])rédica el maestro de Xazjv 
reth. 



SS AíEVKDO DÍAZ 

LiH% si (luieivs, esta nota marginal... 

Cociendo el libro de la mesa de luz, abriólo 
al medio, dojide indicaba una einta verde, 
y se lo i)asó á Martín (rardello. 

VA seminarista, hasta ese momento, se mos- 
traba más tolerante y afable que otras veees. 

Keeibió de buen ^rado el volumen, y leyó 
en t<mo de comidaeeneia: 

«No falta quién niej»ue el e])isodio. 

De todos juodos, la ])arábola queda. 

Queda como una frase de luz, en la inmen- 
sa sombra de la imi)eniteneia mundana... 

Cuento viejo, es cierto; i>ero sin ser i)ara- 
doja sienqne nuevo, de todos los días, de 
t(Mlos los i)ueblos, de todos los <*limas, pues 
([ue siendo la parábola i)rofundamente hu- 
mana tiene a])licación á todas las profesio- 
nes y todos los gremios, en la cien(*ia, en 
la literatura, en la ])olítica, en la ])rensa, en 
la crítica, en bis artes, en la milicia, en el 
foro, y repite en todos los tonos: mejor es 
perdonar que odiar: no basta invocar la 
ley i)ara el castigo: la ley ]niede ser mala 
y el juez falible: no habléis del ])ecado 
los que habéis vivi(h) y vivís en el i)ecado: 
con esa piedra daos ])rimero en la frente los 
ipie decís respetar la ley p(n- el solo ej?oís 



MINKS Sí> 

1110 (le que se iipliqíie á otros: por una sola 
inácuhi no condenéis ni que es puro los (pie 
alentáis un corazón podrido: distribuir jus- 
ticia no es laiúdar, sino impeler á cada uno, 
á lo que cada uno se debe á sí proi)io y al 
derecho a^eno: antes que afrentar al seme- 
jante que arrastra resignado su desdicha, 
Ajaos si bajo las ropas no lleváis la marca 
de alí>ún verduí>(), de esos sayones invisibles 
que azotan sin ])ie(hul los cueri)os y i)onen 
lei)ra en las almas....» 

Ricar(h), en este punto, retir(') suavemente 
el evangelio (le las manos de Martín, di- 
ciendo: 

— Desearía que en un día feliz desde el 
l)iilpit(), al final de un sernmn insi)ira(h) en 
estos temas, diri^eses á los penitentes c(m 
tritos bajo las b(Sve(h»s del temido éstas ó- 
])areci(las palabras: 

El que de vosotros haya ])erd(mado algu- 
na ocasiíSn ])or la s(da fé pura, no por in- 
terés, que se ])(mpi de ])ié en nombre de 
Dios! 

— Su^mesto el caso, — observó (lardello un 
poco turbado, — ¿i)orqué no habían de levan- 
tarse todos? 

—Por que serían hipó(*ritas en su casi 



1M) ACEVKDO DÍAZ 

totíilidíul; ó no liabríím irisado ]M>r la doble 
])nieba de los odios y de los amores, lo que 
es iiiverosiiuil. 

Si hay exee])eiones, las eoiisidero dianas 
-de Jesús ^el aujíusto rabí de (lalilea. 

— Hoy te eiieueiitro más exeéptieo é iró- 
iiieo (jue luiueal Sin duda incluirás en la 
lista á los que usamos hábitos? 

Kiear(h> eambió de eeno, y miró sonriendo 
ral seminarista. 

Tras breve silencio, contestó atable: 

— Tu has de tener el alma toda blanca, 
-como el ropa«»e de las vírgenes en la ]>ri- 
mera comunión. 

Martín OardeHo se levantó, calóse el 
sond)rero de teja y fuese sin decir ])alabra. 

El estudiante, con silbos suaves y caden- 
•i'iosos, se ]mso á jn-eludiar la romanza «Salve 
4limora....» 



MINES 91 



VIII 

Una conversa piadosa 

(■irilo, á (luieii el joven (l¡s])eiisal)a coit- 
fíiuiza sin reservas ])orqne era res])etu()Sí) y 
disereto, y sabía (jiie jmr él haría el saeri- 
fíeio de su persona en cualquier eireunstan- 
eia, entróse al euaito de estudio eon ])asos 
muy medidos a jxx'o de haberse marchado 
el seminarista. 

— Don llieardo,; — dijo vim semblante muy 
exjiresivo,— ahora (pie he visto salir á un 
Inunbre de ií»lesia, me se viene á la boea 
el nombre de mi tía Maréela, que sabe usted 
sirve en un convento hace auos.... 

— Es verdad que me lo has dicho. Quiere 
salir? 

— 8i señor; ]K»ro ]»ara trabajar aipií en 
casa, en lo que se la (»cu])e. 

— Y qué le ])asa? 

— Xo le ])asa nada (pie valpí, sin(') (ple- 
no le ^usta la su)H*ri(n'íi por (pu* tiene mal 



1>2 ACKVEIK) DIAZ 



í»vui<>, y es medio ^TiiU()ua...Ell}i dice que 
(|iier¡éud<)l() i\ usted tanto, no eoiii])rende 
eoiiio lio está {\ su lado i)ara atenderh» en 
todo... Es vieja, pero todavía ^'ua])ita para 
el arretjlo de easa. Nuiiea se enferma, no 
es ])e(li<»¡iena, y se enoja solo eon los 
«•ariosos cuando «¡:olpean mucho la ])uerta 
vile calle. 

— ¿En (pié convento se encuentra? 
(Mrilo (lió el níunbre y dirección. 
— Ali! (hiando tú me hablaste de esto, 
no atendí bien los datos. 

(■on nnicln» f>'usto la col()(*aré aquí.... Me 
acuenh) de Marcela, que era buena y cari- 
ñosa (Mmmi^'o, cuando niño, lo mismo que 
tu lumrada ma(Ue.... Tuedes decirle que estoy 
luuy en ello, ])ero que no deje su empleo 
hasta que no conveisemos sobre el asunto. 
Ignoraba que á tu tía le gustasen los 
•claustros. 

— Chistarle, á se^ún, señor... Por necesiíbul 
se entró la i)obre allí, ('(mío no se casó de 
moza, de vieja le (lió jmr servir en monaste- 
rio, creyendo que la vida sería más sosepi- 
(la que en muchas partes donde hay queha- 
ceres fatij>()sos. Y ahí anda con sn ^'orra de 
^•riatura y su delantal hasta el suelo. 



— Será conversíi ? 

— Eso iiiisnio! Liis lieriiiiuias y novicias la 
tratan l)ien por que ella i\s hacendosa y 
luiinilde, de nuielia conforniidad... Siempre la 
mandan en bnsea de cosas de bordados y de 
fl(nes, ]>nes es entendida y no la entinan 
los merceros. 

— Ya! Ojo experto. ¿Puedes verla lioy? 

— Sí, sefior. Por c<»stnml)re yo llamo, y 
hablamos nn ratito en el atrio. 

— Bueno. Dile que aproveche una salida, 
y vencía esta tarde. 

— ¡Qué í»'usto va á tener! 

— No ])ierdas tiemix). Touia. 

Y sacando de su cartera uu billete de 
banco se lo entregó, a u adiendo: 

— Dáselo á Marcela, y que lo acei)te para 
sus urgencias sin observación ninguna. 

Cirilo se fué; y l\icardo se quedó un 
tanto meditabundo, de i)ié ftente á la ven- 
tana, c<m la mirada errante en los íbllages, 
<'om(» iibstraído pcn- este incidente al parecer 
sin im]M»rtancia. 

Sin duda la tenía, ])orque él dijo á media 
voz, siguiendí» en la uiente un jdan combi- 
nado de juonto: 

El medio era lo difícil 



04 ACEVEIK) DÍAZ 

Tíll vez tenpi éxito el que se presenta. 

Pnseóse liir<»:<» rato i)oy la liabitaeión su- 
inerjiido en retlexi<nu*s, y easi maqninal- 
niente se dirifiió al jardín. 

Ciertas i)lantas ])re(lileetas cambiaron la 
dirección de su i)ensaniiento, y se ]hiso ú 
examinarlas nna i)<)r una. 

Vai un i)eí|ueno inverná(*ulo había helé- 
chos y cés]»edes de escasas dimensiones. Te- 
nían por com])aneras r<»sas de la ('hiña, de 
anchas camimnulas color pur])úreo atercio- 
l)elado y un elepinte jnstih) con(*luído en 
l)enacho de ftli jaranas. Ijas violetas em])eza- 
ban á abrir, inicián(h)se las blancas i'omty 
estrellitas de nácar entre las matas de un 
verde sondnío. Los nar(h)s no se habían 
a^'ota(h), ostentándose muchos todavía apiña- 
dos al extremo de sus liseras que difundían 
denso aroma voluptuoso. 

Maíb^eselvas y jazmines del i)aís entrela- 
zados con amor(»so abandono, lanzaban hacia 
fuera sus ^nías cardadas de i)étal(»s, como 
])rodií>ando la envidiable esencia de sus má- 
gicos idilios. 

At }V\& de un timonero, las losas estaban 
sembradas de hojas de azahares, y en una 
maceta puesta junto á su tronco, un jazmín 



MINES 95 

(le los Alpes brindaba sus ramas color lila á 
los iiiseetos zumbones que habían desflora- 
do el árbol con insaciable deleite. 

Como dos de ellos volteasen veloces en 
redor de la cabeza de Kicardo, y lo viese el 
jardinero desde un rin(*ón, i)rorruuii)ió ri- 
sueño: 

— Xo los es])ante, seííor, que es de buena 
señal que los bi(*hos obscuros jiren delante 
de los ojos, y no xnquen. 

— ;, Porqué es así, Jerónimo? 

— Porque entonces no larj>an la liiel y po- 
nen la miel. 

— Turbia como el abejón es la c(msecuen- 
4'ia. ( 'On todo, no les liaré daño. 

— Es que hay muchas clases de es<»s bi- 
<*hos venenosos en el mundo, y más vale 
no hostij^arlos 

— Por ahí sí ve(» un poco clara la cosa. 
Peio flores y frutas, las más ricas, se han 
hecho i)ara ellos 

En esta idática familiar estaban cuando 
rej»Tesó Cirilo, quién c<nnuni(*ó á Kicardo que 
dentro de una hora vendría la tía Marcela, 
cuyo í>*ozo y címtento la habían lleva(h> 
i\ los extremos de besar á su sobrino 
i^n el pórti(*o mismo, á riesgo de una amo- 



ÍMi Al'KVKlX) DÍAZ 



ii(»stnci(>ii severa por h\ demasía en la 
ternura. 

Suerte era, sef^iiii (Mrilo, que no vio aque- 
llo niufiuiui hermana ó conversa. 

— Esta bien, — dijo Yaldemoros. (hiando lle- 
í»ue hazla pasar al escritorio, á donde yo 
vuelvo. 

Todo es(* lapso de tiempo, lo dedicó á es- 
(•ribir alfi"o que concentró su mayor atención 
en el i>a])el, como si en realidad lo que ha- 
vUi hubiese ]nu»sto en jue^o las fuerzas vi- 
vas de su es])íritu, y las ñbras de su sen- 
sibilidad míU'al. 

Leyó una y mas veces, á treguas, lo que 
hal)ía trazado y al lin pareció encontrarlo 
{{ su ^usto. 

Lue^'o esco<»ió una hoja de papel ñno con 
lijero tinte celeste, á (pie hizo un i)equerio 
mareen, y se ])uso á transcribir con letra 
muy clara su obra del momento. 

En esa tarea, ya casi concluida, le inte- 
rrumpió Cirilo para anunciarle la presencia 
de Marcela. 

— Que entre, — dijo Ricardo dejando la 
l)luma. 

La tía de (Jirilo era una viejecita ágil y 
des]>ierta, aseadla y ]mlcra, de modales sua- 



MINES 07 

ves y voz dulce de }»Tau in<*sura. Traía en 
la <'abeza una es])eeie de eófia muy blan<'a, 
vomo ünieo indieio de su earjio luoniíseuo, 
y en el send)lante pintada la satisfaeeión 
de que se sentía ])<)seída en aquella liora lia- 
ra ella de {iratísinia s()r])resa. 

Iii<'ardo le dio atable la mano, y la hizo 
sentar <*erea llenáiidola de ])alabras alenta- 
doras. 

— Ali, don Kieardo! Hacía mucho tiem])o 
(|ue no i)asaba yo ])or una alejaría tan gran- 
de, como ésta que me ha causado Cirih) al 
decirme que usted era gustoso de que vi- 
niera á servirh) en su casa Rs ventad^ 

eso? 

— Sí, Marcela, todo es <'ierto, y yo tendré 
placer en mejorar su condición, juies á sus 
afios las tarejvs diarias ])esan demasiado. 

— ^Le parece á usted? Verá seííor vnmo 
yo sola arrearlo su casa y dejo todo en su 
sitio en <*orto tiem])o.... Tenf»"o mucha ]uác- 
<'a. Y además sirvo ])ara la <*o<'ina; en el ccm- 
vento sueh) hacer alf»'unas ]>astas que gustan 
á todas... coso y bordo un ])oco.... 

— De todas sus habilidades estoy ente*nr- 
do; ])ero aquí no ])ondrá en jueji'o sino al- 
gunas, las más necesarias. 



os ACKA^EDO DÍAZ 

Autos, Marcela, debo serle iiniy ftanco: 
yo (leseo que usted me sirva en el eonvento. 

— ^Y, eóino sefior? 

El rostro de la conversa reveló un f>Ta!i 
asombro. 

— Le exidicaré. 

Voy á hablarle bajo promesa de absoluto 
secreto. 

— Olí, seré como una muerta! 

— Así lo espero, buena Marcela, y yo 
compensaré como es debido su abnepicióu. 
Para usted no habrá compromiso alguno si 
<*umple estrictamente con mis instrucciones; 
y si llef»ase á contraerlo pcn* cualquier <'ir- 
cunstancia no i)revista, yo estoy para sal- 
varla de las resjxmsabilidades, sean ellas 
cuales fueren. 

¿Está usted atenta? 

— Con todos mis sentidos. 

— Bien. En el m<masterio que usted sirve 
hay una i)ers()na que yo estimo mucho, y 
con quien por causas poderosas, anhelo co- 
municarme, aunque no obtenga corresixm- 
dencia. Mi interés por ahora, se limita á 
que ella me lea. 

Para esto, el medio , discreto sería la in*^ 
tervención de usted.... No se alarme Mar: 



MINES 99 



cela; será la amable iiitereeptora de don 
esi)íritus, sin dejar rastro de sus pasos; al- 
^o así <*oino una liada beneficia de los cuen- 
tos que entra y sale <le los aposentos en un 
rayo de luna. 

— ¿No me verán, entonces? — indagó la 
conversa cada vez más sorprendida. 

— No. Ni la verán, ni se hará usted ver, 
ejecutando mi mandato que es honesto, en 
horas a])ropiadas. 

— Estoy ansiosa ])or saber 

— A su tiempo. Nada tiene usted que ha- 
blar con la i)ersona aludida, y su misión se 
reducirá á colocar una pequeña hoja escrita 
X)or mí en el libro más ])redilecto de ora- 
ciímes, siempre que yo se lo recomiende. 

Naturalmente, nadie mejor informada que 
usted <le las costumbres del convento, y de 
las o})ortunidades propicias en que quedan 
solas las celdas. 

— Si, si, yo sé bien esas cosas! 

— Lo he supuesto, y veo no equivocarme. 

¿Le sería difícil, Marcela, ixmer mis con- 
fidencias escritas dentro de un misal cual- 
quiera, ó de un 

. — Pasionario? — le interrumpió la címversa 
brillándole los ojos. 



100 ACEVIUX) DIAZ 

— Esto es, aunque if»n(m» si en cada eel- 
ila lo hay. 

— Si, sefior, en todos está, ])oríiue es el 
libro de la liistoria de (Visto. 

— Mejíu-, si es el usual.... 

Se trata de una aniipi de la infancia, 
que nunca lie olvidado, y que ahora me 
consta quiere profesar. 

— ¿Es novicia? 

—Si. 

— Muy bella, de ojos ]mrdos muy grandes 
y cabellera neí»:i*af 

— Son sus señas. 

— Oh, ya sé! Es un án^el, señor, que mu- 
<'lias envidian y no lo confiesan. Se llama 
María Inés de Atares, es hija de españoles 
radicados aquí de anti^^uo, (pie la visitan 
siem])re.... Tiene su celda, claustro por me- 
<lio, sobre el jardín, enfrente mismo del 
<*antero que ella cultiva >ío juiede mirár- 
sele sin (piererla, ])orque todo es gracia y 
bondad en su ]>ers()na. Cuando dicen que 
na cié) ])iira el cieh», una, piensa, don Kicardo, 
qué aleares estarán los serafines. 

— (^ue no necesitan de estas alej»rías de 
la tierra, Marcela, i>or que ellas se hicieron 
solo para los hombres. 



Ml^KS 101 

Volviendo á lo que intereisa más ¿eóino 
hará usted i)ara <lesein])eriarse eii esta deli- 
<'ada dili^eiieia? 

Así iuteiTopida, la conversa se reeoiieeu- 
tró en sí niisina, y á ])oeo dijo con íirnieza 
y ealuia: 

— Como lie eom])rendido todo, deje señor 
á mi ear^o el eumi)lir bien con sus d(\seos. 
Ahora no podría deeir si mañana mismo se 

])resentaría una ocasión; i)ero yo veré 

<íuede tran(iuil() don Uicardo, ])or(iue estoy 
resuelta á inventar motivos si es forzoso, 
])or com])lacerlo al jué de la letra.... Si me 
descubren quedo perdiíhi, i)ero nada me im- 
])orta })or deber y gratitud á usted qiw es 
tan bueno conmip». 

— Para ampararla estoy yo sin reservas, 
-si tiene té en mí. 

— Una té (pie llena mi alma entera! 

Valdemoros se levantó y fué á ocu]mr la 
butaca en (pie se sentaba siempre i)ara es- 
<*ribir, co^ió callado la ])luma y i)uso final 
31 la copia. 

Doblada cuidadosamente aquellu jui^ina 
íntima, la colocó Vn nn sobre sin dirección, 
y pcmiéndolo (»n manos de Marcela, dijo: 

— Ketirará usted la cnbierta al dejiositar 



102 A(KVK1)() DIAZ 

la es(iuela entre aciuellas ])á^inas del i)asi(>- 
iiario (jiie le ]>arezeaii, ])()r iiidieios, ias más 
])referi(las. 

— Muy bien. 

— Trate de no ser observada i)or la snpe- 
riora en sns manejos, y no le importa que 
lo liapin las demás hermanas ó novieias; 
])nes éstas no tienen porqué abrigar dudas 
sobre nsted ni entrarse al foro de su coii- 
<'ieneia. 

— Sor Vieenta, (pie es la su])eriora, no nu^ 
dá temor; pnes eon ser nuiy rí0da en todo, 
liasta en alj>unas menudeneias, le ^usta la 
eomodidad, y no se cuida nmelio de visitar 
las eeldas. 

Pero, tiene una (•om])ariera que vino no st'*- 
de qué ])aís, á quien llaman sor Silencia - 
ria, ])or(pu^ no habla nunca, y apenas se It^ 
ve la cara ])or una endija de la «cíu'neta»,. 
y esta hermana se fija i)()r (h)S, y va des- 
pués con el cuento ó el chisme á la supe- 
riora, al extremo de que las ])enitencias se 
sucedan pr<mto como cuentas de rosario. 

--Est^i misnm sor Silenciaria, — arguyo lli- 
cardo c(m seriedad, — nada ])odrá i)robar con- 
tra usted. 

— Ah, no? 



MIIS'KS 10:5 

— Xo, desde que no liaya denunein. 

— Pero^ella? 

— Ellaf Aunque la siguiera en todos sus 
inoviniientos, sin usted saberlo, no la dela- 
tará minea — esté segura de lo que añrnH,>. 
Taiii])oeo revelará á nadie lo que ha oen- 
rrido en el seereto de sn eelda. 

— Me basta, don Kieardo. Seré fiel á quien 
de mí liaee tan gran confianza, y le daré 
noti<'ias de lo que sei)a desíle el i)riiner nio- 
iiiento. 

31areela, muy conmovida al expropiarse 
así, guardó el billete en el seno. 

Al des])e(Urse, agregó en tono de te sin- 
<*era: 

— Adiós, señor. Xo me ccnusidero ])eca do- 
ra si de algo llego á ser útil á la ventura 
<le dos ])ers()nas tan dignas de mi respeto. 

— De la dicha de la tercera en sus últi- 
mos anos, me encargaré yo, — dijo el joven. 

Cuando se retiré) la conversa henchi<la de 
reconocimiento y de es])eranzas, liicardo, 
"coino <lescargándose de un ])eso que hasta 
entonces liabía tolerado en su es])íritu im- 
buido en ideas superiores, dejó caer <*on 
lentitud estas ]m labras: 

¿Qué intención cobijaba Martín (iardelh^ 



104 A<'KVK1)() DÍAZ 

al insistir en liablarine de la novicia, á pe- 
sar <le mi duro sileneio* A<*aso ]n"o])oreioriarse 
armas para la insidia y la <*ahimnia. 

Ks hombre de zala¿»ar(bi. I)es(U^ hoy h> 
llamaré Martín Ventieello. 

IX 
Nazareno ideal 

Tres días des]>ués, un (h)min^o i)or la 
mañana, la }>rofesora de pintura soi"])rendi<> 
a^Ta(biblemente á su diseípula en lijeros re- 
toípies del nazareno. 

La novi<'ia había oído misa temxmuio eii 
la eai>illa, y vuéltose á reanudar la tart»a 
<'on un entusiasmo nuevo, na<*ido aeaso del 
juicio bonda(h)So con que sor Vicenta a])re- 
ció su tela, así que ])U(b) examinarla co!i 
detención. 

Lo que más la consolaba, era que su sii- 
])eriora no hubiese hallado en el semblanti^ 
del nulrtir ningún ras<»'o ó detalle profano 
que mereci(*se inmediata enmienda. No le 
había dicho que eliminase nada, y esto era 
muí'ho. 

Por su ])arte, la señora Georf>ia miró un 



MIM'>5 105 

l)iieu rato el trabaio sin ]m>iumciar ])ala- 
bra. 

Despiióís fijó sus ojos inteligentes en la 
Joven con una sonrisa de satisfacción t>ien 
marcada, di<'iéndole: 

— Mines, nsted hace ])ro^Tesos cada día 
más notables. Esa cabeza estí'i muy bien mo- 
4kdada; ])ero el conjunto más que ex])resión 
<loliente completa, tiene un sello de altivez 
(lue en cierto modo anula la humildad del Cris- 
to. Esa mirada tan abierta y elocuente i\\w 
usted le ha ])uesto, revela sí, jmsión muy 
honda; ])ero convencb-emos en qiu^ más in- 
tensiihid (U^ sufrimiento le venihía mejor en 
•el reñejo. ^No le ])arece á usted lo mismo?... 

— Sí, señora, — res])on(bó la novicia un 
]>oco emocionaibi; — todo lo que usted advierte 
lo reconozco, y retocan(h> estaba, cuan(h> us- 
ted ha veni(h) á correar mis yerros. 

— Ah, estaba en eso? Entonces confirmo 
la o])inión tan ventajosa í|ue ten^o ch» mi 
linda discípula.... 

Venida usted i)ara acá! — a¿;re^ó, entrela- 
zando su brazo con el de ella; — venpi, y 
<lecláreme von su inj»enuidad encantachua si 
^'se nazareno era el (pie tenía en su cabeci- 
ta sona<h>ra y no ])0(b'a traslachir á la tela... 



l(Mi A('KVK1)() DÍAZ 



Íj'A emocióu <le Mines subió de jmuto, y 
se ])iis() nerviosa. 

— PreeisiiHiente esa.... no era, maestra. 
l*ero, se le aeerea inuelio.... Yo no lie podi- 
do liaeerla eomo la lie inia¿»inado.... 

— Ya.... í^na cosa es idear, y otra qne la 
mano obedezca con fidelidad; jmrqne algo 
nubla a veces la vista, y á veees también 
el <*orazón toma ])arte, andando más á prisa 
de lo necesario. 

— Oh! cuando ]>intaba pensaba solo en 
él.'... 

— Sí.... en él naturalmente. 

— Para reproducirlo lo meior i>osible, con 
todas las ])ertécciones, como merece el más 
adorado.... 

— Pues, el más adorado! — corroboró la se- 
niora (xeor^ia, sin apartar la vista del lien- 
zo, cual si en él buscase el secreto que lo 
ins])iró, antes que en las explicaciones de h\ 
autora. 

— Y no he podido, como usted vé.... á 
])esar de un empeño,... 

— Si está insu])erable, con todos sus de- 
fectos, mal que pese á su modestia! Es una 
tela hermosa, de un colorido lleno de vigor 
y sentimiento.... y hasta estoy por aconse- 



MI>KS 107 

Jíiile que no la retoque ni en nn cabello, 
pues en sn atan de ])intarla demasiado á lo 
vivo tal vez la ])erjndiease,... 

— ; Entonces, así qneda? — ])re^iintó Mines 
trémula de ansiedad. 

— Sí, no hay que uiodifiearla, — si^nió la 
maestra un tanto pensativa; — dejemos el mo- 
delo eomo salió de sn ensneno artístico.... ¿Us- 
ted no vio nada, Mines, en la calle ó en el 
tem])lo qne se aseuieje á ese busto en los 
perfiles, en algunos detalles fisionómicos, en 
el torso ó en la barba? 

— Si al^-o vi en la iglesia no tengo uie- 
UKU-ia, — balbuceó la novicia encendida p(n- 
el rubor; — ni Imbiera i)odido tauípoco rete- 
ner nada (pie valiese la i)ena.... 

— Es (pie eso le daría mjís realce, de luodo 
<pie mi suposición liace justicia á sn talento. 

De cualquier modo, la obra es un honor 
para la ])intora y ornanl como ])ocas la ca- 
lilla. 

Ademas, es nn orgullo para mí.... 

Mim^s se arrojó en siis brazos, confun- 
<lida, sin dejarla terminar, ])orípie le cubrió 
los labios con sn luejilla de rosa, en t\se ins- 
tante llena de fuego, casi febril, (pie la uiaes- 
tra besó con efusión. 



lOH A(^KVK1)<) DÍAZ 



PíiHJvdo este trans])ort(s h\ ])rofesora coii- 
tiiiuó, sin disimular su <M)ntent(>: 

— Lo (liclio (pieda, la tela está eonsagrada. 
Lo (lenuls es sim])le Juieio <le aiueeiaeión y 
(*ouieutario. Kii este ^^éiiero de i)intnra, es 
preeiso salirse un ])oeo de lo muy trillad<v 
y vulícar. Sus juneeladas tienen nmeho de 
cerúleo, ])ero taml)i^»n <le real, de humano. 
¡(íw nos ofte<'en en el sacriñeio de la misaf 
(-arne y sanare. 

Sauí^n» y carne lia ])urpurreado usted alií^ 
y de qué manera!... No se comiírendería lo 
divino mismo, sin ])<uier alf^fo de vida, de 
calíu- del mundo.... al menos, de aquello que 
nos lia seducido más con razón ó sin ella 
;no es cierto? 

Siéiulonos Dios desconocido, nos hemos 
a]HMlerado de la en<'arnación en su hijo^ 
jiara adornarlo <'on todos los i)rimores de 
la l)elleza. 

V ¿qué hacer entón<'es? 

Buscar un modelo.... Escocer <le lo que es^ 
hermoso ])or naturaleza, los tipos más per- 
fe<*tos; y entre los ])erfect()s el que nos i)a. 
rece más adorable ¿venlad que síf... 

Así hablando dulcemente, en tanto aca- 
riciaba entre las suyas una mano de la no- 



MINES 109 

vi<ia, la maestra tenía la vista clavada en sus 
jHipilas, eiial si anhelara leer en los recón- 
ditos de su alma virgen, el proemio de un 
poema inefable. 

Mines apoyó el rostro en el hombro de su 
interloeutora, y diio von la suavidad de un 
hálito: 

— Yo no sé.... 

Sií»:uióse una i>ausa. 

l*or la ventana abierta entraba sonoro y 
vibrante el tañido de las <am]>anas, que lla- 
maban á misa de las diez, unido á los ecos 
del salmo laúdate domine tu i ti ftanetis ejuH^ 
eanta<lo en el claustro o])uesto ]>or un ^ru- 
])o de novi<'ias fervorosas. 

Aquellos sones y coros desvianm á la 
maestra y dis<*í])ula de sus temas del momen- 
to, ])ues la i>rimera dijo: 

— Cumplidos mis deberes c(m usted, voy á 
oir esta misa. Traía ese plan. 

— Si usted me acepta, la acom})anaré. 

— Con mucho ^usto. 

— Oiré dos, y ésta á su lado. 

— Y yo me iré después con una doble im- 
presión agradable, la que he senti<lo al con- 
templar su nazareno y la que usted me va 
SI |>roporci(mar cuando recemos juntas. 



lio A(^EVE1)() DÍAZ 

Mines le <m>$»íó la nmno a<»Tii(leí*i(Ui, y se 
eucíiiniíió con ella i\ la capilla, no muy a]>ar- 
tada (le allí. 

IVnetraron jm)!* una puerta lateral, y como 
la í'oneurreneia era numerosa, resolvieron 
eoloearse un poeo atrás, en <los i)equefios 
espacios <{ue habían ({uedado libres junto á 
la ])are(l. 

Al abrir su libro, la sefiora (ieor^ia por 
anticua costumbre ]>aseó una mirada s(d)re 
los circunstantes más ]>róximos; i)ero, ]>or 
rá])i(bi que ella fuese, no la ]>rivó de notar 
allí <*erca la ])resen<'ia de un joven de as])e<'- 
to j»Tave, a])oyado en una <'olumna, que i>a- 
recía atento á las fórmulas <Ud servicio di- 
vino. 

La ]u-ofesora ex])erimentó una sensación de 
sor]uesa, no fácilmente re]nimida; ])ues cre- 
yó ver en aquel caballero, (pie lo era y bien 
bizarro, los contornos y facciones que había 
modelado el ])incel de la novicia. 

Na(hi dijo, y se consagró á sus (U'acionevS. 

Otra visual veh)z le había basta(h> para 
observar que su im])rovisada c(mipanera es- 
taba absorbida en h>s rue^^os mentales. 

Mantúvose en ai)ariencia <Mmcentrada al- 
gunos minutos en la lectura esi)iritual; y 



MINES 111 

luef>(), al abandonar la posicdón de rodillas 
liara sentarse en el ])avimento, juzgó propi- 
cio el instante á una nueva observación 
fugaz .... 

Los ojos del joven estaban fijos en Mines; 
unos ojos ]m)fundos y sombríos, llenos de 
extraños reflejos. 

¡Oh! ¡Eran los de la tela! 

Esta creencia i)esó en el ánimo de la maes- 
tra, al ]>unto de que confusa ella misma, no 
leyó la oración de la página á la vista; sino 
íjue maquinalmente, recitó para sí un sáfico- 
adónico que sabía de memoria, y se adaptaba 
á la impresión del momento. 

El final de su soliloquio, condensó en una 
ftase todas las sospechas: 

¡Dios mío! ¡p]s el comienzo del poema!. . . . 

Y volvióse, como alelada, hacia Mines. . . . 

Esta proseguía tranquila y absorta, sin 
indicio alguno de inquietud, como si nadie 
existiera á su alrededor. 

Estaba tan bella en su actitud de con- 
tri cción y humihlad, que para serlo más que 
muchas santas, solo le faltaba en torno de 
la (*abeza el nimbus de esplendores suaves 
con qne se simboliza la invocación de los 
graiules poetas. 



Iv^fo tv^ lo ijiií* til* i»1I:j j>fr*rp^> >u i>rntV**Him 
i»l ronri-fiiplíirhi. »*!i ineilio del priniuulo :iM»ni- 
lno íjiií* ♦Miil»jM-i:;ih;i su animo, y la híihiu 
alí^jíMlo jnn- ríHiipiern »1p l:t <MHH]niinion re- 

IÍUÍ"SJ|. 

ronrlimlíi Iji iiiisn. rW'A t*sj»f*i-o <|iie al levan- 
ra rse y >a I ir. su ilis-iiMila s+MÜera !a «üsn*a**rion 
<le mirar *mi romo, siijuiera fuese ¡n»r na tiiiTÜ 
ihipulv de mujer. 

V 1». no suee'lio asi. Aíine> etm.servo la 
\is a en e! suelo hasta V(>l\er a pÍHíU* el »le 
los elaustríís. 

Ku eamhio. la s4*Mora (ret>ricia iLoto al ee- 
ri-ar la puei'fa lateral. <|ue la del joven s<^.u:nia 
en sus menores movimienros a la rLoviida. 

Va en mirad de la í^alería. la nia^^stra s** 
detuvo, y dijo ;i .Mines íuas amante que 
otras N'eees: 

— íí;isra a'juí no m:is, mi queriíLi uiila. 
|)U«'s me r(^tii'o, para \olver muy proíito. 
í)iii«'ro dejar pasar unas horas, á tiiL «le ase- 
;:urarme en un se^^iindo examerL de sii pre- 
eiosa tela, de si he sido o no jiistieieru al 
estimarla como lo hiee. 

;Va usted hoy :i easa de sus i»ailivsí 

— Si. síMiora, eon S4)r Virerita. a- «piiéu 
e||o> ai)reriaii muí-ho. 



MINKS 11 'i 

— Que p>i*e usted con sus ^Tinides cariños, 
y re<'uér(leiíie. 

— Ali! ya sal)c cuanto la quieren. 

— Adiós. 

La ])n)í'esora la estrechó entre sus brazos 
<'on una velieniencia no habitual en ella. 

. — Hasta pronto, entonces? — i)rorrunii)ió 
Mines enternecida. 

— Sí, mi adoraihi, no tardaré en venir! 

La novicia la aconi])afió hasta la ])uerta 
de saliíhi al atrio, y la vio alejarse con i>ena. 



X 
La rosa negra 

Enipezabaii á descender las sombras de 
una noche fría, cuando sor Vicenta y Mines 
rej>resaron al convento. 

p]]i la casa ])aterna, ])ov la tarde, la joven 
habia rec<UTÍdo sola toíh)s los jsitios que fue- 
ron su encanto en otros anos, contrarian(h) 
el i)roi)ósito hasta entonces cumi)lido de solo 
verlos de lejos, i)ara no reavivar memorias 
que ai>artasen su espíritu de lo ])uramente 
religioso. 



112 a<m:vioi><> niAz 

Esto es lo (jue de elhí j^eití^ó su profesora 
al eoiiteniplarla, en medio del profundo asom- 
bro que eiubar^aba su ánimo, y la había 
alejado i)or eom])leto de la eomiuineión re- 
ligiosa. 

Concluida la misa, ella espera) i\iw al levan- 
tarse y salir, su discípula se diera la distraeeión 
de mirar en t<u*no, siípiiera fuese ])or natural 
imimlso de mujer. 

Poro, no sueedió así. Mines conservó la 
vista en el suelo hasta volver á ]usar el de 
los claustros. 

Kn cand)io, la señora (íeor;4:ia notó al ce- 
rrar la ])uerta lateral, ([ue la del Joven seguía 
en sus menores moviuiientos á la novicia. 

Ya en mitad de la íí»alería, la maestra se 
detuvo, y dijo á Mines más amante (pie 
otras veces: 

— Hasta at[uí no más, mi (punida niña, 
])ues me retiro, jíara volver muy ])r<mto. 
(^)ui(To dejar pasar unas horas, á fin de ase- 
íi'uraruie en un sejiundo examen de su i>re- 
ciosa tela, de si he sido ó no justiciera al 
estimarla como lo hice. 

¿Va usted hoy á casa de sus ])adres? 

— Sí, señora, con sor Vicenta, á (piién 
ellos ainecian mucho. 



MINKS li;j 

— Que ^oce usted con sus ^Tinides Ciirifios, 
y re<*uér<leiue. 

— Ali! ya sabe euaiito la quieren. 

— Adiós. 

La ])n)í*es<)ra la estrechó entre sus brazos 
i'on una velieiueiieia no habitual en ella. 

. — Hasta pronto, entonces'^ — incuTunipió 
Mines enternecida. 

— Sí, mi adorada, no tardaré en venir! 

La novicia h\ acompañó hasta la jmerta 
de saliíhi al atrio, y la vio alejarse con i)ena. 



X 
La rosa negra 

Em])ezaban á descender his sond)ras de 
una noche fría, cuaiuh) sor Vicenta y Mines 
regresaron al convento. 

En la casa ])aterna, ]H)r la tarde, la joven 
habia recorrido sohi todos los -sitios que fue- 
ron su encanto en otros afios, contrariamh) 
el ])ro])ósito hasta entonces cunqdido de solo 
verlos de lejos, ]>ara no reavivar meuiorias 
que apartasen su esi)íritu de lo i)uramente 
religioso. 



114 AcnOVEDO DÍAZ 

Esa vez había ])()(li(l<) más que ella un 
impulso que venía de lo íntimo de sus sen- 
timientos, y f»uiado ])or deeirlo así sus ])asos 
jíor luí^ares de sini]»áti(M)s recuerdos. 

Observó con ])esar, (jue ya algunos de ellos 
liabían eandjíado de as])ecto, y des])ojádose 
de la i)oesía que tuvieron en su infaneia, 
cuando ella era la reina querida de sus ])e- 
quefios com])a ñeros de juegos. 

El estanque, aquel estanque orlado de jun- 
quillos olorosos, en (*uyo plano turbio se com- 
]dacía en ver retratarse las estrellas, ya no 
existía. 

Allí se había hecho un ])equeno ])arque, 
con senderos enarenados y bancos de ]ñedra. 

Tam])oco se conservaba la glorieta de ma- 
dreselvas. La había reem])lazado un cenad<n* 
con cújmlas ramosas. 

lT]io de los ])araísos de la hamaca em])e- 
zaba á envejecer, y inostraba desde lejos su 
cabeza calva, y los grandes gajos emi)obre- 
cidos. Las dos únicas casuarinas, aparecían 
tui)idas desde la raíz ])or innumerables hiedras 
de hojas tersas y lucientes. 

Un aura nostálgica ])asó i)or el espíritu 
de Mines, en presencia de aquellas transfor- 
maciones; y era la misma que aíín la domi- 



MINES 115 

naba, á su vuelta á la celda^ en cuyos um- 
brales se detuvo sus])iran(lo. 

Entróse al íin, cerró la ])uerta y i)uso luz 

^,>uitóse el velo lentamente, se alisó el 
i'abello con la mano, y se sentó junto al 
iitril. 

Sobre el ])asionario había un rosario de 
i'uentas de hueso pulido, que ella había 
]mesto allí al salir. 

Co*»iólo e hizo ])asar algunas entre sus 
linos dedos, durante minutos. Lue^o lo sus- 
l)endió de la ])erilla de losa blanca de la 
<*abecera del lecho, que estaba inmediato; y 
enseguida, abrió el libro panl buscar el 
])as^ie de la vía crucis, motivo de su tela. 

El volumen, i)or acaso, se abrió ])or el 
medio, y allí se encontró co]i una hoja de 
im])el en cuatro idiej»'ues. 

Xo se acordaba Mines de haberlo ]mesto 
<*omo señal en su pasioimrio, que dis])(mía 
<le varias ^uías de seda p^anate. 

Su color celeste claro^ casi lila, no era 
tam])oco el del que ella solía hacer uso en 
la escritura. 

Sin ])oder reprimir un movimiento, efecto 
<le su natural sor])resa, la desdobló en el 
íicto, creyéndola en blanco, y fué más jirande 



IH) A(^EVE1)() DÍAZ 

aíiuellii ni verlo tMibierto de elepuites ca- 
ractenvs trazados ])or una mano firme y ex- 
perta. 

No tenía dirección, ni firma. 

Jios reflejos amarillentos de la bujía colo- 
cada á uh extremo del atril, bastaban para 
leer con facilidad aquellas letras bien ])erfi- 
ladas en líneas rectas, sin máculas ni en- 
miendas 

Al principio, Mines volvió á ])leí>'ar el papel^ 
y sintió miedo. 

Se levantó, recorrió la celda, examinó objet<> 
]>or objeto, y al enírentarse con el lienzo de 
])intura fue '])resa de un temblor sin darse 
cuenta del motivo. 

Solamente llef»:ó á pensar que los ojos del 
nazareno, en la semi-obs(*uridad, tenían en 
ese momento un brillo extraño, y que la 
observaban atentos en sn misma expresión 
dolorosa y triste. 

Tornó á sentarse un ])oco agitada. 

Aunque no se atrevía (i enterarse del con- 
tenido del i)apel, algo la atraía á extenderlo 
delante de su vista; y este deseo, al comien- 
zo vago, se hizo irresistible en cierto modo 
<*uando la excitación de su ánimo colmó la 
ansiedad. 



3IINÉS 117 



Xo le quemaba las manos. Al^o de magia 
debía tener porque la subyugaba en su mis- 
terio. 

iQuién lo había puesto allí! 

^Qué deeíaf 

La letra .... 

¡Oh, esa letra! 

Mines volvió a desdoblar muy despacio el 
billete, que tremulaba entre sus dedos á 
medWa que aere(*ían irrej^ulares los ritmos 
de su peeho; y al fin leyó, impelida por una 
sugestión invencible. 

Deeía la ]>ágina celeste: 

«Puedes leer tranquila estas líneas traza- 
das con latidos, porque ellas no han de ha- 
blarte otro idicuna que el que has a])rendido 
en tu léxico de castidad y ]mreza. 

Puedes leerlas sin in(*urrir en pecado, aun- 
que profanas te parezcan en símil con el 
píisionario de tus devociones. 

Están escritas en horas en que yo también 
me aislo (M muíalo, aunque no en arroba- 
miento místico, sino en rai>to mental de sen- 
timientos bien humanos y comprensibles. 

Sé quees ésto todo lo contrario de lo que an- 
helas y buscas con el goce contemplativo. Por 
eso, te suplico que me toleres y perdones. 



US ACKVEIK) DÍAZ 

Mi éxtasis, si (k* alí»uuo say (!a]>az, se 
ivficre á las delicias de otras i)asiones acen- 
dradas, sobre las eiiales han de velar tus 
ándeles mismos eon las alas extendidas, i)a- 
ra cobijar nobles misterios bajo su sombra 
bendita. 

J^a visión de la fama y del renombre, 
]>lepi sus remides y me incita, mientras 
estudio. Todo lo olvido. 

Mí'is de pronto, el corazón se rebela con 
«i'randes alientos y ensancha el i)echo. Siento 
([ue renacen los recuerdos más remotos. . . .Es 
(jue otra imagen se intercei)ta, y vuelve mi 
alma á su primer amor. 

Dura fiuerra, me aconseja la juimera con 
sonrisa irónica; dulce ]mz, murmura la se. 
<»iin(hi con mirada de clemencia! 

Flores raras no has de tener siemi)re en 
tus altares, fuera de la ]>asionaria mística 
y la violeta, amií»a inse])arable del crespón. 

Yo ten^o una rosa ne^ra sin ]>erfumes, 
])or(pie nació del dolor. 

Dicen que así debe ser la ilusión sin es- 
peranza. 

Tna majia me ha hecho creer que blanca, 
muy blanca como el azahar se volvería, y 
<*omo el azahar aronnula, si sobre ella cávese 



MINES llí) 

lina ligrima sola de las que vierte una vir- 
gen en la soledad del claustro .... Te la 
ofrezco huniildemente. 

Tengo también una «spirita», que en sueños 
siempre viene sin que yo la llame. 

Me visitó anoche. 

Estaba adorable con su vestido azul ma- 
rino y el velo celeste aprisionando su cabe- 
llera negra. Me dijo leve: no duermas en 
tanto te miren mis ojos, porque ruego jíor 
tí. Yo contesté: baja, que tengo para tu imagen 
un santuario i)eri)étuo. ^(Juál es? i)reguntó. 
Mi corazón. 

Y mi «spirita» pleg^ los ojosi)ardosy se fué... 

Es feliz el (pie vive de su fé pura, sin 
otra reserva que la de morir en paz. 

Pero, es más ftierte y admirable el que 
A iendo desconocida la suya, lucha siemi)re 
y lo sacrifíca todo, sin tener ])ara nada en 
cuenta lo que liabrá después de la muerte! 

Eres tú así?... 

Sondea un poco tu alma y verás que aún 
guardas, concentrada, y oculta para tí mis- 
ma, — una parte de esencia deli<*iosa que no 
es del (*ielo sino de este mundo. 

Cuan feliz de poseerla sería la rosa negra 
que te he brindado! 



120 ACHVKIH» DÍAZ 

Tu oras en símbolo, y en símbolo te ha- 
blo. Yo bien sé que me entenderás sin es- 
fuerzo, y (jue en tu j»Tandeza moral lias 
<le reservarte ])ara tí sola mi eonfideneiii, 
sin inquirir i)ara nada, <ual fué el luulo 
bueno (¡ue jniso entre las ht)jas de tu ]>a- 
sionario este sabno de vida y amor.» 

Coneluída la leetura, la jénen tnvo un 
s(d)resalto. 

Oprimió el billete eontra su seno, y miró 
á todos lados alarmada, eonu) si liubiese te- 
ñí id<» tpie la expiaran y se lo arrebatasen 
de las manos. 

En esa actitud j)ermaneeió lar«»*os ndnu- 
tos atenta al menor ruid(», turbada y anhe- 
lante. 

Aljio repuesta, leyé> se.i¡:unda vez, dete- 
niéndose en easa voeablo.... 

To(h» aíjuello la arraneaba <h* súbito de 
su esfera íle ensuefuís vajeos y difusos, de 
los íhubitos remotos en (jue volaba mental- 
mente en eada ]>lejí:aria, para eonfundirbí 
«le nuevo eon el terrenal anduente (pie nu- 
tre y alienta los a]»etitos <le la earne, ineii- 
ba ambieiones lübrieas y pone énlio letal en 
los corazones. 

Su tribulaeión fué aereeentándose ihu* si*- 



MINKS V2\ 

fundos; y lle^ó n aturdirse con los gritos 
extraños que venían del fondo de su alma. 

Arrojó el pai)el sobre el atril, corrió á la 
ventana y la abrió, buscando a<*aso en la 
frescura del aire un consuelo al ardor de su 
frente. 

No permaneció líiucho allí. 

Se ])uso á vaí»ar ])or la celda, ])arándose 
á veces, cual si quisiera (ur las ])al])itacio- 
nes de su seno. Sin darse cuenta de lo que 
hacía, cubrió con un ])ano la tela; cerró el 
]msionario y a])artó el atril; ]>ero, se aj)ode- 
ró nueva iií ente de la (*arta ])rofana, y la es- 
tnijó en un arrebato imjmlsivo. 

Despuéj^, ciuuo arreiientida, h\ ñié des- 
arrugando des])acio, a])lanándola con sus 
manecitas calientes, en tanto su es])íritu se- 
hundía en una cavilación luofuiula. 

La inqnesión había hecho su crisis, y Mi- 
nes enq)ezaba su memento; discurría sobre 
la actitud que debía ad(q)tar después de 
aquella extraña s(U])resa. 

Acercóse otra vez á la ventana con la 
vista en el cielo. No lucía una estrella. Re- 
saltaban uiás las tinieblas es])esas con el ])á- 
lido res]>landor que la bujía ])royectaba há- 
vm el jardm y el huerto. 



122 ACKVKDO DÍAZ 

Parecióle ^rntji juinclla obscuridad inmen- 
sa, iM)r(iue se sentó junto al alféizar, y allí 
se estuvo lar«io tieni])o inmóvil y abismada, 
eiud si ella sola vislumbrase una hiz salva- 
dora i\ través de los sondnios doseles de la 
silente noehe. 

Muy tarde, cerró la ventana sin ruido. 

Volvió á su asiento del atril, colocó de- 
lante el manuscrito sin dirección ni ñrma, 
hesitó un momento, y se puso de nuevo á 
leerlo con una ansia dolorosa. 

Mucho des])ués, la novicia se conservaba 
en calma, quieta von las dos manos en la 
frente. 

Se hubiera dicho que estaba su pensa- 
miento lejos del mnndo real, entregado en 
absoluto á una honda (nación. 

Acaso.... 

Pero, de ])ronto, deslizándose de entre sus 
<ledos una ^oU\ de llanto, cayó sobre el pa- 
]>el y formó con la tinta nna pequeña rosa 
nejira. 



MINÉkS lL^'i 



XI 
Ultimo retoque 

Como lo había prometido, la profesora de 
pintura se dirigió temi)raiio al eoiivento al 
si«»uiente día. 

8u joven diseí])ula había eoncluído por 
ins]>irarle un vivo interés. Ya no se trata- 
ba del simjde afecto háeia una nina llena 
de ])rimores. J^a novicia había ganado á sus 
ojos en ])ers()nalidad: entreveía en ella un 
ñno intelecto y una mujer de corazón. 

Sagaz y observadcna, la señora (Jeorgia 
estaba en ])osesión de lo que llamaba «el i)roe- 
mio de un poema secreto», y creía no en- 
gañarse al medir sus i)royecci<mes. 

Una mujer de corazón era para ella la 
que es capaz de sentir altas y nobles i)a- 
siones, de vencerlas en oportunidades, ó de 
culminarlas con la extrema abnegación y 
sacrifício, p<miéndoles hasta el sello de lo 
sublime ]>or impulso ])ropio de temperamen- 
to y por energía de carácter. 



124 A('!:vi:i)() DÍAZ 



J>}ij<) v\ aspecto dulce y apacible de aque- 
11a juventud llena de rasaos sobresalientes, 
había un tesoro inai)reciable de vida psíqui- 
<'a, y un ])oder de voluntad nada <M>níún. 

La discreción y el silencio de la joven 
ante <*iertas preguntas, sus du(bis, sus lie- 
í>itacioiu^s, sus reticencias, el dominio sobre 
sí misma ]>ara ocultar lo (pie en ri^or ocu- 
rría en sus centros nerviosos, todo quedaba 
exjdicado en la tela del maestro <le Xaza- 
reth. 

IVro ;,c< un prendía bien Mines estos feaió- 
menos de su es])íritu? Se daba exacta idea 
^le las influencias exteriores en su concep- 
ci<)]i artística? No habría ])rocedido de un 
mo(h) inconsciente al reproducir en el lierizc» 
una imáji'en (pie ella llevaba en su alma, sin 
saber (pie era sencillamente humana y (pie 
^ra su ensile fio? 

Si (ua A erdad (pie se había dado por en- 
tero á la i)asi(ui dÍAina, acariciaría enton- 
ces un ideal muerto, forjándose la ilusión 
de (pie viviría lo (pie su i)ro])ia vida. 

Esto ])u^naba con la realidad de las co- 
sas. 

Si era cierto (pie todo acaecía ])i>rque en 
<"] fondo de su ser al^'o liabía quedadlo de 



:sriNKS 125 

íHllieriílo á las cosas tenvuales, cutónccs, 
;(*óin() consentir que acinella naturaleza se- 
lecta se arrancase á las venturas del h(>f»ar 
y de la familia cuando su vocación inesen- 
tíiba una faz accesible á las emociones ])ro- 
fanas? 

Había necesidad de oponerse á la ccmsii- 
inación de un voto perpetuo, de propender 
á (pje esa sensibilidad exquisita no se este- 
rilizara en el claustro por exceso de ino- 
<*en<Ma ó de candor, de fe ó educa<'ión mal 
diri^da. 

Xo sería esto tacil; pero era bueno tentar 
la obra piadosa, ya que la más juna sim- 
patía, acrecentándose de pronto en presen- 
<*ia de hechos bien eh)cuentes, aunque invi- 
sibles i)ara t<Mlos,. arrastral)a á la nmestra 
al amor de aquella joven, para quien quería 
<*on anhelo un porvenir distinto al (pie le 
deparaba la profesión reli|>iosa. 

Singulares circunstancias la habían ]Miesto 
en el secreto de un extrafu» idilio de difí- 
<*il desarrollo y finalidad, pero de un inte- 
rés seductor, i{iw hacía más atrayente el 
destino de la virgen solitaria. 

La revehición le había venido de un con- 
'unto de accidentes, insigniñcante ]mra otros, 



12(í ACEVKDO DÍAZ 

y ])ara ella hilos de luz que eouverpjni al 
fondo de una celda disi])ando todas las som- 
bras y ])oiiiénd(de en trans])aieueia la incu- 
bación lenta de una ]msión acendrada den- 
tro de los mismos ^oces de la existencia cou- 
templativa. 

No era para ella un uíisterio tampoco el 
nond)re del joven que vio en la <'ai)illa re- 
costado á una ])ilastra; ])ues se había inte- 
resado nnudio en averiguarlo desde que se 
apartó del convento, y obtenido informes 
exactos que la llenaron de satisfacción. 

El caballero estaba a la altura del idenl 
sonado. 

;,l*o(hía ella abordar el tema sin alannaf 

Convenía no llevar ccmfusión al ánimo de 
hi novicia, envuelto en los cehyes místicos é 
incliiuido á los fervores con más intensidad 
(jue nunca, tal vez ])or(pie em])ezaba á sen- 
tir los efectos de una desviación involunta- 
ria y resistida. 

Si no acertaba con el medio de insi- 
nuarse hábilmente, corríase el riesgo de que 
la sensitiva ])leíi'ara sus hojas al memu* ro- 
ce, y una tribulación ])enosa fuese la con- 
secuencia del tanteo espiritual. 

Era jneciso identiftcarse (*on los afectos 



íntimos (le h\ (1íscÍ])u1m, y inn- estudiadas 
transiciones eondnciiia de pado en ^radíj 
al terreno de la <*onf1deiieia, siquiera ñiese 
ésta demediada, como la c(»nt*esión de ]nivi-. 
le^io. 

Tarea muy ardua parecía la de desofuscar; 
l)ero, en realidad, la evocación de la ])asi(>n 
contraria á la mística, ])odía sustituir en 
instante ])ropicio un ofuscamiento ])or otro, 
lo suficiente al menos i)ara avivar vx)n un 
so])lo la llama de un cariño entrañable, que 
sin duda la jóv^en ai)aíial)a von fírme tesón 
cada vez que renacía en el fondo de su ])e- 
cUo. 

Qué feliz sería ella, si lograba hallar i)ara 
su alumna ju'edilecta la fórmula de Laceria 
amada y venturosa! 

(^)n solo i)ensarlo sentía el jdacer de ma- 
dre, y se atribuía el poder de <*(msef>uirlo 
con un i)oco de tino y con muchas terne- 
zas. 

;()h! Al ñn tendría que abrirle su cora- 
zón y confesarle que latía imra muy irlan- 
dés y queridos amores! 

Y, resuelta á iniciar su cam])aña, ])ene- 
tró sonriente y ufana en el convento. 

Encontró á Mines en el huerto, junto á 



12S ACKVKIM) DÍAZ 

SU ranteio de violetas, reeoj^fieiulo flor ])()r 
flor con ]MiIeritii(l, de manera que los tallos 
resultasen siniétrieos y bien nutrido el ra- 
niíto. 

— Sabía que vendría, y era ]mra usted, 
maestra — dijo la novicia al <levolverle su 
saludo. He eseopdo las mejores. 

— (ira<iasl Pero, las que ya faltan, y \n\- 
diíhamos llamar jnimieias de la planta ¿se- 
rán ])ara la virgen? 

— Olí, siem]n'e las tiene! 

— De modo que soy la úniea desjmés? 

— Sí, la ])ret'erida.... Siem])re me aeuerdo 
qTte ñ usted te í>Trstan tfmto. 

— Son mi delicia. Dicen que fl^ores bellas 
como éstas recuerdan la primera juventud, 
y aún la niñez, y me es a^ra^lable ha(*er 
memoria de la mía, ya lejana.... La juven- 
tud es tan corta! Un año es uíucho en b» 
vi<la, y eso no lo c<miprenden los que es- 
tán en los albores todavía. 

— ¿Se 1 Hiede a])rovecliar de otro m<Mlo que 
en las ])rácticas de virtud?... 

— Nó, estas nunca se deben abandonar. 
l*ero, sin desatenderlas, cada uno bus<'a sus 
dichas, un poco eí»oístas si se quiere, ma* 
muy necesarias ])ara el ])ro])io contento.... 



— Ali, sí! — iiuirnuiró Mines suspirando. 
]\Ioj()r ])aiece ahorrar esas alearías en bien 
de otros. 

— Xo tanto, — re])uso la ])rofesora sonrien- 
do. Alguna eosa hay que reservarse para sí, 
aún para mantenerse fuerte eon un fin ])ia- 
doso; ]>ues muchas amarguras haeen negros 
los anos. 

La joven se quedó callada, mirándola con 
dulce melancolía. 

La señora (ieorgia notó desde el primer 
momento que su discípula estaba un i)oco 
marcdiita, con esa palidez pro])ia de quien ha 
sufrido insomnio ]U'olonga(h). 

Dos curvas sombrías rodeaban sus ojos 
])ardos, en tono armónico con el azabache 
de sus cejas y ])estailas luengas y vibrátiles; 
y en la exiuesión de su semblante todo, 
denunciábase bien claro que ella sabía lo 
que era estarse con el dolor á solas. 

— La juventud es leve, fugaz, — continuó 
la maestra; — y <'uando yo pienso que des- 
de edad tem])rana me dediqué con pasión 
á la i)intura, creyendo alcanzar siquiera fa- 
luíí ya que no fortuna, y que no lo he h^ 
j»Tado, estoy ])or convencerme que erré la 
vocación, é hice mal en no oír c<msejos. 



Í'M) AOEVKDO DÍAZ 

Y ííl pronunciarse así, la señora (leor^ia 
se reía de buena gana, mostrando una den- 
tadura todavía muy blanca y luciente, sin 
que su íífraciosa mueca formara arruí»:as en 
la tez bien conservada y tersa, en contrfis- 
te con una cabellera de nieve, que fué ru- 
bia dorada en su brillante mocedad. 

— Yo no acejíto eso de mi sabia maestra, 
— dijo Mines, — i)orque to<los los que la co- 
nocen solo tienen jmlabras para elogiar sus 
méritos. 

— ]>(mdades, hija, halagos de la amistad 

La experiencia, que es más sabia y viene tar- 
de, me habla á cada ])aso de hermosos tiem- 
pos perdidos, por amor al arte.... Ahora, no 
me queda más que seguir adelante con la 
profesión, sin esperanzas de triunfos. 

Cuando yo era joven, mi amada diseí- 
pula, tuve o]Mutunidades de ser feliz, con 
sólo c<mservar la pintura como una (listra<'- 
ción de lujo; ])ero, perdí á mi esi)oso en 
poco tiempo, y por respeto á su memoria 
para mí tan querida, me em])erié en ayu- 
darme á mí misma, desechando ofertas que 
hubieran lisonjeado la vanidad de otra nui- 
jer.... Me quedé sola, y los anos pasaron.... 

Así que me desoftisqué de mi pasión artís- 



MTNÉS l.n 

tiea, ya las primav eras liabían volado, y con 
ellas, los earitos y las aromas... La poesía con 
alas no revoloteaba en mi rededor, ni me 
lleí>:aban esquelas de esperanzas y prome- 
sas... 

La novieia se estremeció. 

— Usted no sabe nada de esas peqneñe- 
ees encantadoras, mi casta hermanita, qne 
con ser así tan insignificantes, en la jnven- 
tnd ardorosa se estiman nmclio, ])<nqne lle- 
nan toda el alma de rosas y de azahares... 
Pues! El mnndo se reduce h esas magias 
diminutas i)ara los que han nacido para 
juntarse y quererse.... Las estrellas solo bri- 
llan i)ara eUos.... Si en los jardines las ñores 
se abren ftescas y lozanas, es porque ellos 
se están amando; los pájaros les dedican sus 
himnos de alegría; y en cada rayo de sol 
les llega un recado de los ángeles de la 
g^uarda, que se están preparando para venir 
á cantar en coro en la noche blanca de las 
nupcias.... 

Después, en vísperas, cuando se duerme^ 
las hadas bajan con cada hilo plateado de 
luna y traen los dones para los novios en 
<*anastillivs de celajes, pero llenos de perfti- 
ines desconocidos á la tierra, por (pie son 



ÍM) ACEVKIK) DÍAZ 

Y ni pronunciarse así, la señora (ieorgia 
se reía de buena íí:ana, mostrando una den- 
tadura todavía muy blanca y luciente, sin 
que su jcraciosa mue(»a formara arruf^as en 
la tez bien conservada y tersa, en contras- 
te con una cabellera de nieve, que fué ru- 
bia dorada en su brillante mocedad. 

— Yo no acepto eso de mi sabia maestra, 
— dijo Mines, — i)orque tmlos los que la co- 
nocen solo tienen palabras para elo«:iar sus 
méritos. 

— r>(mdades, bija, halagos de la amistad.... 
La ex]>eriencia, que es más sabia y viene tar- 
de, me habla á cada paso de hermosos tieui- 
l)os perdidos, ])or amor al arte.... Ahora, no 
me queda más que seguir adelante con la 
profesión, sin esperanzas de triunfos. 

('uan(h) yo era joven, mi amada discí- 
jmla, tuve oi)ortunidades de ser feliz, con 
sólo conservar la i)intura como una distrac- 
ción de lujo; pero, perdí á mi esposo en 
])oco tiem])o, y por resi)eto á su memoria 
para mí tan querida, me empeñé en ayu- 
darme á mí misma, desechando ofertas que 
hubieran lisonjeado la vanidad de otra mu- 
jer.... ]Me quedé sola, y los años pasanm.... 

Así que me desofusqué de mi pasión artís- 



MINES l'M 

tica, ya las primaveras habían volado, y con 
ellas, los cantos y las aromas... La poesía con 
íílas no revoloteaba en mi rededor, ni me 
licitaban esquelas de esperanzas y prome- 
sas... 

La novicia se estremeció. 

— Usted no sabe nada de esas ])equene- 
ces encantadoras, mi casta hermanita, que 
eon ser así tan insignificantes, en la juven- 
tud ardorosa se estiman mucho, porque lle- 
nan toda el alma de rosas y de azahares... 
Pues! El mundo se reduce á esas magias 
diminutas i)ara los que han nacido para 
juntarse y quererse.... Las estrellas solo bri- 
llan para ellos.... Si en los jardines las fi(nes 
se abren ftescas y lozanas, es porque ellos 
se están amando; los pájaros les dedican sus 
liimnos de alegría; y en cada rayo de sol 
les llega un recado de los ángeles de la 
guarda, que se están preparando i)ara venir 
á cantar en coro en la noche blanca de las 
nupcias.... 

Des])ués, en vísperas, cuando se duerme^ 
las hadas bajan con cada hilo plateado de 
lima y traen los dones para los novios en 
(*anastilhvs de celajes, pero llenos de perfu- 
mes desconocidos á la tierra, por que son 



i;52 Aí^EVKDO DÍAZ 

esencia del paraíso donde vive el amor es]>i- 
ritual .... 

— Oh, mi querida iiiaestral — prorriiiuiíió 
Mines asondmida; — qué telas i)inta usted! 

— Las que perdí en mi juventud, i)or ofiis- 
<*ada, y que ahora vieja y sin ilusiones 
recuerdo de un modo va^o y deseolíuido. . . . 
No me resta más que la memoria así envuelta 
en un eendal de tristeza; pero es mi phu'er 
dulee, en medio del desencanto mismo, poi- 
que lo q\w pasó de adorable ])or el corazón 
enternecido, no se lo lleva la sanj»re íjue 
<TUza á raudos y á veces lo aliopí! 

Mines ]mso la mano en su seno, como si 
en el suyo hubiese sentido una ruda o]>re- 
sión. 

Sienque con ojo atento, la sefiora (leor- 
j>ia, se interrumi)ió, inejiuntando solícita: 

— ¿Qiu' i)asa á usted? 

— Oh, nada! .... Estoy al^"o nerviosa, y 
suelo sentir algunas palpitaciones (pie se van 
l)ronto. 

— Yo soy una indiscreta ... .A<*aso mis 
ex])ansiones pueriles sobre cosas de antaño... 

— De nin^iún modo. ¿No dije á usted (jiie 
era muy sabia ]»intora?.... Todo eso es heclii- 
<'ero, y yo hi oi^o con admiración. 



MINES i;í:> 

Mines hacía esfuerzos por sonreír. 

Pero, la palidez había desapareeido, y sus 
mejillas niostiahan ^ruiútos de rosas dis- 
persas coiuo si su maestra se las hubiese 
diseñado eon un ]nneel luil^ieo. 

— IMen está, — observó ésta suave y afable. 
Xo hablemos más de eandoies y vauíos á 
examinar otra vez la tela, su ])re<'iosa obra 
(pu* ha de ser su oradlo y el mío. 

¿Xo le ha heeho ninjiún retoque? 

La joven reeu])erando de pronto su ealma^ 
<'0]itestó e<m tono ^rave: 

— Sí, y uno muy grande. 

— ¿Es posible, Mines? 

— Ay, uiaestra! Lo ha sido tanto, que im- 
ploro su perdón. ... 

— Desde ya lo otorj^'o, — rejmso la señora 
Georgia sor]uendida, ])ero ])enetrada en el 
aeto eon su vivacidad de i)ensamiento 
que la novieia se había puesto sobre sí y 
destruido la tela en una crisis de reacción. 

— Hoy, ai)énas entró el sol en la celda, 
bíUTé la ])intura. 

— ;,Y porqué? — interrogó la i)rofesora con 
alguna ansiedad. 

— Xo me i)are<*ió bien, al fin . . Le fal- 
taba al^o del que yo había ideado. 



i;U Aí^EVEDO DÍAZ 

— Ah! al^^o le faltaba 

— Sí, no estaba c'om])let(); y no ]Midien(l<^ 
darle á los ojos la expresión que yo quería... 
]>or qiu* el piueel se ])ouía rebelde, eomo 
(M'urre en alj»iinos easos, verdad maestra?.... 
]>referí deshaeer el trabajo. . . . 

— (Jué desastre inesperudo! Me apena. Pero,, 
no im]Mn*ta, desde que el modelo existe. 

— ; Existe? 

— Xo está en su mente? 

— En mi mente, sí. . . . 

— Entónees, von ima dosis grande de i>a- 
eieneia, y decidida voluntad, no hay más 
que volver á empezar. Esta vez saldrá per- 
ftM*tb! 

— Ali, no! Me considero tan inhábil que 
saldría peor. . .('reo (pie no es i)ara mis fuer- 
zas. 

— Sin embargo, es bueno probar. Mi opi- 
nión es que usted las tiene de sobra. 

— ;Xo me advirtió usted que mi nazareno 
tenía más altivez que dolor en el rostro, lo 
que yo reeono<»í al momento é intenté corre- 
ííir?.;.. 

— Muy cierto. Pero, también es verdad 
que desistí del retoque y i>edí á usted por 
ultimo que lo dejase como estaba. 



MINES líJa 



Eeiñto que no se La malogrado todo, desde 
Tjue la imagen se conserva ahí, como al co- 
mienzo. . . . 

— Mire usted que imrdos hermosos par^i 
mi virgen, — dijo Mines, — avanzándose hacia 
un bastón enhiesto que se contoneaba al soplo 
<le la brisa junto á un cordón de bejucos. 

— Mucho más por ser de los últimos, — res- 
l)ondió la profesora, siguiendo dócil el cambio 
<le pensamiento de la novicia y acompanán- 
^lola en todas sus vueltas y giros por el can- 
tero. 

Era ya evidente que su tentativa escollaba, 
y que convenía i)or el instante renunciar á 
la exploración minuciosa. 

La destrucción del lienzo la había des- 
orientado. 

Había que esi)erar. 

Una ayuda, un apoyo cualquiera, le habría 
venido muy bien en esta gestión delicada. 

I Dónde encontrarh >? 

Contra todas sus previsiones, la novicia 
liabía hecho examen de conciencia reaccio- 
iiaiuh) enérgicamente y dádose cuenta clara 
<le lo que en realidad le ocurría, presintiendo 
los efectos de un ])eligro grave. 

Pero ¡n qué causa inmediata ú ocasional se 



\:U\ Aí'EYEDO DÍAZ 

<l«*l)ía esta actitud severa <*()iisi^<) misma, que 
no ])areeía dejo amargo de un dese]i<»afi(), 
sino esfuerzo voluntario liáeia una cruel peni- 
tencia? 

Si la seilora (ieor^ia hubiese sabido lo 
íiue .Mines lialló entre las i)á^inas de su 
])asionario. . . . 

l^iioiante de ello, tenía que estarse á sus 
datos ])recarios y á sus solos impídsos gene- 
rosos, que la alentaban de veras á no desma- 
yar en la emi>resa ardua de (uientar senti- 
mientos en un c<u*azón viríj»inal. 

Como ya avanzara la mañana, maestra y 
discípula volvieron á los claustros: y, una 
vez en la celda, i)ndo aquella verificar que 
la tela no era en realidad más qu.e un fondo 
obscuro. 

— Lástima í>rande! — exclamó al despeilirse, 
señalando el lienzo. Nunca había pintado 
usted cosa más expresiva. 

Pero, llevo un c<msuelo. 

— ^Será así? — preguntó la novicia medita- 
bunda. 

— Como usted lo oye. En los f<mdos som- 
bríos de Eembrandt, siempre hay, sejiíín cier- 
tos críticos, alji'o de misterioso y fantástico 
que no se vé. 



111 



M1NÉ8 IM 

Y l»ieii, mi querida niña! Detrás de esa 
lanelia ne^ra que su i»ineel desi)iadad() lia 
hecho, está todavía, ])or que yo la Aeo, h\ 
herniosa eabeza que vse esfumó.... 

Y, sin darle tiempo á contestar, la maes- 
tra la besó y se fué corriendo. 

La lepi Marcela, le abrió con humildad la 
puerta que daba al atrio, diciendo con voz 
semejante á un soplo: 

— Si sui)iera señora qué triste se queda 
cuando usted se vá! 

1j6jo» estaba de i»ensar la maestra, que 
aquella vieja conA'ersa podía ser su mejor aliachi. 



XII 
Gota que colma 

Cuan(h) se vio sola. Mines cerró la i)uerta 
de su celda, casi de un modo maquinal; y 
siemjne i)reocui)ada, se sentó jnnto al atril. 

lieflejábase en sus facciones el estado de 
esi)íritu va^o y en ai)ariencia indiferente, de 
qnién sale de grandes crisis y no acierta á 
equilibrar su i)ensar y su sentir i)or abati- 
miento moral y físico. 

lias emociones habían sido i)rofundas! 



138 A(n^:VKl)0 DÍAZ 



Todo la inducía á un nuevo memento^ 
pero ¿sobre quéf Ella misma no lo sabía. 

Al borrar la tela, estaba segura de haber 
ocasionado un disgusto á su maestra; y ella, 
])or su parte, se confesaba causante de su 
l)ropio suft imiento: del que se había impuesto- 
l)or un escrúpulo tal vez desnuMlido y fría- 
mente cruel. 

Llegó un momento en que se dijo: Dios 
mío! ¿qué pasa en mi alma'? 

Se i^rosternó ante la imagen de la virgen, 
y oró largo rato. 

Más c(mf(n*tada, tornó á su asiento, rodeó 
el pasiímario con los brazos, posó en él la 
frente y se estuA o así por tiempo indefinido. 

Llegada la hora del almuerzo, y como no 
compare(*iera al llamado, vino sor Vicenta eii 
su busca. 

— Xo, hermana sui)eriora, — dijo Mines, — 
hoy no iré á la mesa. El que necesita ali- 
niento es mi esi)íritu. 

La religiosa púsole la mano sobre su ca- 
beza, y se alejó. 

La novicia recayó en su austero recogi- 
miento. 

A intervalos^ plegaba las manos, sin que se 
oyese una queja, ni aún su leve respiración. 



MINES l'M) 

Liieí»()y se sucedió una extrema quietud. 
Aijuello no era sueño, ni ensueño. Quizás, 
arrobamiento; el rai)to mental á que ella 
asj)iraba sienque en sus eonflietos dolo- 
rosos, y la reintegraban en su te y sus 
energías. 

(/uando levantó al ñu la cabeza, tenía la 
mirada tija, muy fija, en algo solo i)ara ella 
visible; ])ero una serenidad eonq)leta se es])ar- 
eía en su semblante á nu)do de baño de luz 
suave en un lampo de nieve. 

Estreehó más ccrntra su seno el pasiona- 
rio, en un arrebato de gozo, (*omo si él le 
hubiese ])roi)oreionado la calma que no es- 
peraba horas antes, cuando se sentía bajo 
•i.d i)eso de Inmdas va (elaciones. 

(Jué cambiantes adorables tenía la i)asión 
•divina! 

Sometía á i)rueba las almas, y así que es- 
taban á ]mnto de desfallecer, venía en su 
socorro, y las hacía resurgir enteras con el 
.solo milagro de (*reer. . . . 

Las inq)resioues del mundo se borraban 
«<le súbito, sin dejar huella: solo quedaban 
fuerzas i)ara seguir levantándose hasta Dios, 
•eii cuyo amor infinito debía refundirse la mí- 
^i.*ra esencia humana. 



140 AíKVElK) DÍAZ 

Venerado pa sumario ! 

El tenía exehisivaniente el ])rivile|íio de 
aliviarla en sns ])enas, en eada ])ágina y en 
eada oración, porqne resnmía las esi)eranzas 
fundadas y las verdades eternas. Oh! Era la 
fuente de los desi<»nios sus])irados y de las 
venturas (jue no tenían nombre en la tierra, 
tan i)equefia é inii)laeal)le eon los mismos 
seres que se eomi>laeía en eriar de su limo, 
])ara exterminarlos después eon mil flaj^elos 
y ealamidades. 

La palabra bendita se leía en eada lioja, y 
convertía al más perverso. 

¿Porqué, sino, llegó esa palabra al alma 
de la samaritana y la redimió, euando ella 
no quería oiría, y nnls bien la odiaban 

;01i, que bello pasaje! 

Así diseurriendo, la novitda abrió el librea 
llena de uneión, ])asand() de una mano á 
otra las páginas eon gran ]mleritud, en busca 
del episodio del valle de ISiquem. 

Fácil le fué dar con él, porque Labia allí 
una esquela doblada, de color celeste casi 
lila, semejante á la ])rimera que encontró, y 
(pie tanta turbación trajo á su ánimo. 

Mines retiró las manos con presteza, y st^ 
(juedó en suspenso. 



MTNÉS 141 

Toda la ealina de que disfrutaba desapa- 
reció de golpe. 

Atónita, miró al lienzo. 

Lo que su maestra le había dielio al re- 
tirarse, se le representó bien á lo vivo. 

En el fondo obscuro, sin lineamientos ni 
])erfíles, parecía resurgir más severa y fasci- 
nante la cabeza que ella había borrado. 

Y, bien! Pues que (*onservaba muy oculta 
la ]>rimera cjirta anónima que recibió, jor- 
que le faltó coraje para destruirla, no había 
razón para negarse á la lectura de esta otra, 
desde que ella se consideraba con fuerzas 
})ara resistir y vencer á las tentaciones ma- 
yores. 

Por otra parte, la ocasión le ofrecía campo 
l)ara ponerse de nuevo á prueba y salvar in- 
cólume el tesoro de su conciencia. 

8in salir, no obstante, de su asombro, abrió 
la esquela, que decía así: 

« Será por un efecto de telepatía; pero yo 
sé que anoche has soñado, y que luego has 
orado con fervor. 

Lo que sonaste, ha repercutido en mi pecho 
como un eco lejano de armonio que trae to- 
davía en su sonoridad el suave tend)lor de 
tus dedos. 



142 Aí'EA'KDO DÍAZ 

Me imvece (pie tn áii^el de la guarda lia 
eiKojiílo sus alas, y te e()utein])la arrobado, 
])orque vé volverte á la vida real eiiando 
estás dorniiíla; á la vida <lel seiitiuiiento Ini- 
inano que tú tienes en i)eniteneia austera en 
lina eelda de tn corazón, y qne en la silente 
noche, mientras descansas, escapa <le esa celda 
l)ara decir á tn alma religiosa qne él no es la 
<'nll)a, qne él no es el ])ecado; qne él es la 
]nira esencia de tn ser mismo, y qne eres 
<'rnel al sacriti(*arlo. 

Lo qne oraste, llegó á mi oído como nna 
voz de arrej)entimiento ])or nna falta qne no 
has cometido; jmes qne siendo casta como 
\in rayo de Inna, tn sneño de rosa fné la 
mejor idegaria qne alzar imdiera tn alma de 
rodillas. 

Y me he ])regnntado ¿i)orqné aborrécenos 
<lesi)ierta, lo qne dormida tn alma acaricia ? 

Contra tu imqña volnntad, en la hora ca- 
llada, el anhelo brota del seno de los marti- 
rios qne le impones; y en vez de morir al 
renacer, te conmneve inefable, y te invita al 
<*ármen (h)nde la ley de Dios se (*nmple. 

Sé qne el ideal tiene tand)ién sns lágrimas. 

Crees snfrir mncho, no tienes hora lija de 
rei>oso, y te has imimesto la tarea de ver- 



MINES 14:> 



terlas sobre el gran dolor anónimo; el gTan 
dolor de los que no esperan ni agradecen, 
en definitiva, por aquello de que la gratitud 
solo es «una emoción de los débiles». Santa 
abnegación! En cambio^ yo pienso que esta- 
rías más cerca de la gracia absoluta si deja- 
ras libertad á tus impulsos^ y advirtieses 
que hay (piien espera^ y te sería proftm- 
damente grato^ al labrar tu proi)ia dicha 
terrena.» 

Xo contenía más el pequeño pliego. 

Mines lo dobló lentamente^ y volvió á co- 
locarlo en el sitio en que lo había hallado^ 
cerrando el libro. 

Ya no se sintió c(m gusto para releer el 
])asaje del valle de Siquem; y levantándose^ 
anduvo á i)asos cortos por la celda^ rígida^ 
(*omo aterida^ sin crispaciones ni abisma- 
mientos. 

Parecía estar en perfecto dominio de sí 
misma^ aunque fría^ cavik)sa^ severa^ cual si 
estuviese sepultando en los recónditos de su 
l>echo una memoria terca^ ó una ilusión tenaz^ 
l)ues todo inducía á leer en su rostro algún 
memento me i deus en soliloquio de inmensa 
amargura. 

Transcurrieron las horas. 



144 Aí^KVKDO DÍAZ 

Caía la tarde^ cuando ella se arrendó el 
velo (le modo que sus faeeiones quedasen 
<*asi oeultas; retiró la esquela del ])asionario^ 
guardándola en una ])equena arca donde es- 
taba ya la i)riinera^ y le eehó llave. 

En esta diligeneia se mantuvo fluetuante 
alalinos minutos. . . . 

I)esi)ués^ sin acercarse á nadle^ c(m la vista 
en el suelo^ cruzó el claustro^ pasó al atrio, 
dio unos i)asos indecisa^ y al íin salió á la 
calle. 

Púsose á andar con rapidez^ sin fijarse en 
los que pasaban á su lado^ como una sonánr- 
bula. 

¿A dónde iba? 

Únicamente el ansia de respirar otro aire 
que el de la celda ^ podía explicar aquella 
deteruiinación. 

Pero^ en realidad, se imponía otra peni- 
tencia. 

Hizo muy largo trayecto^ y de ello llegó 
á advertirse cuando el cansancio la obligó ú 
moderar la marcha. 

En el fondo de la calle i)()r donde cami- 
naba^ alzábanse imi)onentes las dos torres <le 
una iglesia^ situada en grande eminencia. 

Allí descansaría y renovaría sus oraciones. 



?.I1XÉ8 145 

f Junto á una plaznela de pocos árboles^ 
sitio piedilerto de traA'iesos bullieiosos^ un 
organillo hacía oír en tori)es eonii)ases la ro- 
ma uza E luce van le stcllc de Tosca. 

Eli la esquiua cercana^ un transeúnte se 
detuvo de siilúto^ y la uiiró con profunda 
atención. 

Mines pasó sieiujue couu) una sonámbula^ 
con las uiauos juntas y seuii-])le^'ados los i)ár- 
l)ados. 

Por rara coincidencia^ uiuclio antes que 
llepira al i)órtico del teuiido^ ya estaba en él 
el hombre uietido en carnes, alto y macizo, 
que otras veces tuviera cerca de sí orando. 

Cuando este devoto sujeto iba á subir la 
escalinata, un meudií»o que había i)er(lido en 
la uiocedad uua pierna^ le alargó el brazo 
con el mugriento souibrero invertido^ pala- 
deando el nouibre de Dios. 

El hombre lo miró con aire frío y socarrón^ 
<liciéndole ási)era mente : 

— Perdone^ heruiano. Al hos])icio! 

Y siguió adelante. 

Minés^ agena á todo esto^ sintió contrarie- 
dad á la vista del ])ersonaje de los encuentros; 
y acortó el paso^ hasta que aquel se entró 
^n la iglesia. 



140 ACEVKIK) DÍAZ 



Fuese acercando despacio^ sin notar que 
álj^uien la seí»nía; luiso una moneda en la 
nnino d(»l menesteroso^ y salvó sin demora 
las gradas. 



XIII 

Las dos pasiones 

La easa de Kieardo «listaba muy pocf^ 
del tem])lo á que se había dirigido la luni- 
eia; y ese mismo día^ horas antes que ésta 
dejara el e(mvento, la lega Marcela se pre- 
sentó en ella para trasmitir sus novedades. 

(\msagra(h) á sus libros de estudio^ muy 
agradable fué a Yaldemoros dejar la lectura 
para atenderla^ y oir de sus labios impresio- 
nes i)ara su vida de sentimiento^ hasta en los 
mínimos detalles. 

La conversa le informó de un modo sus- 
cinto de sus procederes en la misión que 
se le había enc<miendado^ y de los me- 
dios de que se valiera i)ara depositar las 
cartas en el pasionario^ segiin lo proincio de 
las circunstancias. 



MINES 147 



Sil (íomhii'ta le satisfizo plenamente^ — 
hie^o (le interrogarla sobre la forma sigilosa 
empleada en el eometido. 

Los manejos no habían tenido traseenden- 
<*ia alguna en el eláustro. Ni siquiera sor Si- 
leneiaria^ con su ojo de corneja experimen- 
tado^ había visto nada que comprometiese el 
<lesemi)eño de hi tarea impuesta^ debido 
esto tal vez á la mesura y á la reserva en- 
€()miable observada por la novicia. 

Solamente, la lega había sospechado, pues 
no podía onecer i^ruebas, que se ejercía cier- 
ta vigihmcia sobre los actos de Mines, pero 
de manera que ella no percibiese que era 
objeto de tan asiduos cuidados. 

Por otros datos, más ó menos confusos, 
pero guiadores de hechos para él compren- 
sibles, como el de la ]>enitencia Aoluntaria, 
Kicar(h) llegó a abrigai' la esperanza de que 
4SUS cartas hubiesen sido leídas, lo que bas- 
taba á su projxSsito. 

Cuando la conversa se retiró, díjole com- 
ida cido: 

— P(n- ahora, dejaremos las cosas así. 

Creía haber hecho lo suficiente, y confiaba 
en el tiempo. 

En los pleitos del corazón era preferible 



I4S ACEVEIX) DÍAZ 

llegar liasta la pereiicióu de la instancia^ 
antes qiw al a])reinio, siendo el eontrario la 
])aslón niístiea, de snyo tenaz y á veees iii- 
veneible. 

El desofiiseaniiento, si sobrevenía, tenía 
que serlo á jurados, ]>()r reaeeiones (»asi in- 
sensibles y panlatinas. 

Pero, algún acto ])ers(mal snyo, en sentido 
<le eoiiij dementar el esfuerzo, llegaría á im- 
ponerse presentada la ocasión, sin herir es- 
en'ipnlos respetables. 

El era fuerte, sereno, reflexivo. Capaz de 
alentar grandes ideales por tem])eramento y 
vigor de intelecto, no le habían sosnzgado 
sin embargo, las gra(*ias de otras mnjeres, ni 
las incitaciones de la carne rósea y pal- 
pitante, qne á otros volvían fácilmente es- 
clavos de los apetitos sensnales. 

En tanto. Mines había formado con su 
solo recuerdo en torno de su vida retraída, 
casi huraña, un ambiente de calor y luz qiu^ 
doraba su aislamiento, tal como dora la cla- 
ridad de la mañana la espesura en que ocul- 
ta su nido el ave solitaria. 

Parecía convencido de que la resolución 
de la joven de entregarse por completo á la 
existencia conventual, había dado creces á 



MINES 149 



SU siini)atÍ5í, á sus vivas ansias y anhelos, 
cada (lía más vehementes en his horas del 
trabajo y del estudio, en el paseo, en la no- 
che, en el sueno, en la alegría y en el ])esar. 

Una cosa así debía ser en toda su latitud 
lo que se llauía pasión; quizás ésta venía de 
muy lejos, y se le había entrado en el pecho 
con los mismos átomos que nacían y vibra- 
ban en rededor de su cabeza y la de ella, 
cuando ya en la i)ubertad se vieron j^or 
última vez. 

La imáí»*en gentil de la niña vivía en su 
memoria, bañada de inocencia y de candor; 
y alternábase <*on la de la mujer ya des- 
envuelta y radiante de dones, que renunciaba 
al hechizo de su belleza en h()h)causto á una 
vocación austera é infecunda. 

Hasta entonces se había contentado (*on 
mirarla de lejos, sin que ella lo supiera, sin 
atreverse á abordar el peligro, casto, duro, pe- 
ro encelado y atento. 

De aliua superior para embridar sus impul- 
sos, desconfiaba empero que estos mordieran 
el freno de repente, como cuadriga ]n'oi)ensa 
al desboque. 

De ahí que se midiese en todos sus actos, 
y se esmerara en obtener por la dulzura y 



150 A< EVEIH) DÍAZ 

el cariuo, lo (pie la ló^iea severa no era 
eai»az <le eonse^nir en el eriterio de la mís- 
tica. 

Como varón <le alientos, reconocía que las 
es] nielas se <»anaban con la altivez; pero que 
era solo con la elocuencia suj estiva de las 
prístinas ])urezas, que se ganaban los cora- 
zones. 

;Cuán «listinto era esto al aíiin enfermizo 
<le las medias-almas que pululan en el va- 
lle, por el solo instinto de vivir; que buscan 
el a])eg'o de otro ser para descargar en sus 
hombros la mitad de sus dolores, y que en 
vez de i)ro])ender ú que en cada lágrima no 
se derrame una gota de veneno, aumentan 
el caudal de la degeneración y el infor- 
tunio! 

El consideraba en Mines la santidad, y de 
esa santidad quería ser dueño, para retri- 
buírsela con todo su jxxler de houibre íntegTO, 
sano y generoso. 

(Jreía en la junción ditícil de dos carac- 
teres opuestos, y en la di(*ha positÍA a por 
el nudo del resi)eto nuituo. 

Las religiosidades de hipocresía solo ten- 
dían á i)er vertir; y bajo este aspecto (*asi 
común, Martín Gardello se le antojaba un 



MINES 151 



histrión con hábitos bajo \a banderohi de 
Cristo resucitado, ó hi de un ente-colmillo 
bajo la del cordero i^ascual. 

Todo lo que le se<lucía la novicia en la 
liturgia, porque era en ella sincero y adora- 
ble, resultaba repulsivo en el falsario com- 
pañero de su niñez. 

Para Ricardo, en esto de cultos externos, 
las almas debían ir desprovistas de sus abri- 
gos de carne como los convidados del cuento 
lúgubre de Poe, al presentarse en el santuario. 

Así podrían estimarse de verdad las máculas 
y las nítidas limpiezas. 

Pensando hondo, sobre lo que más le ata- 
ñía de cerca, el joven no abrigaba gran fe 
en el éxito de sus pretensiones; pero, habría 
mérito de todos modos en luchar contra el 
propio desengaño aunque fuese aislándose 
como un Ayax en el i)eñón de la soberbia. 

Algo complicaba su situación i)resente é 
introducía conflicto en su esi)íritu, pues es- 
taba á punto de rendir sus pruebas finales . 

Por aquellos días corrían vientos aciagos. 
Se hablaba de guerra, y sentíase en el país 
la zozobra que i)recede á los dramas cruentos. 

El malestar general repercutía en el seno 
de los hogares; se esparcían fatídicos rumo- 



ir»l> ACKVEIM) DÍAZ 

res; y eiiijKV.abíi á n<>tíirs4^ iiu éxodo inuviííl 
(le oli'iiuMitos jutivos lií'uiíi hi ciiiii])})]!}) y el 
extniiijer(K 

L:i ]»o<ii iiniíiiiieióii en el tnitieo iii)]>riiiiúi 
ya i'i Montevideo un jisi)eeto de idnitimiento 
niny aeentuiulo, é inieiálnnise movimientos 
iinorniides de troi>as eon destino (i pnertos 
y ciudades del interior. 

El espectro de una India civil enconada 
infundía ])avores y vaticinábanse lardos días 
de dnelo, con sn cortejo de males acerbos, 
desolación y rnina. 

Yai caso de ]n*odncirse el hecho fatal, la 
corriente debía arrastrar al jiran número, 
tanto hacia nno como á otro campo; pues 
nadie estaba exento de carcas exij^ibles, ni 
libre de oblipiciones i)ara con sn credo y 
su bandera. 

La disiícrsión se efectuaba de una mane- 
ra lenta y ]n'o«>resiva, antes que se hubiese 
lanzado la voz de alarma. 

Las i)recauci(mes de qxw se hacía uso 
daban increnu^nto á la impiietud, y i>onían 
trastorno en tod(»s los ])lanes y cálcuh)s; sin 
que del efecto de tan ^rave i>erturbaci('m, se 
sustrajeran los proyectos mismos de la vida 
familiar. 



MINES li)^ 

Era natural esa coiiiiioción ante los preannn- 
cios del desastre, y cada uno se a|)resural)a 
í1 asejiurar sus intereses, eomo se amarran 
barcos ante los síntomas de tempestad inmi- 
nente. 

Ricardo tenía los suyos en la campana, 
donde el i)ampero de los odios arrasa todo 
iracundo; pero, snlvo algunas medidas elemen- 
tales de previsión, vivía él conforme y resig- 
nado sobre la suerte que corriesen, x>iií*s sabía 
bien que no eran eludibles los estrados que 
a]>orta una borrasca de sangre y fuej;o. 

VA uiismo ¿se vería libre de ella estando 
íl la conclusión de su carrera, y con planes 
legítiuios de felicidad futura? 

Xo. Lo x^robable sería que concurriese á 
la acción, por causas que tal vez hicieran 
c(nn])lejas, sucesos de otra índole, relacicma- 
dos con su existencia íntinuí y privada. 

La paz del corazón y el sosiego del hogar, 
que él había empezado á querer x)or entero, 
ante los j^aisajes fascinadores del sentiuiiento 
exaltado, bien podían disiparse de súbito, á 
un solo g'olx)e de contrastes ciegos y bru- 
tales. 

Pintonees, mayen* libertad quedaría á su 
acción ])ersonal x)}ua cum])lir con los deberes 



l."»4 Aí'KVElKí DÍAZ 



4le H(l4']»to, y encontrar léjiís bajo las alas 
<h* aquella iMurasea en vísiieras, el etinsnelo 
ilel olvido 

;l)el olvido* ¡Quién sjibel 8u tenijieramento 
eia demasiarlo inte*rral para no Aivir de la 
euHN'ión y la memoria. 

Lle;í:ó á ereer, al divapir así, que en su 
<'aso Sido olvidan los insanos ó los nnier- 

tOH. . . . 

Sin <lejar de se^oiir i>ensando en estas ó 
análopis eosas, projdas del momento de eri- 
sis, ]>uso fueí^o á un ei<ram>, tomó su som- 
brero y salió á la ealle parii disfrutar de su 
liabítual ])aseo. 

<'irilo, que estaba en la puerta, le dijo, i>ro- 
íiiraníb» rei»r¡mir su entusiasmo: 

— Señor, todo el mundo aseg:iua que hay re- 
volución. Hoy marchó un re«:imiento. . . . 

Kicardo ai)uró un poco el habano, y si¿»uió 
cídlado su camino. 

Caía el sol, la atmósfera estaba serena. 
Vai los viadores de ordinario iior aquel ba- 
rrio, que era i»oi)uloso, no se advertía nmyor 
aííitación que otras veces. 

Cruzaban carruajes en crecido número, al- 
jxunos con militares de categoría. 

(i nipos de pillitos alineados, realiza biui 



MINES 155 



iiiarelias y contramarchas marciales en la 
calle, aclamando nombres x)roi)ios a intervalos, 
como libélnlas que anunciaran una próxima 
tormenta. 

Ilicardo recorrió varias cuadras, hasta lic- 
itar á la plazuela donde un organillo ambu- 
lante tocaba una romanza de Puccini. 

Fué allí donde se atravesó la novicia, sin 
levantar la vista del suelo, (í(m el velo- 
muy caído sobre los ojos, y el andar firme 
y mesurado. 

Valdemoros la reconoció en el acto que 
reemprendía su paseo, y volvióse cim rapidez 
bajo la impresión de una profunda sori)resa. 

Mines no lo vio, en medio de su abstrai- 
miento. 

Ilicardo siguió en pos, á distancia, violen- 
tamente atraído i>or aquella aparición repen- 
tina, que él no soñaba en sus mismas diva- 
gaciones mentales. 

¡Sola! ¿Adonde irá? 

Las torres de desmedida altura que domi- 
naban grande extensión de la anchurosa 
calle, le indicaron i^ronto el derrotero fijo. 

A esa iglesia se dirigía sin duda por algfin 
eiercicio obligado. 

Continuó su marcha con lentitud, hasta 



l.Ki A( i:vi:d() diaz 

observar que la joven vacilaba á jkh'os me- 
tros (le la esealera de mármol, y eutóm*es se 
detuvo. 

Pero, la iiiterruix'ión fué muy breve. 

Clines dio la limosna al i)obre, y traspuso 
á^'il los eortos esealoiies de la entrada. 

¡Cruel eontradieción! se dijo Kieardo. 

Ella parece buscar todo su consuelo á cada 
paso en la pasión de lo divinoj y yo busco 
en el carino de la mujer toda mi ventura. 

;iLa extasiadora imi)erárá ya en absoluto 
sobre un corazón nacido i)ara el amor liumano, 
ó la virgen enamorada luclia contra la ein- 
4jriai>uez de los místicos ensueños? 



XIV 
Miserere. 

¥A atrio estaba desierto. 

No se veía cruzar i)ersona alguna en el 
interior de la iglesia, poco ccmcurrida siem- 
pre, después del Ángelus. 



MINES \,U 

Tan solo dos viejecillas cubiertas de me- 
rinos iiejiTos y arrodilladas en la nave del 
eentro, revolvían sus rosarios, ])ro funda men- 
te ((mtraídas á los rezos. 

Se destacaban en corvadura, enjutas, in- 
nuhiles en la semi-obscuridad del recinto, 
sofocando los accesos de tos ])ara no inte- 
rrunii)ir el curso de sus humildes idepirias. 

La novicia atravesó como una sombra le- 
ve la nave lateral izquierda, y fué á ])roster- 
narse ante un altar, que á esa liora a])énas 
alundmiba una lam])arilla de luz amarillenta. 

Pastaba delante de la virí»en del Carmen. 

('Uan bella le ])areció otra vez! 

Su rue<>-o fué modulado con unción, en 
voz. muy íiébil, como un suspin». 

Tero, este rue^o, no se parecía á otros 
que ella liabía alzado en li(»ras de tribula- 
ciones y dolores ajenos, con absoluto des- 
prendimiento de sí misnui. 

l^o: ya no era el ci'uiticf» interno del es- 
l>íritu en la oración por todos, ni el salmo 
vní^o y melancóli(*o que se eleva cada día en 
í'uiuplimiento de un simple deber reli¿»'ioso. 

Era algo que la abrumaba y la at1i{Ȓa; 
nl^'o semejante á un miserere triste; luui sú- 
l>lica intensa que brotaba del fondo de su 



158 A('EVK1)() DÍAZ 

conciencia, y llcpiba á sus bibios trémulos 
{\ modo (le i)ensiuniento que se desborda y 
se imjnnie, en el deseo extremo de expan- 
dirse, de comunicarse, de hallar el consuela 
que no le daba la confesión misum. 

Porqué nó, la ctmfesión? 

Ella respetaba el sacramento de la i)eni- 
tencia. 

Pero, cosa extraña! Demediaba la confe- 
sión en este trance, á su manera. 

En su súidica iba mezclado alj»'o i)erso- 
nalísimo, al^o profano, alji'o que era distin- 
to de la absorción del ser i)or el culto de 
lo divino, de que no ])odía deslipirse, que 
la distraía, la dominaba en las noches si- 
lenciosas, al ])unto de impulsarla á decir á 
la imagen callada, lo que no se sentía con 
ftierzas para decir al confesor. 

Al sacerdote! No. Ella creía, c(m alma de 
mujer, y lo creía de buena fé, que había 
secretos en lo íntimo de su x^^^*^^*^ Q^^^ ^^^" 
bían reservarse, ó UKnir allí, sin que nadie 
h)s sos])echase; y que si álf>uien i)odía co- 
nocerh>s, ai>oderarse de ellos, condenarlos ó 
absolverlos, ese ente su]>erior era exclusiva- 
mente albino de h)s que no viven en la tierra. 

Allí estaba de hinojos trente á su ídoh^ 



MINES 1 51) 

predilecto; debía oír su eonfídeneiii, i)orqiie 
era símbolo de bondad, easta, i)nra, que en- 
iiigaba lá^írimas y predecía venturas, que 
era toda i>iedad, caridad y clemencia. 

Sí, á ella le contaría uno ])or uno los 
conflictos de su joven vida, los tormentos 
<le su sentir, las hondas ansiedades de sus 
<lías de aislamiento, de sus días sombríos de 
penas y de sollozos ociútos, atenuados por 
la fe, i)ero siemi)re renacientes, á toda hora 
vivos y juinzantes, cuanto más ai)artado el 
-esi>íritu de las i)omi)as y placeres; y, así 
í^u ruego, sin ella i)ensarlo, tendía á resol- 
ver el problema de su destino, del que re- 
iíién parecía darse cuenta, cual si to<h) su 
¿sistema nervioso hubiese re(*ibido una sacu- 
^liila inesi)erada, y abiértose su pecho á una 
emoción nueva, durable, irresistible. 

Tenía la mirada húmeda, llena de brillo; 
teñidas de rosas las mejillas; el seno ondu- 
lante, los brazos caídos; y en sus rojos la- 
bios á cada ])alabra délnl ])arecían re]»ercutir 
los latidos ccm crueles interuiitencias, ccmio 
si el corazán se resistiera á entregar ])or 
■entero el tesoro de sus intimidades. 

;,Es ofender á Dios, ])ensar en otra cosa 
<]ne en élf 



HíO ACKVKIX) DÍAZ 



Aíjiií en el fondo, yo siento que nace una 
ternura terrena. Yo no sé si iHxlni más 
(|ue mi ])ol)ie voluntad. Si es eul])a, defién- 
deme virj»;Mi ad<»rada, dame fuerzas para 
vencer sus tentaciones! 

Al in'incipio (luise el olvido.... aún de 
aciuellas cosas que i)asaron cuando yo en\ 

niña aquellos (*ai)richos que solía tener 

cuando estaba á su lado, y me hacía cari- 
cias, caricias inocentes i)orque él era niño 
también.... 

Solo ansiaba venerarte á tí, á tí consa- 
j>:iar todo mi ])ensar y mi sentir la existen- 
cia entera, y i)u<le un poco no acordarme... 

Desimés, la soledad llena de encanto, no 

fué ya soledad Aireen del mayor dolor! 

Se fué ])oblando de recuerdos y de sombras 
blancas, que me hablaban en el misterio 
apenas dormía, que me llamaban tristes co- 
mo si yo no tuviera calor en la sanare iii 
latidos en el ])echo, como si hubiera muer- 
to sin des])edirme, sin decir un adiós á los 
seres que me amaron.... Y sufro, sufro ]><>r 
el mismo extremo de solo en tí buscar la 
salvación de mi alma, que yo no sé si est*V 
imra ó impenitente 

Después de orar en la mañana, se apode- 



ra (le laí un ]>ensainiento extraño^ tenaz, 
fascinador.... Xo podría explicarlo bien. Pe- 
ro, mi corazón se agita, y lloro.... 

Tomo el libro de rezos, y al fin de cada 
oración — consuelo que j)^^^^^ pasa! — ese 
l)ensamiento vuelve, cada vez uiás hermo- 
so Cómo me encanta entonces la luz del 

sol!... Y en la noche obscura, madre santa, 
cuando el rezar me alivia, busco el reposo, 
y no viene! Soy tu sierva, de tí me acuer- 
do en cada segundo, sui)lico tu amparo! El 
sueño huye de mis ojos; es otra cosa que 
sueño, lo que me hace suya; la noche se 

pone azul, muy azul y me imagino que 

(íantan un himno todos los que viven en la 
tierra!.... Si un sopor me invade, mi cabeza 
se aturde, se extravía; ])asan por ella vi- 
siones agenas á mi pasión, y en ese instan- 
te (?reo que me abandona hasta el ángel de 
la guarda!.... 

Si es mortal pecado, ven en mi ayuda.... 
no me dejes sola, tú que eres llena de gra- 
cia en los cielos, y yo tanto te adoro. Si 
no lo es, qué hacer virgen bendita? Yo va- 
cilo y tiemblo, tengo uiiedo! 

En estas incoherencias y otras análogas, 
en tierno balbuceo, i)asó la novicia largos 



H)2 AC'KVKDO DÍAZ 

mouientos, coiiu) si dielias en voz bajita y 
tono humilde, allí en la soledad y la som- 
bra, con unción snprema, esperase nna pa- 
labra de consejo ó de x>erdón. 

La lamparilla iba armonizando, y por jura- 
dos des])edía los vivos reflejos ])reeursores 
de la extinción. 

En nno de ellos, y cnando la joven tenía 
fljos sns ojos, como en éxtasis en la vir<>en, 
parecióle qne de los ])iés de esta imáí»:en se 
des])rendía i)oco á poco otra tenue, vaporo- 
sa, que vino quedito hasta ella y la rozó 
<*omo un hálito para desvanecerse en el ac- 
to en las tinieblas. 

Ante aquella aparición siibita y miste- 
riosa^ que creyó reconocer y se forjó reali- 
4lad, la novicia ahogó un grito de sorpresa, 
moduló luego ^\go indefinible, é inclinando 
4lel todo su cuer])o, posó la frente en las 
losas. 

Así inmóvil, yacente, creeríasele muerta, 
en uiedio de la calma y solemnidad del 
sitio. 

Transcurrieron minutos, sin que diera 
signos de vida. 

Algiín rui(h) se jn^odujo de prcmto en el 
templo. 



MINES 103 

Era motivado por la entrada de ima pe- 
queña (iomitiva que se dirigía al bautiste- 
rio. 

Ai)énas hubo i)asado, la novicia se agitó 
siuivemente, y fué reincorporándose con len- 
titud, primero sobre los codos, después 
con las manos, hasta afirmarse de nuevo 
en las rodillas. 

En esa posición se mantuvo entre tem- 
blores. 

Estaba muy ])alida ahora, con los ojos 
bien abiertos. Una expresión de asombro 
cnibría sus facciones demudadas. 

La virgen i)arecía envolverla toda con 
una mirada luminosa, afable, comi)asiva, á 
la macilenta claridad de la lámpara, como 
recordándole que ella i)adeció por el amor, 
y que ese amor fué sublime por el martirio, 
tal cual en sus creencias ingenuas y cando- 
rosas se lo había imaginado la joven. 

Volviéndose, más que tímida, medrosa, 
hundió la vista en las sombras de la nave, 
entre las que buscaba sin duda la causa 
<le su rara situación de espíritu y de cuer- 
1)0, á esa liora y en aquel lugar. 

Se oxn-imió la frente, y luego giró la ca- 
beza en torno para ccmvencerse acaso de 



I(i4 A('i:vj:i)(> djaz 

que imdie había cerciX y que estaba á solas 
<*()n su iniáften del ('armen. 

;,Sería ])<)sil)le que álí>uieii la hubiese ob- 
servado íí oído uiouieiitos antes, ai)esar de 
la discreción y del recato que había sabido 
guardar sieuii)re desde su niñez en todos 
los ejercicios del culto? 

No, nadie la había visto y escuchado! 

Era tan solo la virgen la que había reci- 
bido en h) auí^usto del uusterio las cuitas 
4le su aluia, tan sinceras, ecos de hnmildad 
y contricción inii)reí»nadas de fé y tierno 
llanto. 

Pero entóncies ¿])orqué sentía aquellas 
l)aii)itaci(mes en su seno que le cortaban el 
aliento? 

¿Que había ocurrido de extraordinario en 
luedio de su plegaria, que la tenía así con- 
movida, confusa, llena de duda é inquietud? 

Oh! Su conturbación xnx)venía tal vez de 
una idea constante y profana; aquelLi que 
absorbía su mente cuando se i)rosternó en 
demanda de ayuda, y que volvía á asaltarla 
de improviso al acordarse que nna visión 
se había interpuesto ó brotado de la iinri- 
gen de la virgen, acaso efecto de su esta- 
blo febril, y Acnídose leve é impalpable ha- 



MINKS 1(15 

<*ia ellií, hasta acariciarla y desvanecerla en 
un rai)t() fugaz. 

Y al ])ensar en aquel de quién era sünbo- 
If) la visión, volvió á estremecerse, jíorque 
hasta los menores detalles acudieron á su 
memoria. 

liecordaba que había visto una cabeza 
<le cabellera profusa y unos ojos nubla<h>s 
de tristeza serena, i)ero de un reflejo hu- 
mano y ai)asionado, y unos labios encendi- 
dos (lue la besaron (*on su aliento desde 
lejos. 

Xo! Esto tamjxxM) ])()día ser. Todo fué un 

aura de delirio! Sus grandes ojos pardos 

solo servían para ad(nar la divinidad, no 
])ara recibir sensaciones de esa esi)ecie. 

La novicia llegó á reconocer que la alu- 
<*i nación había sido completa 

Ya no eran para ella los dulces devaneos 
mundanos que comienzan con la juventud 
<ín flor y ])resentan la vida como un cánuen 
^lelicioso cubierto de esx)leiulores, nutrido de 
aromas y de arrullos. Ah, no!.... Los dora- 
dlos ensueños de virgen que suspira por el 
ideal de una felicidad sin nubes; las castas 
ilusiones que surgen cada mañana como ra- 
yos de sol en primavera; las esx)eranzas 



l<i() AíEVEDO DÍAZ 



eii indecibles deliquios y los íi>:raiides afectos 
qujB atan las almas en pos de afanes y de 
Inelias, nada de eso era para ella, y tan 
solo envidiarlo atinqne ftiera dnrante el 
sueno la niortiftcaba y entristecía. 

Para encontrar la dicha verdadera había 
(pie excederse á la propia miseria, hacerse 
su])erior al mismo i)ecado venial, rendir al 
éxtasis todas las ftierzas que insumía el 
I)lacer de los sentidos, á fln de ofrecerse en 
esencia á lo divino sin una mácula, sin 
una impenitencia, como si la prisión de la 
carne solo se hubiera impuesto i)ara prueba 
de absoluta castidad. 

^C(km) este sentimiento imx)ío, se i^regun- 
taba ella en su pensar amargo, se ha en- 
trado en mi ser sin que yo lo haya desea- 
do ni querido? 

I Y i)orqué vuelve con más rigor y me 
atormenta en la soledad de las noches cuan- 
do yo lo rechazo con enojo?.... 

La joven tornó á i)legar sus manos, y por 
mucho rato se mantuvo contrita y fervoro- 
sa, absorta en la oración, cual si sintiese 
caer gota á gota allá en lo i)rofundo de su 
alma un copioso rocío celeste. 

Del bautisterio salía el eco de un llanto 



MINES 107 



infantil; el del pequeño que, al recibir el 
óleo y crisma, se rebelaba acaso contra la 
sal que ^e le daba en vez de azúcar. 

La novicia se puso de pié, y marcUóse 
al fin con andar lento, la cabeza bajíi y 
las manos cruzadas sobre el seno. 

Entre los pliegues de su blanco velo lu- 
irían esta vez sus ojos con un fulgor tran- 
quilo; pero vacilaba un poco á cada paso, 
como si á cortas treguas la acometiese una 
incertidumbre ó una congoja no esperada. 

A la derecha, delante de ella, en la 
])arte sombría, se dibujaba un confesiona- 
rio. , 

Cuando estuvo cerca del mueble miuk) y 
rígido, se detuvo de siibito, creyendo dis- 
tinguir junto á él otra sombra más obscu- 
ra, la de un hombre, que se movió con ra- 
pidez. 

Oyóse una voz reprimida, aunque resuel- 
ta y varonil, que dijo: 

— Pues que has orado, debes haberte acor- 
dado de mí. Te imploro dos minutos, antes 
<le salir! 

La joven demostró conocer en el acto 
aquella sombra y aquel acento. 

Presa de violenta conmoción, se lanzó há- 



\ 



1()S ACKVr.DO DÍAZ 

cia quien lo i)r<)fería y iMniiéiidole su ma- 
uecita trémula sobre los labios, repuso con- 
teniendo el aliento, con angustia infinita: 
-T-( Jalla, por Dios!.... 



XV 



En pos del ensueño 

El día que se sucedió al de este encuen- 
tro , en la i^esia, tué un domingo de soU 
ale^j^e y templado. 

Durante la mañana, Ricardo había reco 
rrido en todas direcciones el jardín, más i>en- 
sativo que otras veces, notándose en su 
semblante algunos signos de impaciencia. 

Almorzó sobriamente, y recomenzó sus 
lecturas, sin interrumpirlas hasta pasa dan 
las dos de la tarde. 

Desiniés se dirigió á su cuarto de vestir^ 
imso algún cuidado en el arreglo de su per- 
sona, dio ordeñes á Cirilo, y salió diligente^ 
I)réYÍa una vista al reloj, que señalaba lastres. 



MINES lf>í) 

En la ií»lesia, al separarse, la no\icia le 
había indieado una hora más tarde, dieiéii- 
<l()le con tono grave: 

— Pues que quieres hablarme, te ruego que 
no insistas en haeerlo en este sitio. Te es- 
peraré nuulana en la easa de mis padres, 
que til bien eonoees. 

Y él se anticipaba para llegar eon pun- 
tualidad á las euatro, sintiendo todavía el 
frío de la aetitiul asumida poi Mines apenas 
hubo dominado su emoción, así c(uno lo 
l)arco y severo de sus palabras. 

Todos sus pensamientos derivaban hacia 
un pesimismo rudo. ImiK)rtábale mucho, con 
toílo, i)ersimdirse que eran inútiles sus afanes, 
y que en la ])rimera estrofa había termina- 
dlo el idilio de su adolesceiu'ia. 

Se daría el ])lacer de mirai:la y de oiría 
^n la edad del criterio, desi)ués de haberla 
^^ncariñado tímido y ])ulcro en la edad de 
los candínes. 

Si de escucharla resultaba una i)ena i)or 
lo que ella expresara, sería siemine el ver- 
la un encanto triste, i)ero al íin encanto, 
tratándose de una mujer que no ])ertenece- 
ría nunca á otro Inmibre. 

Cuando los mejores años se sacrifican á 



170 ACEVEIX) DÍAZ 

las rostiiinbres monacales, y se está recién 
en jíleno vij^or de juventud, las eonversio- 
nes liáeia lo terreno, que no han lo^^ado 
IMU' atraeeión sugestiva los projúos afectos 
de familia, s(m jmxm) menos que imposibles 
l)or el solo influjo de otro sentimiento que 
no sea el de una i)asión avasalladora é irre- 
sistible. 

Olí! Ella i)areeía no alentarla, y que no 
era^ su orí»:anismo delicado para los grandes 
é intensos amores! 

Mines vio llegar al joven, á través de las 
lijeras cortinillas que envelaban las vidrie- 
ras. 

Se sentó en un sofá, rejmmiendo los re- 
pentinos saltos del corazón. En varias oca- 
siones había sentido una ccm^oja i^^ual á la 
que en esos instantes hacía presa de su 
. alma, secreta y <biramente combatida por 
encontra(h)s impulsos. 

Sus padres estaban ausentes. Habían des- 
tina (h) ese día i)ara visitar á una de sus 
hermanas, casada, que residía en Melilla. 

La novicia, en i)osesión del plan domés- 
tico desde días atrás, había ai)rovechado tal 
circunstancia i)ara invitar y recibir á Ri- 
cardo, sin que nadie oyese conlidencias que 



MINES 171 



ella se resignaba á escucKar acaso por úiii- 
ea vez. 

Impetrando auxilio á su fé y decisión á 
su voluntad, salió al encuentro de Yalde- 
moros, estrechóle dulcemente la mano, y lo 
condujo á la salita de labores con vistas al 
huerto, y en cuyas i)aredes se veían pintu- 
ras y símbolos de religión. 

Sentados cerca el uno del* otro, se man- 
tuvieron un momento en silencio. 

Como si recién la examinase en todos sus 
detalles, Ricardo tuvo atenta su mirada en 
Mines, concluyendo por decir á modo de 
exi)ansión que fluyese de su discreto examen: 

— Ha sido forzoso un rasgo de audacia de 
mi parte, ])ara sentir este goce de estar 
cerca de tí. íí^o lo esi>eraba. En algo con- 
tribuyeron las circunstancias. Te ruego me 
perdones; yo reviví al mirarte, entré á la 
iglesia y sucedió aquello .... La larga sepa- 
ración, los recuerdos, un deseo vivo de sa- 
ludarte, i)or lo menos me disculi)an ^,no es 
verdad! 

El mundo me ha ensenado que lo mejor 
suele ser lo que se amó desde niño, cuan- 
do es puro, y si puro se conserva. 

Mines le oía con recogimiento. 



172 ACEVinX) DÍAZ 



Xo llevaba r()i)aje azul ese día, sino uno 
iieíi:ro reeiibierto en el seno y liombros por 
nna esclavina blanca. 

Un velo del mismo color rodeaba en míil 
ti])les ondas su cabeza; pero, no tanto que 
no asomase eif una de las sienes una gue- 
deja del cabello, á modo de cresi)ón sobre 
mármol muy ])ulido con vetillas cerúleas. 

En sus grandes ojos i)ard()s, muy abier- 
tos ])or la emoción, brillaba una luz serena. 
Miraban bien de frente, de un modo pro- 
fundo, cual si quisieran sondar la intención 
del qiu» había sido el compañero juedilecta 
de su infancia. 

— En la iglesia me pediste que callase, 
— continuó liicardo con voz uiuy suave, — y 
te Obedecí sumiso, porque tu sensatez se. 
iuii)uso á mi temeridad. . . .Ahora, eres tú la 
que te reservas, cuando nuis ansio oir tn 
habla, sabiendo, i^orque lo sabes, cuan hondo 
llegará á mi espíritu el eco de tu acento. 

Sin dejar de observarle, sobrecogida en su 
interior i)or la impresión sufrida, pero con 
entereza para disimularla. Mines contestó en 
el mismo tono: 

— Tu noble amistad insi)irará todos mis 
ruegos. Xo es eso bastante?... 



MINES 11 ^ 

— Es iiiiiclio y te lo aí^radezco. Pero, no 
es todo. La simple amistad no eolma la di- 
cha. 

— Otro sentimiento me está vedado. 

— Será porque así lo deseas, Mines, ('reo 
qne no existe ley alí>:una que á eso te obli- 
í;ue, si i)ones la mano en tu peeho, que es 
nido de virtudes. 

— ^Qué quieres deeir? 

— Que tu misión sería envidiable en el 
liopir, si un ho^^ar mereciese jun^ reina la 
santidad. 

La novicia se removió lentamente en su 
asiento, con la vista errante en un rayo de 
sol que entraba de través por un vidrio rojo 
y tenía de j)úrpura encendida el cuadro del 
(iól«^ota en la tarde del martirio. 

Lueí»o volvió á fijar en el joven sus pu- 
])ilas, guardando honda i)ausa, que interrum- 
])ió al fin i^ara balbiu'ear llena de tristeza: 

— Ya no estoy en el mundo. 

— Por eso te quiero unís. 

— Xo son esas palabras para mí. 

A pesar de todo, gTacias! — añadió Mines, — 
sin que en su rostro i)álido se reflejara la 
menor contracción, 

Ricardo quedó un instante callado. 



174 Aí^EVEDO DÍAZ 

Después, haciendo un esfuerzo, prorriun- 
l)ió con sentimiento, mirando á otro lado, 
como si hablase á solas: 

— Será verdad que ya no alientas caros 
afectos de la vi(h\, que renuncias (t una 
ventura cierta por la esterilidad de los claus- 
tros!... 

— Por el hieii de otros, no es peca<lo. 
— lO por el tenu)r á Dios? 

Clines clavó en el joven su mirar sereno, 
y susurró: 

— ;Por auKU' á él! 

Y i)leí»ó las manos, volviéndose hacia la 
imagen de Jesiís. 

— Por la esterilidad de los claustros, — 
repitió K i cardo, como imbuido recién en te- 
mas que nunca le merecienm especial aten- 
ción, y discutiese címsigo núsmo la imi^or- 
tancia de sus efectos i)ositivos. — Pues! .... Que 
se ame y practique la virtud de dolerse del 
mal ageno; que ad(n*e á Dios cada uno según 
sus creencias, está bien.... Una concien- 
cia cualquiera es un sagrario, y nadie debe 
obstinarse en desalojar el error allí anidado, 
sin pecar de intolerante .... Con todo, no t*()in- 
pien(h)! . . .Querer un jkh'o ménos á los pa- 
dres, desligarse uno ó nuis grados de los 



MINES 175 

cariños del hogar; disminuir á la amistad dos 
tercios, es ya serio .... Creo que sale de 
lo común y que puede ser un mérito raro. 
Pero, es más grave renunciar en el albor de 
juventud á los derechos de naturaleza, á 
los imiuilsos i^ropios de la carne y de la 
sangre, y i)ensar que el sacrificio de sí mis- 
ma consiste en abstenerse de los goces del 
mundo, cuando en el fondo, lo que se hace, 
es abstenerse del sacrificio.... 

La novicia, que le seguía en calma, le 
interrumi^ió con su inalterable dulzura: 

— Yo no lo entiendo así. 

— Se explica, — continuó Ricardo. — Cómo 
lo has de entender á tus veinte y dos años, 
si todo en ellos, lo habrás aprendido, menos 
aquello que debiera conocer tu alma y que 
obliga á tu sexo?... Llevar al frenesí el pen- 
samiento por lo que no se vé ni se palpa, 
y al éxtasis el sentir por las imágenes sim- 
l)ólicas, con descuido de lo que ríe y llora, 
es sencillamente sustraerse á las cargas de 
h\ vida. 

— ¿Xo te parece aquella bien i)esada?... 

— Xo. Son otras las que gTavitan de ver- 
dad.... más que las del simi)le ruego por los 
que sufren. 



17() A('i:VKl)() DÍAZ 

Mi lU'oíVsióii no es de ejíoísiuos. 

— Aunque sea la de hermana de earkiad. 
l*ara liaeer el bien por anu)r al bien, no es 
ntM'esario enrolarse y jurar votos.... 8i los 
])ronuneias, tíi (jue tienes el ecnazón virgen, 
te ])re^'untaras un día eon amargura ¿eran 
éstos todos mis deberes de mujer f 

— Y, sí! — ])rorrumi)ió la novieia temblán- 
dole los labios. 

— ;,Eran éstos^ — jírosigiiió liieardo^ — los 
únieos de mi sexo, sin las afinidades que lo 
vinculan al hombre, sin las delicias y h)s 
dolores de la madre, que convierten la más 
humilde en un ser res])etado y adorable? 

i\Iinés se puso inquieta y miró ansiosa el 
<*ruciñjo col.í^ado en la ])ared del frente. . 

— No h) mires! — dijo el joven c(m i)eua. 
— Lo que ese mártir predicó no es la doc- 
trina que te han ensenado. 

Y levantándose, se puso á andar de uno á 
otro extremo á ])asos lentos, haciendo de su 
A^oz murmurio: 

— No filé eso!... Lo que él decía en el 
fondo de sus máximas y de sus parábolas, . 
era que los sexos habían nacido para amar- 
se, para unirse, ])ara formar proles.... y de 
no ser ¡uu ¿quiénes habrían mañana de re- 



Mi>:i':s 177 

í'ordarle y <ie bendeciilel.. Había que criar 
una nueva grey, con jii^jfos de fraternidad y 
de amor. C'nán nial se interpreta la jerga ini- 
mitable del sublime vagabundo!... 

Cambiando de tono, se detuvo delante de 
la joven, añadiendo expresivo é insinuante: 

— ¿Te acuerdas de nuestros i)rimeros afios^ 
de aquellos días felices en que no había 
estas nubes^ estas sombras tristes?... Enton- 
ces tu alma estaba libre.... no era i)ara él 
rezo solo tu boquita de clavel.... Eramos tan 
amigos! 

— Y lo somos ahora, Kicardo! — repuso ella 
con los ojos vela(h>s ])or un llanto silencio- 
so. Aunque no pensemos lo mismo, mi afec- 
to i)uro es ])ara tí siempre. 

Si me acuerdo? Oh!... No se borra tan 
])r()nto la memoria dichosa. 

Y animándose por instantes, dio otro giro 
y ñrmeza á sus palabras. 

— Pero, qué quieres de mí? Soy bien lo 
sabes una humilde creyente, tal vez la de- 
vota que odian muchos, sin saber que hay 
fatalidad en ciertas cosas, y que en mí ésta 
es una de ellas. Me han enseñado á aúna- 
lo sagrado^ ante todo, y un poder que yo 
lio resisto, i)orque me subyuga^ ha íijado 



17S ACKVKDO DÍAZ 



l)ara siempre ini destino. Si en mí has ci- 
frado una esi)eranza, sin yo merecerlo, re- 
lévame Ricardo, pues yo no te liaría feliz 
con lili corazón partido en dos. Ni qué ven- 
turas i)odrías soñar á mi lado!... Joven, arro- 
bante, y no te adulo mi noble amigo, Heno 
de talento y de virtudes, qué mujer bella y 
de méritos sería insensible á tu justa pre- 
tensión! Cuántas envidiarían esta suerte que 
yo renuncio!... 

^l-rées aliora en el sacrificio?... 

— Así, no. Mejor fuera que me hablases 
de una estrella que se apaga. 

Y esto diciendo, fuese á mirar por los 
cristales los árboles del huerto con un aire 
vago y distraído. 

La novicia se reconcentró, conteniendo ape- 
nas la salida de las lágrimas. 

Al cabo de un rato, y sin volver la ca- 
beza, dijo Ricardo: 

— Todavía guardo en una carterita de 
piel unas hebras de tu cabello, que me diste 
cuaiulo eras niña. La única prenda ganada 
en aquellos idilios, ya lejanos, ahora sin 
frescura y sin aromas, como flores muer- 
tas. 

— Prenda de amistad sincera, ¿no es cier- 



MINES 1 7í) 

to? — respondió Mines sobresaltada y enter- 
necida. 

— Sí.... En aquella edad parece que no ha- 
bía intención. Ya que en rigor, lo que te 
lian enseñado^ es á^ temer y desconfiar de 
los hombres^ confundiéndolos á todos en un 
anatema connin^ te la devolveré ])ara tran- 
quilidad de tu conciencia. 

— Xo seas cruel, Kicardo. Yo te ruego que 
la retengas!... 

Y Mines aliogó un sollozo. 
— Xoto que me lo i)ides con sentimiento, 
y me basta.... Acaso te he herido sin yo 
pensarh). Discúlpame. lias esparcido en mi 
espíritu una gran suma de desencanto con 
tu resolución extrema^ y no es extraño que 
de vez en cuando yo desentone.... Xo te mo- 
lestaré más con mi ])resencia y mis palabras, 
que s(m ecos inofanos.... 
— No tanto^ Dios mío! 
— Y en vez de empeñarme obsecado en 
<lecir á tu oído cuantas delicias encierra el 
cariño, te dejaré á solas con tus horas di- 
vinas.... pues que así te consideras feliz. De- 
bes creer que te resi)eto y te admiro. 

Acercándose de nuevo^ le tendió la mano, 
que ella estrechó temblorosa. 



ISO A( KVIODO DÍAZ 

La VOZ se le liabía anudado en la gar- 
puita. 

Kieardo salió en seguida sin volver el ros- 
tro^ mesurado^ severo^ eon esa i'onformidad 
ílolorosa qne j»iiarda para sí toda la liiel, 
])or ])rofundo que sea el desengaño. 

La novicia siguió atenta liasta extinguir- 
se el rumor de sus pasos, eon la mirada en- 
clavada en el suelo. Oinnniióse luego el pe- 
cho, como si allí sintiera un desgarramien- 
to; tand)aleante^ dirigióse á su dormitorio, 
y i)rosternandose ante la imagen de la vir- 
gen con riego de lágrimas, posó la frente en 
el piso. 

En esa actitud i)ermaneció mucho tiemp), 
sin moverse; y cuando lo hizo para contem- 
templar al ídolo del ('ármen^ pareció como 
otras veces ccrntórtada i)or un consuelo ine- 
fable transparentado en su i)lácida sonrisa, 
y en la lumbre de sus ojos. 



Ml^ÉS 181 



XVI 
Voces que llaman 

Se si^iiier(3ii días sombríos. 

Los vaticinios siniestros no cesaron en 
larcas semanas, la atmósfera se fué ponien- 
do candente, y al fín se entró en el i)eno- 
so i)eríodo de las espectativas y de las in- 
certidnbres crneles. 

Acontecimientos f»Taves perturbaron hon- 
damente el país, y los afectos más i^reciosos 
se sintieron conmovidos y desbarrados ante 
el espectáculo de las pasiones sin freno. A 
todos alcanzaba el rigor de las cóleras y de 
los rencores en una lucha que i)0(b'a durar 
mucho tiemi)o. 

Tanto en el fondo de los hogares^ en el 
secreto asilo, como en lo recóndito de los 
conventos^ se debatían los sentimientos ín- 
timos con indecibles zozobras á la llegada 
de noticias ó datos funestos^ aunque fuesen 



1«S2 Aí^EVKDO DÍAZ 

falsos^ Ó exajerados por los entusiasmos del 
amor ó del odio. 

Las asoeiacicmes permanentes y las impro- 
visadas de caridad^ jionían en juego todos 
sns recursos para atender múltiples reclamos, 
y proveer á los futuros, sin reserva de es- 
fuerzos abnegados. No eran óbices á este 
emi)erio las sim])atías y antipatías. Había que 
socorrer á los desgiaciados por un interés 
común, á fin de preservar á unos vencidos 
<le iguales consecuencias fatales que á otros, 
si se quería humanizar la guerra^ y no cu- 
brir de manchas indelebles las enseñas de los 
opuestos cam])os. 

Hasta en el monasterio de Mines entraban 
ráfagas extrañas^ llenas de calor^ como si la 
general contienda no respetara en sus expan 
siones violentas ni h)s sitios aislados de paz 
y mansedumbre. 

Decíase en los claustros que aquellos ar- 
dores en los aires^ más que de incendio, eran 
resuellos del espíritu maligno mezclados á 
los del hipogTifo negro con seis alas rojas 
en que cabalgaba entre nieblas en las trági- 
cas noches de la venganza y el exterminio. 
Eran el castigo y la expiación, que abatirían 
por igual á todos h)s impenitentes. 



MINKS 183 

Sor Mercedes preparaba una expedición á 
la cami)aña con abundantes elementos^ que 
estaría ])ronta, apenas se indicara la necesi- 
dad de su auxilio. 

Sor Silenciaria formaría parte de ella^ con- 
ce])tuando la hermana iniciadora que por su 
taciturnidad se contraería con mayor eficacia 
que otras enfermeras á la cura de los he- 
ridos. 

Aunque esta religiosa manifestaba siempre 
tener mucho temor al espíritu maligno, por 
lo cual se encerraba días enteros en su celda 
íi pretexto de ])eniten(íias voluntarias, miedo 
que podría aumentarse ahora que ese espíritu 
equitaba en un hix)ogrifo, sor Mercedes ha- 
bía llegado á imaginarse que la taciturna 
revelaría ejemplar celo en los hospitales de 
sangre, y que era conveniente ofrecerle la 
ocasión de distinguirse. 

('Onociendo las excelentes a])titudes de la 
conversa Marcela para este género de servi- 
cios, la hennana solicitó de s<n* Vicenta el 
concurso de esa útil colaboradora en obras de 
caridad; pero supo por ella que la lega ha- 
bíase retirado del convento hacía algún tiem- 
po, constándole que estaba colocada en casa 
particular, cuyas señas le indicó. 



1S4 ACEVEDO DÍAZ 

Lejos (le desistir, sor Mereedes fué en su 
husea, eneout laudóla ími dieha easa^ en cali 
<lad de ama de llaves. 

Oído el propósito, se rehusó eon sentí 
miento^ aj^repuido que i)or distintas razones 
hubiese sido ])ara ella una p^au satisfacción 
aeonipanarla. 

Su señor estaba ausente. Un día después 
<le hacerse ear^) de su puesto, él le dijo que 
(piedaba al cuidado de su easa^ en eonipa 
nía de un matrimonio de hortelanos á quie 
nes venía dispensando favores desde meses 
atrás, y (pie atendían el jardín y la huerta. 

No le previno euando volvería. 

Por la tarde, Cirilo^ que era su sobrino, 
trajo los eabaUos, y ])artieron juntos. 

Cirilo le dij.o al despedirse de ella, que el 
viaje sería tal vez un poco largo^ porque don 
Kicardo iba á arreglar asuntos muy impor 
tantes lejos de Montevideo. 

Dado el comi)romiso contraído por Marcela. 
l:i hermana no insistió, y tornó al eonvento. 

De ])aso i>or el claustro, encontróse con 
Mines y Amelia, que se dirigían á la eapilln 
con sus devocionarios. 

Detúvose á saludarlas, y les manifestó su 
^•(mtrarieíhul ])or lo que le sucedía. 



MINKS i<sr) 

Como todas se afanaban en contribuir al 
objeto piadoso, jironietieron hacer empeño 
para hallarle la auxiliar, y hasta avanzó 
Amelia tenerla ya casi segura, por tratarse 
de una lega á quien ella mucho quería, lla- 
mada Dionisia. 

La hermana agradeció, y siguió para de- 
partir con la su])eriora. 

(Juando sor Mercedes hizo el relato de su 
gestión infructuosa, citando nombres propios 
y la casa en que servía Marcela, quizás sin 
intención ni cálculo ulterior, Mines se puso 
sobre sí, y recuerdos aún recientes acudie- 
ron en troi>el á su memoria. 

Qué raras coincidencias! 

Algún tiempo había pasado, desde su en- 
trevista con Kicardo, que en vano luchaba 
por olvidar. Por primera vez oía su nombre 
en el convento, y en boca de una religiosa 
austera. Luego, Marcela. . . .de ama de llaves 
de Valdemoros! 

No abrigaba ya dudas .... 

La recompensa había sido digna del ser- 
vicio. 

Las cartas que aparecieron dentro de su 
pasionario, el recato guardado siempre por la 
lega, al jmnto de no acercarse nunca á ella. 



1S() ACKVEIK) DÍAZ 

Sil salida del monasterio poco después de 
aquella tarde melaneóliea .... todo lo veía 
ahora elaro^ sin sombra alguna de equivo- 
eaeión ó de error. 

— Vamos, Amelia! — dijo e(m un aeento ex- 
traño^ que jamás le había conocido su com- 
pañera. 

Y sus labios^ muy encendidos, de una ter 
sura impecable^ temblaban entreabiertos cual 
si estuviesen modulando una plegaria se- 
creta. 

Ya en la capilla, desierta á esa hora, la 
novicia miró con atención prolija á ciertos 
sitios; el coro, la pilastra próxima al altar, 
los episodios de la vía dolorosa, el cancel de 
entrada, c(mio si buscase algo, alguna sombra, 
algún fantasma evaporado en su mente. 

Tam])oco había notado esto Amelia en 
ninguna ocasión, pues una vez en el san 
tuario su amiga se concentraba en im pnv 
fundo recogimiento. 

Pusiéronse de rodillas y oraron. 

Concluido su ejercicio, volviéronse juntas 
j silenciosas. 

Kecién en el claustro. Mines pregimtó: 

— Irá Dionisia? 

— Ahora mismo lo sabré. 



MINES 187 



Y se separaron. 

Muy pronto, las novicias volvieron a reu- 
nirse. 

— Xo puede, — dijo Amelia. Tiene á la ma- 
dre enferma, y va á i)edir licencia para asis- 
tirla. 

— Ah! Ella también tiene sus <iolores. 

Amelia la miró con terneza. 

— Qué tienes hoy. Mines?. . . . 

Será porque se acerca el día de nuestros 
votos? 

La joven se estremeció, como si la arran- 
easen bruscamente de un sueño. 

— Oh, no! Que (íosas se te ocurren .... A 
<íada momento estoy pensando en los que 
están en la guerra, me imagino en lo que 
han de suftnr .... IN^o te pasa esto á tí? 

— Si, que me ocurre sin quererlo. . . . Perc^^^ 
enando una ha rezado por todos ^,qué más 
queda que hacer? Orar siemi)re; así la tris- 
teza es menos .... 

— Orar! Verdad.... si orando se olvidase 
todo lo que una quisiera, y no quedase más 
que el consuelo. ¿Cuando estás dormida Ame- 
lia, tú no sientes á veces unos gritos raros^ 
en el alma, y que se encoje el corazón, así 
como si lo apretasen fuerte? .... 



18S ACEVKDO DÍAZ 

Y la novicia cenaba su iiianecita hasta 
no dejar ver uno solo de los dedos. 

— No, yo no siento eso, — repuso Amelia 
toda confusa; — solo que tenida alí»ún i)esar 
jírande, de los que vienen sin motivo, y la 
obligan á una á llorar como una tonta. 

En ese instante, la fií»iira chata y obesa 
<U* sor Sileiunaria asomó por el extremo del 
corredor, sin que el roce de sus anchos za 
l)atos nef»Tos sin tacones ])rodujesen el menor 
ruido sobre las losas. 

<'on h)s ])lie{4ues de la toca muy ceñidos á 
la frente, orejas y mejillas, dejaba tan solo 
ver una nariz corta y carnmbí entre dos ojos 
verdosos con estrías amarillentas velad<is i>or 
])ári)ados de un violáceo obscuro. 

Cardada de hcmibros y un tanto patizamba, 
la hermana Silenciaria no carecía sin embar- 
co de cierta desenvoltura y a^iilidad en el 
desemi)eño de funcicmes que no exigiesen 
^ran pulcritud y esmero. 

Por ser escudriñadora y callada, las e<m 

ventuales se ^nardabíin mucho en su i)resen- 

i'ia, i)ues cuando era preciso hablaba al oído 

de la superiora cosas que después producían 

•desazones y penitencias. 

Se la creía muy ami^a de su comodidad. 



MINES 189 

y aunque solía ir á los lu)S])itales, nadie sa- 
bía que hubiese asistido tan solo una noche 
á un enfermo. Pocas la igualaban i)ara al- 
canzar frascos y drogas ya ])re])aradas en la 
farmacia, i)ara arrebujar un ])oco á los i)a- 
cientes, y i)ara traer fundas y sábanas lim- 
itas del cuarto de ])lanclmd(mis. 

Ahora se entretenía en el convento en cor- 
tar vendas y en luu'cr liilas. Pero se decía 
que dejaba siempre h)s deshila ches al comen- 
zar, al imnto de no hallarse más de dos do- 
cenas de hebras en su canastillo, así que 
])or cualquier ])retexto susi)endía la tarea. 

Las novicias, que ya habían concluido la 
suya, se encargaban es])ontánea mente de c(mi- 
])leuientar el esfuerzo de la hermana taci- 
turna. 

Luego, ella decía que al ahorrarle ese tra- 
bajo la habían des])ojado sin consulta de una 
])arte de su deber, por lo cual se impondría 
algunas horas de castigo disciplinario. 

Si rea])arecía, era i)ara ocui)arse de doblar 
gasas y reunir coi)os de algodón en cajas 
listas al efecto, y que debían remitirse á los 
hosi)itales de sangre por intermedio de her- 
manas enfermeras ó de la (tuz roja. 

Un acto de grande abnegación se elogiaba 



190 A(JEVE1)() DÍAZ 



en ella; y era el de haberse decidido á acoin- 
])ariar á sor Mercedes en la primera excur- 
sión que reaüzara á la campaña, y cuya fe- 
cha debían determinar los sucesos. 

Así (pie la vieron llegar las novicias, le 
abrieron paso res])etuosas. 

Hov Silenciaria pasó, paladeando una jacu- 
latoria, sin dejar en ])os más que un zumbido 
sordo de gTueso coleóptero acorazado. 

Cuando estuvo bien lejos, las jóvenes rea- 
nudaron su diálo|>o. 

Pero, esta vez, para lamentarse de que el 
jardín y el huerto estuviesen ya en esque- 
leto con los avances del invierno. 

(iue días sombríos ! 

Y divagando sobre detalles frivolos, caían 
al ñn en el tema obligado, el preferente eu 
todas las conversaciones., ejercicios espiritua- 
les y ceremonias sagradas, que era el de gue- 
rra con su séquito de horrores. 

Cuántos habrían caído para siempre, y qué 
sería de los heridos al raso entre lluvias y 
aires helados! 

I jas i)ocas noticias que entraban al con- 
vento presentaban las cosas de un modo te- 
rrible; los combates eran frecuentes y en cada 
uno de ellos se perdían vidas preciosas. 



MINKS 191 

— TÚ tienes hermanos en la guerra f — pre- 
guntó Mines emocionada. 

— No lo sé, — (lijo Amelia. Tiemblo de pen- 
sar que se hayan ido. Esto de no saberlo 
todo, es insoportable. 

— Qué angustia! Si ... . insoportable .... 

Yo te quería expresar eso mismo, hace un 
momento; hablarte de penas que se sienten 
cuando una está sola, y se despierta in- 
<iuieta... 

Una sabe porqué ¿no es cierto? — anadió 
Mines exaltándose un poco, impelida sin 
^luda por un ansia de expandirse que le 
ahogaba el cora-zón — Los sufrimientos de 
otros se parecen á esos gritos que una oye 
en el sueño.... Son como voces que llaman 

tristes que vienen de lejos, y no se 

<*allan! 

Dijo esto iiltimo la novicia con tal vehe- 
mencia, que Ameliii volvió á alarmarse. 

— Tú te aflijes demasiado por cosas que 
no se conocen, — balbuceó blandamente. — 
Cualquiera supondría que tenías al ser más 
querido en esta guerra es])antosa y que le 
veías ya morir. 

Al escucharla atenta. Mines sintió una 
punzada aguda en el seno que so])ortó con 



\\)'2 .V('i:vi:i)<) DÍAZ 

toílo el heroísnio do su ie, yre])iis() osforzaiulo 
uiiji sonrisa: 

— Aluciiiafioues mías. sosi)e(*lias que me 
vienen de ])ront(), y lo presentan todo de 
duelo.... No habrás easo! Yo no tengo her- 
manos varones. Mi i)adre es viejo y no 
quiere mal á nadie. Ya vés que no liay 
motivo.... 

Es i)or lo que otros sufren que á mí me 
duele sin jMKlerlo remediar. 

— ¿Quieres (jue recemos otra vez? Tú sabe^i 
(jue eso nos conforta. 

— Bueno; pero ¿en mi eeldaL... 

— Sí 

— Allí estamos sólitas.... nadie nos oirá. 

Y á paso tardo, impregnadas las dos de 
melancolía, nmrcharon juntas enlazadas de 
las manos, para reiniciar sus coloquios y 
meditaciones sagradas ante la pequeña ima- 
gen que Mines veneraba en su celda. 

Concluidos estos ejercicios, y al parecer 
rei)osadas y tranquilas, las novicias se mi 
raron con aire satisfecho. 

Luego Amelia, llena de pueril curiosidad. 
se dirigió al lienzo, exclamando: 

— ¿Porqué lo tienes cubierto. Mines L... 

Y apartó el cortinado. 



MINES VX^ 

Sil sorpresa fué í>Tan(le, cuando vio que 
el nazareno había (lesai)areei(lo. 

E interrogó atónita eon los ojos á su eoiii- 
pa fiera. 

Esta quedó muda, eon la mirada fíja en el 
fondo obscuro del lienzo, cual si por su parte 
(contemplase la imáí?en euya desa])arieión 
asombraba á Amelia. 

Rompió el silencio, diciendo c(m acento 
amargo: 

— Se fué.... Yo sola tuve la cul])a de (pie 
se fuera! 

— No te entiendo. 

— Pues sí, — címtinuó Mines, como embar- 
cada por una preocui)ación seria. 

Una mañana me ima^íiné que él me decía 
c(m los ojos que no era Jesíís, y lo borré 
de dos brochazos. I)es]més me ha pare(*ido 
lui ])oco raro esto que he hecho.... 

— Y {\ mí también. Era tan hermosa la 
cabeza de tu redentor! ¿No te c(mfesaste des- 
])ués? 

— ¿(%)nfesarme?No... no había motivo. Todo 
fué un ca])richo mío que debo correí»ir, dice mi 
maestra, ])intando otro busto más á mí deseo. 

— De ese uiodo te se i)uede perdcmar. ¡Y 
cuando lo empiezas? 



lí)4 Aí'EVKDO DÍAZ 

— Al», no sé! Estas (les{»:racias que á todos 
nos afligen, uie quitan el ánimo por ahora. 

En vez de entregarme á la pintura y al 
anmmio, quisiera ayudar á aliviar y á con 
solar.,. 

Amelia un poeo pensativa, observó, revé 
lando seereto anhelo: 

— Yo te aeompañaría muy gustosa, ('reo 
que pronto sucederá, porque he oído decir á 
la superiora (pie traen muchos heridos y en 
fermos á Montevideo. 

— Mejor sería que no sucediese. Pero ya 
que eso no tiene enmienda ¿para qué estamos 
nosotras? Es tan dulce creer que una sirve para 
alguna cosa útil... ¿Vendrás conmigo, Amelia? 

— Ay, sí! 

— Verás como aún sufriendo, gozamos.... 

Ya que solo vivimos para llorar, nos mi- 
rarán con un poquito de simpatía, ellos que 
así desafían la muerte sin acordarse de los 
corazcmes que se retuercen de dolor.... Y les 
preguntaremos por los que quedan.... Sí, por 
h)s que no han venido.... Por tus hermanos, 
si están en el peligro; y por otros aunque 
no sean de la familia, pues todos merecen 
nuestro afán piadoso, nuestro recuerdo, nues- 
tras lágrinuis ¿verdad?.... 



MTNÉS 195 

Estas últimas palabras de Mines salieron 
como encadenadas con nn sollozo irrepri- 
mible. 

Amelia qne la oía en sus])ensó, se arrojó 
en sus brazos, y la estrechó llorando. 



XVII 
El tren nocturno 

Un sábado, i)or la tarde, después de los 
ejercicios de costumbre y de un predicado 
por la paz, sor Mercedes vino al monasterio 
bastante impresionada, á causa de las nuevas 
recibidas de cami)aria. 

Alíi^unas semanas hacía que las zozobras 
no habían cesado, siguiéndose la serie de 
días infaustos, sin una sola interrupción que 
presagiara el aplacamiento de las pasiones 
en lucha. 

Muy al (contrario, todo inducía á (Tcer 
que su exacerbación iba en aumento, y que 
el flagelo cruento no haría crisis en tiempo 
indefinido. 

A mayor efusión de sangre — se decía — 



líHí A( KVKIX) DÍAZ 

menor i)r<)babili(la(l de bonanza. Los rencores 
estaban (listantes de decaer; el abismo lia 
niaba al abismo, el termómetro nmreaba ftebre 
alta, y se entraba en el i)eríod() ál^íido del 
delirio. 

Sería bien lar^a la cadena de funerales; 
y doblar á mnertos, la única voz de las cam- 
panas. 

Sor Mercedes comunicó á las conventuales, 
qne las noticias transmitidas á esas horas, 
daban cuenta de un cond)ate sanj^TÍento qne 
había durado todo un día. 

Acontecimiento tan doh)roso, la decidía á 
marcharse en el primer tren que hubiera con 
destino al norte; i)ero, aunque no se le había 
l)odido informar del momento preciso de la 
])artida, á causa de las interrupciones en el 
trayecto á recorrer, ella creía por otros datos 
(pie tendría lupir en h\ noche siguiente, 
por lo cual iba en bus<*a del tributo de 
íítiles onecidos para comjdetar su equii)aje 
de enfermera. 

La comunidad correspondió solícita al pe- 
dido humanitario, excediéndose á h>s ante- 
riores esfuerzos. 

La misma sor Silenciaria, reprimiendo su 
j)ena por un viaje tan ocasionado ¿í aven 



MINES 197 

turas, empezó á arreglar su maleta de un 
modo minucioso, sin olvidarse de una eaja 
de caramelos rellenos á que era muy aficio- 
nada, y de otras dos de rapé que sorbía con 
deleite en sus horas de reclusión. 

Esa noche fué casi de vigilia. 

Terminados los arreglos, se rezó un poco; 
y luego se comentaron los sucesos que tenían 
címturbados los espíritus. 

Los informes eran muy breves, y en mu- 
cha i)arte obscuros. 

Se ansiaban detalles, con ese interés i>ro- 
pió que suscitan los dramas culminantes;^ y 
la aparición del nuevo día, como una completa 
luz reveladora. 

Ya muy alto el sol, la señora Georgia 
entró al convento; y á riesgo de troi)ezar 
con sor Silenciaria que iba hacia el refecto- 
rio en busca de una taza de chocolate con 
bizcochos y á quien saliuló con la mano por 
respeto á su taciturnidad, se dirigió sin dete- 
nerse a la celda de la novicia. 

Muy grata fué esta visita para Mines, 
que hacía tiemi)o no veía a su maestra, á 
quien creía disgustada por los episodios de 
la tela. 

Así es que al abrazarla, le dijo: 



19S ACKVEDO DÍAZ 



— (Trac'ias, señora! Su pre^sencia me llena 
(le aleío^ía. 

— Qué gozo siento al oir á usted decir 
eso! Me prueba que (íonservo el afecto de 
mi querida diseípula, aunque no la vea 
con la frecuencia de antes. Pero, qué le 

hemos de hacer! Atenciones y comiiro- 

misos á cada paso, para las que vivimos 
del arte, y luego estas cosas terribles que 
están pasando, traen á una sin tiempo ni 
gusto para manejarse con método y sosiego. 

Hoy no pude resistir; y aquí me tiene 
por algunos instantes, pues voy enseguida á 
dar mi condolencia á otra diseípula que 
acaba de perder al hermano menor en la 
guerra. 

— Ay, qué pena! 

— Muy grande; pero hay que esperarlo 
todo de este mal de los males. . . . Mire us- 
ted, aquí traigo un recorte de líeriódico 
donde está la nómina de muertos y heridos 
en el liltimo combate, que se ha i)odido obte- 
ner, pues aseguran que el numero es más 
crecido.... 

Vea, entre los caídos para siempre: Pedro 
Arboleya, que es el hermano de mi alumna 
(liima. Una calamidad! 



MINES 199 



— Oh! y la lista tiene muchos nombres.... 

— Es larga! — i)rorrumi)ió la señora Geor- 
gia, reteniendo con fuerza el recorte en sus 
manos. — Después de citar los muertos, men- 
<iiona los heridos; son más de trescientos 
los que se nombran aquí, como i)rimera in- 
formación. 

La novicia acercó su asiento al de la 
profesora, y la miró con un aire hondamente 
doloroso. 

Tenía los labios y las manos trémulas. 

— Amelia teme que sus hermanos se ha- 
yan ido á la guerra, — dijo visiblemente con- 
movida; — y desearía saber si figura ahí el 
apellido de ellos.... Velázquez.... Dios mío! 
Estará? 

— Veamos. íí'o hay que desconsolarse toda- 
vía.... 

Y la señora Georgia leyó para sí, rápida- 
mente. 

— No, no está! — exclamó al fin. — Y no 
tiene nada de extraordinario, pues no todos 
los que se exponen en las batallas sucum- 
ben ó caen heridos; ni tampoco estos iil ti- 
mos han de ser todos gTaves. 

Lejos de eso; más son los de carácter 
leve. 



ti *"^^ 

*.***'^".'-* r '* ' - *■ -"" ^ •*■ '••^r*-*^ 'i"^ -•'^ «inie- 
T^'.z, •!•' »**^ «^ — —zl" «VI **^iri:~'» n*» •!*"« «jiit 
r, » *^ '-4 :..'.* '••rr.vi* t-r. t-! a-"r-*í«», y qne 

>«^ íj »- "f-t •-•»;:.:-:• «n «it- ht-niíuiias va á 
jr^r*:r <-»»:i t-^*- ^t-rit-n»^» io»i ■*>:!•». y quisiera 
í|#-;^rl#-* e^*** r»-i-»»rtf- «jUe lt-> i»u*^lf ser útil... 
\rArA írrií^rM* ]Nir !•■> ai^Hiiliís — 

- -i>fi. >í >^rn»m! iH^uielo nstt^l. i>iírqiie yo 
iiií* Imh* íitr^r*» «le t-síi. 

I>a M'fiora (ieorpa se qne<ló en snsi>enso, 
ofiM'naTMlo íleteiiiílainente á la joven. 

K\ aí-eiiTo de ésta había sido tierno y su- 
plí <*aii te, y extendido sus manos eon una 
ansíi'ilad ineontenible. 

Lne;X<' ^^^ vacilar un nitmienti», y conmo- 
vida á KU vez, la maestra dobló en mnelios 
jd ¡eslíen el ¡m])reso hasta re<lueirlo al menor 
tamaño, y re]Miso: 

— liiieno, se lo paso á usted, y recuerde 
mÍK j>alabra8 al entrejíarlo; pues entre los 
h4TÍdoH hay personas de distinción que de- 



MINES . . 201 

ben ser socorridas de inmediato, y se encuen 
tran en la soledad del campo entre gentes 
extrañas. .. .¡Dios los salve á todos! Adiós 
mi adorable niña, niegue mucho pov ellos. 
Mañana volveré a acompañarla un buen rato, 

Y atrayendo á Mines, la estrechó contra 
su seno, como i)udiera hacerlo una madre 
amorosa. 

Ella le retribuyó las caricias, sin decii; una 
palabra. 

La señora Georgia desapareció con la 
misma celeridad que había emi)leado al i>re- 
sentarse. 

La novicia ni atinó á acompañarla, co- 
mo era su costumbre; y sin moverse de su 
sitio, desdobló el recorte, y se i>uso á leerlo 
con extrema avidez. 

De si'ibito, lo plegó, y se dejó caer en su 
asiento muda y helada. 

En la lista de los prisioneros y heridos 
graves, había tropezado su vista ansiosa con 
este nombre: Ilicardo Yaldemoros .... 

A esa hora, se notaba una gran agitación 
en el convento. 

Se acababa de saber por un ciclista emi- 
sario, que el tren mai-charía así que obscu- 
reciera, llevando botiquín y enfermeras hasta 



2iH) ACEVEDO DÍAZ 



Es (le piesuinir que lo sean en sn mayor 
parte. 

Infortunados! 

De t^Mlas maneras les es necesaria la 
iiHisteneia prolija de los seres qne los quie- 
ren; de ese estímnlo del earino noble, (lue 
no se cambia i>ornada en el mundo, y que 
tanto se echa de menos en la hora del pa- 
decer.... 

Sé qne nna comisión de hermanas va á 
partir (;on ese generoso i)ropósito, y quisiera 
dejarles este recorte, qne les puede ser útil... 
l)ara g:niarse i)or los apellidos.... 

— ^Oh, si señora! Démelo usted, por que yo 
me haré ca^r^o de eso. 

Tja señora (leorgia se quedó en suspenso, 
observando detenidamente á la joven. 

El acento de ésta había sido tierno y su- 
plicante, y extendido sus manos con una 
ansiedad incontenible. 

Luego de vacilar un momento, y conmo- 
vida á su vez, la maestra dobló en muchos 
])liegues el impreso hasta reducirlo al menor 
tamaño, y repuso: 

— Bueno, se lo i)aso á usted, y recuerde 
mis palabras al entregarlo; juies entre los 
heridos hay i>ersomis de distinción que de- 



MINES . , 201 

ben ser socorridas de inmediato, y se encuen 
tran en la soledad del camix) entre gentes 
extrañas. .. .¡Dios los salve á todos! Adiós 
mi adorable niña, ruegue mucho i^or ellos. 
Mañana volveré a acompañarla nn bnen rato. 

Y atrayendo á Mines, la estrechó contra 
su seno, como pudiera hacerlo una madre 
amorosa. 

Ella le retribuyó las caricias, sin decii; una 
palabra. 

La señora Georgia desapareció con la 
misma celeridad que había empleado al pre- 
sentarse. 

La novicia ni atinó á acompañarla, co- 
mo era su costumbre; y sin moverse de su 
sitio, desdobló el recorte, y se puso á leerlo 
con extrema avidez. 

De siíbito, lo plegó, y se dejó caer en su 
usiento luuda y helada. 

En la lista de los iirisioneros y heridos 
graves, había tropezado su vista ansiosa con 
este nombre: Kicardo Valdemoros .... 

A esa hora, se notaba una gran agitación 
en el convento. 

Se acababa de saber x)or un ciclista emi- 
sario, que el tren marcharía así que obscu- 
reciera, llevando botiquín y enfermeras hasta 



202 ACEVKDO DÍAZ 

una estación del norte, en enyas i)roximidades 
8e había i ini)ro visado un hospital de sangre. 

Con este motivo, la actividad se duplicó 
á fin de terminar el arreglo de los objetos 
que debían entregarse á sor Mercedes, encar- 
gada de dirigir la exi)edición. 

Ante lo inusitado del movimiento, Amelia 
corrió en busca de Mines. 

La joven no estaba ya en su celda. 

Cuando se repuso un tanto de la impre- 
sión sufrida, Mines salió al atrio i^ara evi- 
tarse internii)ciones, y penetró por allí á la 
ca])illa. 

Apenas se sentían sus pasos. 

Iba pálida como una muerta. 

Deslizóse fiígaz i)or la nave de la izquier- 
da, en momentos que el hombre de contex- 
tura recia y cuello bovino se ponía de 
rodillas ante el altar de San Koque, y se 
daba golpes en el pecho. 

Ella i)asó, y fué á prosternarse frente á la 
imagen de la virgen, sin más ruido que el 
que hacer pudiese una mariposa al cruzar 
el aire. 

J^n tanto duró su rezo, el devoto cambió 
de posición, sentóse en una silla baja de pino 
rojo, cruzó sus manos sobre ^1 abdomen, y 



MINES 203 



entró en beatífico sueño, salpicado de alguno, 
sonoros ronquidos. 

Sor Silenciaria, que había llegado á con- 
siderar de no poca temeridad el viaje resueltos 
entró á la capilla para iniciar un espiritual 
coloquio con la inmaculada; i)ero, un tanto 
inquieta por aquella sinfonía de bronquios, 
sin saber de donde provenía por la casi obs- 
curidad del recinto, tomó los rezongos por 
ecos de un armonio diabólico, y limitándosde! 
á liacer la señal de la cruz, se escurrió rápidfi 
de nuevo al claustro.. 

Cuando Mines, i)asados largos momentos, 
se reincori)oró, la sonata bronquial había 
concluido, y su extraño compañero de rezos 
no estaba ya en su silla habitual. 

Para el regreso á su celda, la joven volvió 
por el atrio. 

Allí se encontraba el sujeto velludo, con el 
brazo extendido y el puño cerrado, frente á 
frente de sor Silenciaria. 

Al notar aquello, la novicia se imaginó en 
el primer instante algo de amenaza en una 
mímica tan violenta; i)ero, no era así, según 
pudo inferirlo bien luego, por las pocas pa- 
labras que alcanzó á percibir en su tránsito 
veloz. 



204 A(^i:VEI)() DÍAZ 



Lo único que pretendía eon voz atildada 
de la lieruiana taciturna aquel varón reli- 
ííioso, era que se apresurase la venida del 
ea])ellán, ante quien quería esa tarde hacer 
alí»unos ])equerios descaraos de couídencia^ 
constándole que tan dif»no i)adre se marcharía 
pcn^ el tren de la noche. 

Este capellán merecía toda su confianza. 
Solo con él consumaría el sacramento, por- 
qiie estaba en los secretos de su alma pe- 
nitente. 

Mines siguió rápida el camino de la celda; 
y una vez allí, se encerró echando llave á 
la i)uerta. 

La actividad no cesó en el numasterio. 

Dos horas más tarde, cuando caía la no- 
che, veíanse agh)meradas gran niímero de 
])ersonas en los andenes de la estación cen- 
tral del ferrocarril, (*on motivo de la salida 
de un tren ex])reso. 

I)eu(h)s, amigos y funci(marios en perpetuo 
vaivén, se alternaban y reemidazaban en las 
nuiltiples oficinas recomendando cartas, visi- 
tas y recuerdos. 

('ada soldado, de los pocos que iban de 
custodia, tenía en torno un grupo de mujeres 
del imeblo, que suplicaban el envío de no- 



MINES 205 



ticias de sus parientes, apenas llegasen al 
lugar (le su destino. 

En aquella abigarrada concurrencia de dis- 
tintas clases sociales, duelos, anhelos y es- 
l)eranzas se unían por el lazo común del 
sentimiento. 

Las lágrimas y quejas podían más que el 
resuello de los rencores. 

Parecía que para la incertidumbre, el tiem- 
po era poco; y para odiar había mucho 
tiempo. El aborrecimiento al vencedor, era 
atenuado momentáneamente i^or la suerte que 
podía caber al vencido. 

De la conversación de los gruidos de mu- 
jeres, no era ñicil coger una frase entera, si 
bien hablasen sin cesar ni descansar, pero 
en cambio solían trascender en aquellas expan- 
siones confundidas, vocablos expresivos, la- 
iiientos vagos, reproches cariñosos, encargos 
<le abrazos y ternezas. 

El furgón tenía ya su carga comjíleta. Se 
1(^ había colocado detrás de la máquina; luc- 
ido seguía el vagón de la custodia, y i)or 
viltimo el de las hermanas é individuos de 
la cruz roja, á quienes acompañaban algunos 
médicos y i)racticantes para distribuirse en 
diferentes puntos del trayecto. 



2(M> ACEAT.Dí) DÍAZ 

Sor M('i(H»(lus y su conipañera la taciturna, 
se habían instnlatlo en un extremo del eoclie 
eon sus respectivas bolsas de viaje delante- 

(Quedaban algunos asientos libres. 

La noche se i)resentaba plácida, y muy 
azul, con una luna resplandeciente; lo que 
hacía tolerable cierta crudeza en la atmósfera, 
l)ropia i)ara fuertes rocíos. 

Muy contados segundos antes de sonar el 
silbato de partida, una mujer de andar rápi- 
do y ágil subió al tren sin imi^edimento al- 
guno del guarda que estaba en la plataforma, 
por haberla considerado tal vez hermaaa de 
caridad. 

Iba cubierta con un sobretodo negro de 
mangas amplias y capucha redonda ceñida á 
hi cabeza y bien plegada en la frente y me- 
jillas, de modo que quedasen semi-ocultas las 
facciones. Una i)resilla del mismo género, unía 
liermé ticamente los dos extremos del cuello. 

Su único equii)aje, (consistía en una pequeña 
l>alija de mano. 

Embargados los que allí se hallaban i)or 
preocui)aciones serias, no causó extraíieza 
alguna la ])resencia de esta dama, que fué 
á ocupar silenciosa un asiento cercano al de 
sor Mercedes. 



MINES 207 

Esta sí i)areció reconocerla. 

La recién llegada no dio muestras por su 
parte de timidez ó encogimiento, al instalarse 
junto á un ventanillo. 

Inclinó la cabeza sobre el pecho, i^uso sus 
manos dentro de las anclias boca-mangas, y 
filé su actitud de absoluta abstracción respecto 
á lo que iludiera ocurrir á su alrededor. 

Sor Silenciaria, como si recién se diese 
cuenta de lo que veía, liizo un movimiento de 
asombro, y miró á sor Mercedes. 

— Xo se le ocurra hablar ahora, hermana — 
dijo ésta con aire adusto. 

El tren arrancó. 



XVIII 
Bajo el fuego 

Kicardo liabía sido herido en uno de tan- 
tos ei)isodios de un combate encarnizado, de 
esos que se libran implacables entre herma- 
nos con lujo de denuedo. 

Kevistaba en una de las alas extremas, 
en un pequeño cueri)o de voluntarios, al que 



2()S ACEVEIK) DÍAZ 

había cabido una suerte desastrosa, compa- 
rada eon la sufrida i)or las demás unidades 
de pelea. 

El episodio se desarrolló entre asperezas 
l)ara eoneluir en un llano reducido, al decli- 
nar un hermoso día de otoño. 

Ordenadas las ñlas y distribuidos los pues- 
tos, sin poner reservas i)or lo precario del 
])ersonal en acción, el cuerpo de Ricardo 
entr(') al fue^o ocui)ando á su frente posicio- 
nes forzadas, aunque resultaron buenas para 
una recular defensiva. 

El terreno en (pie había hecho su desidie- 
j»ue aquella fuerza de iufantería, era muy 
accidentado y ])edre^*oso. 

Vn tala pequeño y algunas otras plantas 
agrestes, hirsutas, surgían disi)ersas entre 
las toscas, y sus delgados tnmcos no podían 
servir de parai)etos, antes bien, de blancos 
seguros h>s quitasoles de sus ramajes. 

En (*and)io, las canteras á flor de tierra 
acodadas y los salientes lomos de una muy 
vasta de gneis, eran utilizables para el res- 
guardo ])osible y la fijeza del tiro, y no ha- 
bía que desdeñar estas reducidas ventajas 
del sueh>, allí <hmde no se habían hecho 
sentir todavía los efectos del cañón. 



MINES 209 



Los hombres se tendieron boca abajo en 
orden abierto, ai)rovecliando cada uno lo más 
favorable de su sitio, y á la voz de mando 
enix)eñaron la pelea. 

Fué un duelo de larga duración. 

Muchas balas i)asaban i>or lo alto entre 
tañidos secos, otras se hundían en la tierra 
delante de la línea y no i)ocas rebotaban en 
los i)eñascos ó caían hechas tejos en medio 
de los combatientes, sin producir daño al- 
guno. 

Ricardo se batía á un flanco, hincado á 
medias en una espesa mata de espartillo. 

A su derecha, al fínal de un declive, una 
cañada con cauce lleno, formaba como una 
extensa herradura infranqueable. 

Casi encima de la barranca, entre él y el 
curso de agua, un sargento tirador disparaba 
su fusil bien eclmdo en el hueco de dos ro- 
casj y quién una vez, sin desatender su función 
importante volvió el rostro moteado de ])ól- 
vora, para decirle tranquilamente: 

— Si este infierno sigue así una hora más, 
ninguno de nosotros sale con el pellejo sano. 

En verdad el fuego era muy nutrido, y 
parecía ser ])Oco aquel espacio i>ara la lluvia 
de phuuo. 



21 () ACKVEIX) DÍAZ 

Estaba el aire cuajado de silbidos lúgu- 
bres, al punto de oeurrírsele agregar al mis- 
mo sargento; 

— Nunca oí tantos chasquidos ni en pororó. 
Es bueno que se eche, porque alguna de esaa 
largas le va á tocaí;. 

Ricardo no contestó. 

En ese instante, ordenaba á su flel Cirila 
que apurando en lo i)osible su zaino, trajera 
del parque siquiera cien cartuchos de repuesto. 

Xo dejaba de reconocer que aquel huracán 
de i)royectiles despedidos por armas de repe- 
tición, al cruzar la atmósfera como millares^ 
de víboras enfurecidas que hubiesen echado 
alas, solo i)odía concluir con una victoria 
inmediata, ó al bajar la noche con una há- 
bil retirada. 

Dándose una tregua de reposo, tornóse al 
sargento para dirigirle la i)alabra; pero al mi- 
rarlo, lo consideró ya tardío. 

El camarada se hallaba ahora boca arriba, 
con la i)arte inferior del rostro hundido en 
el pecho, mudo y tieso. 

Del extremo de su barba rubia, polvo- 
rienta, pendía á modo de carámbano un 
giueso coágulo de sangre negTa. 

El joven se acercó y lo sacudió. 



MINES 211 



Xada había que hacer. 

El i)royectil, penetrando bajo el labio, tan 
móvil y contráctil un momento antes, habta 
I)asado al cuello y recorrídole el cueri^o 
hasta buscar salida á mitad del nuislo iz- 
quierdo. 

liicardo se apoderó de los cartuchos, y vol- 
vió á su sitio. 

En tanto cargaba el arma, se le ociutíó 
l^ensar filosóficamente que el diálogo tenía 
l)oca vida cuando el máuser llevaba la pa- 
labra. 

Por algunos minutos continuó vaciando 
sus cápsulas, sin separarse del lugar que 
le correspondió en aquella zona de terribles 
fragores. 

De todos modos, pronto había de sonar 
la hora de concluir! 

De pronto, su compañero de la izquierda 
que estaba en el mismo ejercicio con tesón, 
l^álido y ceñudo, lanzó un quejido y rodó 
de costado con las dos manos en el vien- 
tre. 

Era muy joven; apenas le apuntaba le 
bozo. 

Cuando lo atravesó la bala, i)eleaba en 
cuclillas para fijar mejor el tiro. 



212 ACKVKDO DÍAZ 

TímIo «•llanto había callado en la pelea^ 
lo habló ahora, ronco y colérico, y al ha- 
cerlo se retorcía entre a^ifiulos dolores. 

En un corto lapso de alivio, pidió que le 
aplacasen la sed que lo devoraba. 

Los demás «'ombati entes continuaron sor- 
dos en sil crnda faena; y alj>:nnos, ciñénclo- 
se <*ada vez á los recaudos de jñedra. 

En ciertos rostros lívidos, ennegrecidos 
en i)arte por la humaza, p<míase bien en 
transi)arencia c(m los ojos saltones de una 
fíjeza dura la tiranía del instinto de propia 
conservación. 

IjOs oídos casi atronados por el mido de 
las exjdosiones, no recibían ecos, menos la 
voz del moribundo. 

Los mismos gritos, esos gritos heróieos 
que suelen lanzarse en el rigor del combate 
c<m el brío de un toque de clarín, se per- 
dían en el estruendo. 

El mocetón se arrastró un trecho sobre 
las rodillas, i)ara (*aer de espaldas junto a 
liicardo entre espantosas c<mvulsiones. 

Y allí se revolvió gritando: 

— IMen me decía mi madre que no vinie- 
se á la guerra, porque iban á dejarme mo- 
rir (M)mo un ])erro! 



MINES 2i:\ 

Las balas seguían cruzando en mayor can- 
tidad por encima de las cabezas, y muchas 
se hacían pedazos en las peñas esparciendo 
á todos rumbos sus fragmentos, guijarros y 
terrones. 

Del pequeño y correoso tala habían vola- 
do 'k trizas las ramas de la copa, y el tron- 
co retorcido aparecía cribado. 

Bien lejos, á retaguardia, algunos caba- 
llos dejados por imitiles, se veían ahora 
en tierra sacudiéndose de lomos con los 
cascos en el aire. 

Así que liicardo agotó su nnmición, puso 
el fusil en una ])iedra y echando mano á 
su cantimplora vacía, dirigióse veloz á 
la cañada, la llenó de agua y bebió mucha. 

La llenó segunda vez, y vino sin demora 
al sitio en que se revolcaba iracundo el jo- 
ven soldado. 

Miróle éste con ojos de extravío, alar- 
gándole el brazo, tembloroso, presa de una 
ansiedad indecible. 

Kicar(h) colocóle callado en la boca hecha 
yesca la cantimplora, de que él se apoderó 
con las dos manos, para sorber hasta la ill- 
tima gota. 

Ya sin fuerzas, la dejó caer sobre el pecho. 



214 AC^KVKIK) DÍAZ 



Sus labios se removieron sin poder arti 
i*ular vocablo alj^nno; i)ero señaló con la 
diestra á su compañero el bolsillo interior 
de la blusa. 

Lueí»() se reflejó en su mirada algo como 
una lund)re de gratitud; se quedó con ella 
])uesta en Ilicardo, estiróse entre temblo- 
res, y al ñn se i)uso rígido. 

Abrióle aquel la blusa, estrajo una cartera 
vieja de cuero anuirillo ceñida al medio por un 
cordón, y la guardó. Serían i)apeles de familia. 

üespués se incautó de los pocos proyec- 
tiles que c(mservaba el yacente en la cana- 
na, pasándolos uno por uno á las ftmdas de 
su bandolera, y colgó la cantimi)lora en la 
del cinto. 

Por último encendió un cigarrito de he- 
bra negra, cuyo humo aspiró con placer; y, 
empuñó la carabina. 

Como el enemigo había ganado terreno, 
y proseguía el avance con audacia, en cada 
alto arreciaba el turbión de balas, y llegó 
á acentuarse un movimiento de flanqueo de- 
cisivo. 

En esas horas trágicas el entendimiento 

suele nublarse, las pasiones embravecerse 

-como fieras acosadas, los hombres tornarse 



MUSES 215- 

en máquinas, el odio en fuerza motriz, los 
clamores refundidos en el estridor de la bo- 
rrasca en himnos á la muerte sin i)iedad ni 
perdón. 

Un aura así fatídica soplaba en la aspe- 
reza convertida en bastilla de corajes en- 
furecidos. 

Muy escasos proyectiles sumaban las car- 
tucheras que en variedad de formas usaban 
estos combatientes, y aunque pedidos por 
reiteradas ve(*es no llegaban renuevos ni 
fuerzas de ])rotección. 

Un gran trozo de caballería se dispersó 
con estrépito en uno de los extremos; y la 
metralla hacíase ya sentir en los pedregales 
para disolver los iiltimos puestos de resistencia. 

Cuando se dispuso el repliegue, se hundía 
el sol con un color rojo de sangre entre 
negTos vapores. 

Las tromi)as del vencedor tañían dianas. 

Empezó entonces la retirada en desorden. 

Al vadear un brazo fangoso de la caña- 
da, fueron volteados algunos hombres. 

Por delante, se alejaban á paso lento va- 
rios heridos que iban arrastrando sus fusi- 
les ó se apoyaban á treguas para tomar 
alientos. 



210 A(^i:VKI)0 DÍAZ 



hha uect^siuio imj)r()visailes un aiiteiuiiral 
para qne la oleada de dispersos agiomerán- 
dose sobre el vado, no arrastrara los más 
animosos y presentase enorme blanco al 
nutrido fue^o del vencedor. 

Ricardo, que marchaba de , los últimos, se 
]>ar() de ])ronto, prorrumj)iendo con voz en- 
tera: 

— Llej^ó la hora.... A ver cuántos son los 
(pie vienen conmigo! 

Diez ó doce hombres silenciosos, pero re- 
sueltos, le secundaron. 

Parecían de aquellos á quienes en reali- 
dad no im])one lo crudo de la lucha, y en 
los momentos críticos de la derrota hacen 
uso de la reserva de braA^ura que han ^iiar- 
<lado en sus fuertes coraz(mes para vender 
cara la vida. 

Así que pasó la avalancha de los prófií- 
^"os, muchos de ellos exhaustos de munieio- 
nes, Ki cardo y los suyos saltaron el brazo 
lodoso de la cañada, y diercm el frente en 
el ribazo, á mitad de un valle estrecho, jja- 
ra facilitar á h)s heridos el acceso y i)asaje 
<le un pequeño calvario que allí cerca se 
veía, y tras del cual podían recibir auxilios. 

Vov uno de los costados de ese calvario 



MINES 21' 



y von asombro de los fugitivos, apareció un 
inete á gran galope que eneaminó su mon- 
tura hacia el grupo que daba cara al peli- 
gro en aquellos minutos angustiosos. 

Traía colgado al cuello una bolsa de cue- 
ro repleta de cartuchos. 

— Llegué tarde? — preguntó con las fac- 
(íiones descompuestas por la carrera, la fa- 
tiga y la ansiedad. 

Y arrojó la bolsa sobre las hierbas. 

— Cualquier hora es buena para morir, 
Cirilo, — resx)ondió Valdemoros que en cor- 
to lai^so de tiempo había visto desplomarse 
á tres de sus compañeros. 

Himul tá nieain<en-te un proy ect i 1 , penetrando 
por la abertura del recado de Cirilo, deslo- 
mó su zaino, que se abatió de golpe como 
herido por una chispa eléctrica. 

El cambujo cayó parado, barbotando con 
ftereza: 

— Para qué lo quiero, si no he de dis])a- 
rar! 

Y o(*ui)ó puesto en la línea, con la agi- 
lidad del cimarrón bravio que se revuelve 
contra la bala que silba i>ara triturarla con 
los dientes. 

Entre sonhis descargas y agudos ecos de 



2\H ACn^AEDO DÍAZ 

trompas, la fuerza de avance vaciló ante 
aquella obstinada resistencia, y abrió un 
claro á la acción de la metralla. 

(íirilo se derrumbó con el cráneo destro- 
zado. 

Val demoros qne concluía de hacer tiro y 
ponía nueva car¿»a, dijo á media voz inal- 
terable: 

— Me has pmado nna jornada!.... 

En tanto así se mantenía esta pelea en- 
tre caballos derribados que servían de ba- 
rrera y de mampuesta a los tiradores, el 
cañón calló de i)ronto; y el grueso de tro- 
pa del asalto coronando las alturas, reforzó 
su primera línea de fuego. 

La diminuta guerrilla i)rotectora ftie en- 
vuelta por un torbellino de i>lomo. 

En medio de terribles explosiones, Ricar- 
do alzando los brazos lanzó un grito enér- 
gico, escapósele de la diestra la carabina, 
y cayó de espaldas. 

Sobre este cuadro lúgubre distendía- ya el 
crepúsculo sus velos de cresi)ón, cuando una 
comi>afiía de fusileros cuyo cai)itán venía 
herido en la cabeza, llegó al juncal funesto 
convertido en i)antano de sangTe todavía 
•caliente. 



MINES 219' 



XXI 



Horas amargas 

El oficial que acababa de ^aiiar la posi- 
ción y que era de escuela, evitó que se ul- 
timase á Eicardo y se le despojara de sus 
prendas. 

De allí, á un kilómetro^ se encontraban 
las. poblaciones de. una estancia, i)ropiedad 
de un ganadero brasileño^ ausente á la sa- 
zón con su familia. 

La casa jmncipal conservaba el mobilia- 
rio, y ftié una de las que se solicitaron i)ara 
la asistencia de heridos en los primeros mo- 
mentos. 

Este edificio distaba muy corto trecho de 
una estación ferroviaria^ lo que facilitaría 
el transporte de aquellos á Montevideo ú 
otros centros urbanos, apenas ftmcionasen 
con regularidad los trenes. 

Valdemoros^ en quien su generoso adver- 



220 ACEVKIK) DÍAZ 

sario había reconocido á uno de sus eondis- 
^•ípiilos distinguidos, fué llevado á aquel 
punto con esi)eciales recomendaciones. 

Se le alojó en una pequeña pieza con 
ventanilla al campo, provista de lo indispen- 
sable) y se le atendió con noble solicitud 
])or el doctor ('aserio^ del servicio militar. 

La herida era en el pecho. El proyectil 
había atravesado un pulmón y salido i)or la 
iíspalda, sin lesión de huesos. 

Algún tiempo iba transcurrido desde el 
suceso. A fin de prevenir la infección el 
médico hizo la higiene del caso^ con deli- 
i'ado celo. 

Si aquella no sobrevenía, era de confiar 
Kpie se operase h\ formación de la meanbra- 
na epitelial, y en conclusión la del tejido 
de cicatriz que obturase el orificio. 

De todos modos, cualquier complicación 
])osterior podría ocasionar la hemoptisis por 
un simide desgarre. 

El estado del enfermo se diagnosticó de 
grave. 

En las lunas subsiguientes á la primera 
<;ura, Eicardo se sintió bien. No hubo ma- 
nifestación de pus ni fenómeno alguno anor- 
mal en los lóbulos pulmonares. 



MINES 221 



ün día después, por la noche, luego de un 
■examen reposado, el facultativo reserv'ó su 
pronóstico. 

El herido pasó esa noche inquieto. En 
la madrugada se apoderó de el la fiebre, con 
un poco de delirio. 

(.erca del mediodía, llegó á la estación 
próxima el exx>reso que c(mducía á sor Mer- 
cedes. 

Mientras realizaba el trayecto á pié con 
sus comi)aneros^ que traían consigo sus bol- 
sas de viaje, dijo á la novicia dándole re- 
caen la mano. 

— Ha sido el suyo un gran acto de ab- 
negación. 

— Un deber de conciencia, hermana^ — li- 
mitóse á contestítt" la joven." 

Conocíase en los rostros de las religiosas 
que habían hecho vigilia entera. 

Llegadas á la casa, sor Mercedes se puso 
á órdenes del doctor Caserío, quien la ins- 
truyó de todo lo pertinente, y presentóle los 
enfermos que exigían cuidado solícito y cons- 
tante. Uno de ellos era Bicardo. De éste le 
dijo que á pesar de su constitu(íión robus- 
ta, era de temerse una gravedad mayor, pues 
se había demorado un poco hi diligencia de 



222 A(ÍKVEDO DÍAZ 

desinfección, por falta de medios de trans- 
l)orte al hospital improvisado, y qne debía 
contraerse á combatir la ftebre por los me- 
dios qne indicaba. 

Las hermanas entraron de lleno á sn mi- 
sión, sin i)ensar en el descanso, despnés de 
aqnel largo viaje lleno de intermitencias y 
zozobras. 

Valdemoros mereció sns primeras atencio- 
nes. 

Encontraron al herido en nn estado de 
somnolencia febril. 

Un i)racticante acababa de tentar iniítil- 
mente qne tomase una cápsula de quinina^ 
pues á ello opuso tenaz resistencia. 

Al retirarse dyo á sor Mercedes: 

— Ha llegado hasta la amenaza. Parece 
que despreciara la vida. Quizás usted pueda 
más que yo. 

El termómetro quedó en más de treinta y 
nueve y medio. 

A intervalos^ Ricardo emitía i)íilabras en- 
trecortadas, moviendo la cabeza de súbito, 
como si la sintiera oprimida por un i)eso 
intolerable. 

Sor Mercedes, que había puesto en orden 
en una mesita los remedios, y seguía la& 



M1NÉ8 223 



contracciones del paciente, se apresuró á 
ofrecerle ima cápsula, con el tacto que le 
^ra peculiar en esta clase de tratamientos. 

El herido se resistió, moviendo otra ve^^ 
de uno á otro lado la cabeza á manera de 
péndulo, de un modo inconsciente, mecánico, 
instintivo. 

La hermana, siempre calmosa, i^robó la 
opresión suave en los costados de la boca, 
y le entreabrió los labios, tentando poner la 
droga, á la menor docilidad. 

Esta no asomó. 

Cuando los labios tremulaban y se moA ían 
para dar paso á algiin eco del delirio, i)ron- 
to volvían á cerrarse, y sentíase el roce de 
los arcos dentarios al ceñirse con energía. 

Sor Mercedes se sentó de nuevo junto á 
la cabecera, desistiendo por un instante de 
su propósito. 

Arreglóle un poco la almohada, y esperó, 
sin que en su semblante marmóreo se nota- 
se alteración alguna. 

Era una mujer de mirada plácida y 
un aire profundamente resignado, dueña de 
sí misma, grave y discreta. Denunciaba por 
«u actitud, sus modales, sus nobles reser- 
vas, que no había equivocado la vocación. 



224 ACEVKIH) DÍAZ 

Sin im)mrit»ii(*ias ni sobresaltos, ponía losi 
ojos en el enfermo, y le soeorría templada y 
dnleemente, á veees i)or intuieión, así que 
notaba la necesidad de la ayuda. 

Tal i)roeedía von Kieardo, sin tomarle de 
sor])resa sus naturales rebeldías, eonftada 
aeaso en la efteieneia de sus recursos. 

Así, con el mayor reposo, al oír las pa- 
labras Tnc(dierentes del herido, que se suce- 
dííin con más frecuencia, colocóle bajo el 
brazo derei'ho el termómetro; y ensayó de 
nuevo las cái)sulas, pero con el mismo re- 
sultado nepitivo. 

S<n* Mercedes coji^ió entonces una eajita, 
entre otras que estaban en la mesa, y que 
contenía polvo de quinina; echó cierta can 
tidad en una copa i)equeña, en la que vertió 
un poco de a^ua, la agitó bien y revolvió 
con una (tuchara hasta disolver el reme- 
dio. 

En seguida la puso al alcance de sii ma- 
no, y dejó transííurrir algunos minutos, los 
suft(»ientes i)ara retirar el termómetro. 

Marcaba cuarenta, dos quintos más que 
una hora antes. 

El reloj señalaba las (mee. 

La hermaim revolvió el líquido de la cojja 



MINES IJIJO 

segunda vez, lo observó al trasluz, y levan- 
tando un i)oeo la cabeza del herido, hizo 
presión con los dedos en la parte superior é 
inferior de la boca i)ara obligarle á sorber 
el licor benéfico. 

Igual obstinación. 

La enfermera duplicó su esfuerzo enérgi- 
co; pero él sacudió con vigor el torso, que 
se curvó como un arco, y apretó las man- 
díbulas á modo de extremos de tenaza. 

8or Mercedes lanzó un débil suspiro, y 
se apoyó siempre silenciosa en el ángulo del 
lecho, con la copa en la mano. 

Ki cardo continuó delirando con ])al abras 
cortas, ásperas, ininteligibles. 

Una de las otras dos hermanas, que i)er- 
manecían (piietas, (íomo sepultadas en el 
fondo obscuro del aposento, abandonó sin 
raido alguno su silla, y acercándose á sor 
Mercedes, alargó su brazo hacia la ])eque- 
na copa, diciendo en voz muy queda y tí- 
mida: 

— Hermana, me i)ermite usted? 

S(n- Mercedes, sin contestar nada, le pa- 
só lentamente la copa y lo cedió el ])uesto. 

La que á esto se había atrevido era la 
novicia. 



224 A(U:VK]K) DÍAZ 

Sin impaciencias ni sobresaltos, ponía los^ 
ojos en el enfermo, y le socorría templada y 
(Inleemente, á veces por intuición, así que 
notaba la necesidad de la ayuda. 

Tal ])rocedía (*on Ricardo, sin tomarle de 
sor])resa sus naturales rebeldías, confiada 
a(*aso en la eficiencia de sus recursos. 

Así, 'con el mayor reposo, al oír las pa- 
labras incoherentes del herido, que se suce- 
dían con más frecuencia, colocóle bajo el 
brazo derecho el termómetro; y ensayó de 
nuevo las cápsnlas, pero c(m el mismo re- 
sultado negativo. 

Sor Mercedes cogió entonces nna cajita, 
entre otras que estaban en la mesa, y que 
contenía iiolvo de quinina; echó cierta can- 
tidad en nna copa pequeña, en la que vertió 
un poco de agua, la agitó bien y revolvió 
c(m una cuchara hasta disolver el reme- 
dio. 

En seguida la puso al alcance de su ma- 
no, y dejó trans(;urrir algunos minutos, los 
suficientes para retirar el termómetro. 

Marcaba cuarenta, dos quintos más que 
una hora antes. 

El reloj señalaba las (mee. 

La hermana revolvió el líquido de la <M)pa 



MINES UIJÜ 

segunda vez, lo observó al trasluz, y levan- 
tando un i)oeo la cabeza del herido, hizo 
presión con los dedos en la parte superior é 
inferior de la boca para obligarle á sorber 
el licor benéfico. 

Igual obstinación. 

La enfermera duplicó su esfuerzo enérgi- 
co; i)ero él sacudió con vigor el torso, que 
se curvó como. un arco, y apretó las man- 
díbulas á modo de extremos de tenaza. 

Sor Mercedes lanzó un débil suspiro, y 
se apoyó siempre silenciosa en el ángulo del 
lecho, con la copa en la mano. 

Kicardo continuó delirando con ])alabras 
cortas, ásperas, ininteligibles. 

Una de las otras dos hermanas, que i)er- 
manecían quietas, (íomo sepultadas en el 
fondo obscuro del aposento, abandonó sin 
ruido alguno su silla, y acercándose á sor 
Mercedes, alargó su brazo hacia la ])eque- 
na copa, diciendo en voz muy queda y tí- 
mida: 

— Hermana, me ])ermite usted? 

S(n* Mercedes, sin ccrntestar nada, le pa- 
só lentamente la copa y le cedió el ]mesto. 

La que á esto se había atrevido era la 
novicia. 



1*1*0 ACKA'IOIH) DÍAZ 

Eíliósc lijeranuMite liácia atiás las ondas 
de su velo y se inclinó bien hasta ponerse 
easi en contacta» eon el herido. 

DesjMiés de un instante de hesitación, 
deslizó su brazo bajo la nuca de liicardo, 
le alzó la cabeza i)ara dejarla en imsición 
aílecuada, y le puso entre los labios el bor- 
de del cristal. 

El joven contrajo sus nuisculos faciales 
^*on una mueca de dolor, y sei)aró aquellos 
sieini)re ])lepulos, secos, ardientes. 

Entonces, la novicia juntó á la de él su 
mejilla con firmeza, y murmuró á su oído 
quedito, como un hálito de paz que lucha 
con un hálito de fiebre: 

—Sí.... sí! 

Eicardo cesó rei)entinamente de agitarse, 
y abrió los ojos, que hundidos en sus cuen- 
cas, solo expresaban extravío. 

EUa alzó despacio su seuddante y lo miró 
en las pupilas. 

El herido plegó otra vez los ]>árpados con 
lentitud, y la enfermera estrechándolo en 
su hond)ro c(mio á una criatura, le acercó 
de nuevo la copa, que ahora él bebió hasta 
la iiltima gota, con pausa, aunque penosa- 
mente. 



MINES 227 

Al desprenderse, la novicia se irguió as- 
l)irando el aire con ansia, cual si hubiera 
beclio un grande esfuerzo; dejó la copa en 
la mesa, arreglóse el velo y á i)asos inse- 
guros volvió á su asiento. 

Allí se estuvo largo rato sin levantar la 
cabeza; pero, cuando llegó á alzarla, se en- 
contró con los ojos verdosos de sor Merce- 
des, que la miraban de un modo i)enetrante 
e inquisidor. 

Pasado algún tiem])o, ella invitó á la no- 
vicia a repetir la i)rueba. 

El herido, que parecía gozar de relativa 
calma, no opuso tam])oco esta vez resisten- 
cia mayor; pero sin abrir los ojos y con 
muestras visibles de fatiga. 

Cuando un reloj de pared, en la habita- 
ción contigua, daba las dos de la madruga- 
da, concilio un poco el sueño. 

Minutos después, una hermana vino en 
busca de sor Mercedes y de su compañera; 
cambió con la primera algunas ])alabras muy 
bajas en forma de rezo, y i)ronto salieron 
las tres quedándose sola la novicia, callada 
é inmóvil en su asiento. 

Del interior, solían venir rumores tristes, 
ayes ])eriódicos, quejas amargas. 



22.S Ai KVEDO DÍAZ 

El ruido de lavajes y desinfeeeiones era 
frecuente. 

Un eñu\ io de carnes maceradas ó des- 
compuestas, unido al olor del iodoformo se 
distendía é iba condensándose luego en aque- 
llos reducidos espacios, hasta deprimir la 
atmósfera vital. 

Los escasos muebles aparecían en desor- 
den, no i)ocos sembrados de hilas y vendas 
ya inservibles. 

La mari])osa (pie ardía en el vaso, seguía 
dando su débil claridad, la indispensable 
l)ara percibir los objetos á medias tintas. 

I^a puerta que daba á un zaguán estrecho 
y en tinieblas, estaba entornada, tal cual 
la dejanm las hermanas al salir. 

Por allí as(unó la cabeza y olfateó un pe- 
rro de campo, cual si buscase al amo ó si- 
guiese un rastro. 

La no\ácia se levantó, y andando en pun- 
tas de pies, cerró la entrada. 

Con el mismo sigilo, se dirigió á una \'eii- 
tanilla que daba al campo, y la entreabrió 
lo bastante para renovar el ambiente. 



MINKS 229 



XX 



La pócima y el beso 



Una ráfaga de aire puro penetró en el 
}i])osento. 

La noche aparecía sin velos, serena, trans- 
parente, con los astros muy brillantejS. 

En el nexo próximo de dos colinas sin 
árboles, allí cerca, se destacaban varias tien- 
<las dispersas, refugio de otros heridos. 

A través de estas lonas grises lucían al- 
gunas i)obres claridades, velas de sebo sos- 
tenidas en inmtales de madera. 

Próximo a la ventanilla se elevaba un 
ombú joven, copiulo y ramoso, desde cuya 
cima un zorzal lanzaba á intervalos sus no- 
tas plañideras. 

La joven respiró con fuerza el aura man- 
sa durante segundos; y ya satisfecha afir- 



2'M) ACKYKT>0 DÍAZ 



inó coiiH) piulo líi lioja <le la ventanita, á 
fin (le que lu) se abriese del todo, y se vol- 
vió hacia la eania de Kieardo. 

Kste seguía en su rex>oso. 

Le examinó eon euidado el veudaje del 
l)ee]io, tanteóle el pídso eon su maneeita de 
seda, eouipiísole el abrigo, i>asóle un i)añue- 
lo por las sieiu^s, le aderezó el eabello (*on 
eierto deleite; y heeho esto miró á todas 
partes temblaiulo, cual si recién se penetra- 
se de sus procederes y temiera oir una voz 
de sospecha ó de rei>roche rudo. 

La apacibilidad ó la indiferencia aparen- 
te de su rostro, había desaparecido. 

De sus ojos pardos sur^íía una expresión 
intétíéa de ansiedad, y |H>r el latir de sus 
arterias ^HMlía ella creer que le había conta- 
jiiado el lierido su liebre. 

lnsiH»ccionó los i^meilios, preparó la laci- 
nia de quinina, gnuluó el termómetro, y 
ajrnanló llena de enu>ción el momento de 
administrar aquella. 

Donuíal Paivcía que el delirio ya no ha- 
bía de volven que la tiei-a dejaba de ensa- 
ñai*se iH>n su iH>biv ciieriK) destn>zado, y 
*H* el vértijro no stn*ia dueño de su cerebix^ 
M^ ñ'á:rua. 



MINÉH 2'M 

A las seis debía venir el médico. 

¡Ay, que horas largas!... 

Así preocupada, la novicia no separaba 
la vista del i)aciente, atenta al mínimo mo- 
vimiento, celosa de sns deberes, más anhe- 
lante que nunca de trasmitir sus humildes 
consuelos al que sufría. 

Cuando ella no lo esperaba, liicardo des- 
])ertó, alzando con lentitud los párpados 
marchitos. 

Al principio fué su mirar vago; ])ero, 
luego, como presintiendo la x>i*<*''^ií^i<^^^l 
de alguien en la semi-obscuridad que ro- 
deaba el lecho, volvió un tanto la cabe- 
za, y fijó en la novicia sus ojos obscuros 
y relucientes. 

TTn buen minuto los tuvo en ella, cerrándo- 
los á breves lapsos, cual si quisiera cercio- 
rarse de que no era todo fruto de su mente 
enferma; hasta que alguna lijera crispación, 
denunció en él cierto estupor, porque vol- 
viendo á bajar los i)árpados por entero, bal- 
buceó : 

— Ah! .... un sueño ... 

— Porqué, sueno? — i^reguntó una voz suave, 
insinuante, cariñosa. 

Y al mismo tiemx)o, una mano tibia oi>ri- 



2'M) ACEVEDO DIAZ 



mó coiüo pudo líi hoja de la ventanita, á 
fin de que no se abriese del todo, y se vol- 
vió háeia la cania de llieardo. 

Este seí^uía en su reimso. 

Le examinó con cuidado el vendaje del 
])echo, tanteóle el pulso con su nianecita de 
seda, coin]nisole el abrigo, pasóle un i)anue- 
lo por las sienes, le aderezó el cabello con 
cierto deleite; y hecho esto miró á todas 
partes temblando, cual si recién se penetra- 
se de sus procederes y temiera oir una voz 
de sospecha ó de reproche rudo. 

La apacibilidad ó la indiferencia ai)aren- 
te de su rostro, había desaparecido. 

De sus ojos pardos surgía una expresión 
intéííí>a de ansiedad, y por el latir de sus 
arterias podía ella creer que le había conta- 
giado el herido su fiebre. 

Inspeccionó los remedios, preparó *Iá póci- 
ma de quinina, graduó el termómetro, y 
aguardó llena de emoción el momento de 
administrar aquella. 

Dormía! Parecía que el delirio ya no ha- 
bía de volver; que la fiera dejaba de ensa- 
ñarse con su pobre cuerpo destrozado, y 
que el vértigo no sería dueño de su cerebro 
hecho fragua. 



MINES 2o 1 

A las seis debía venir el médico. 

¡Ay, que horas largas!... 

Así i^reociipada, la novicia no separaba 
la vista del paciente, atenta al mínimo mo- 
vimiento, celosa de sus deberes, más anhe- 
lante que nunca de trasmitir sus humildes 
consuelos al que sufría. 

Cuando ella no lo esperaba, Ricardo des- 
l)ertó, alzando con lentitud los i^ári^ados 
marchitos. 

Al i)rincix)io fué su mirar vago; pero, 
luego, como i)resintiendo la i)roximidad 
de alguien en la semi-obscuridad que ro- 
deaba el lecho, volvió un tanto la cabe- 
za, y ñjó en la novicia sus ojos obscuros 
y relucientes. 

TTn buen minuto los tuvo en ella, cerrándo- 
los á breves lapsos, cual si quisiera cercio- 
rarse de que no era todo fruto de su mente 
enferma; hasta que alguna lijera crispación, 
denunció en él cierto estupor, i^orque vol- 
viendo á bajar los i)árpados i^or entero, bal- 
buceó : 

— Ah! . . . .un sueno . . . 

— Porqué, sueño? — preguntó una voz suave, 
insinuante, cariñosa. 

Y al mismo tiemi)o, una mano tibia oi)ri- 



2:\2 ACEVEDO DÍAZ 

mía otra de las suyas, en un rapto de efu- 
sión incontenible. 

— Es Mines que me habla?. . . . 

— La misma. Es Mines que viene en busea 
de su compañero de otros días, para aliviarlo 
en sus dolores .... No me quieres á tu la- 
do?. . . . Díme si te daña mi presencia, 
que no faltarán almas i^iadosas que velen 
por tí. 

— Ob, no! — repuso el joven apelando á to- 
das sus fuerzas para sentarse en el lecho. 
— Ninguna como tú irdTH mi consuelo, acaso 
el iiltimo que recibiré! .... 

Al exi)resarse así, se creería que había re- 
cobrad© i^Y completo la salud; una anima- 
ción siibita llenó todo su organismo postrado, 
y sus manos temblorosas buscaban con ahinco 
las de Mines para estrecharlas y comunicar- 
les el goce ineíiible que resurgía en su esi)í- 
ritu hondamente impresionado. 

La novicia, á su vez, i)or una transición 
extraña, se sentía atraída y fascinada al con- 
tacto con el joven; una transformación re- 
l)entina se fué operando en ella á medida 
que la emoción iba en aumento, y bajo su do- 
minio, le echó los brazos al cuello, diciéndole 
con el encanto de un arrullo: 



MINES 2;33 



— Porqué el último consuelo! .... Piensas 
moiirtel Ah, no! que estoy yo aquí. . . .Yo te 
salvaré, mi Ricardo, mi único amigo. Qué 
alegría tengo de verte contento en ésta hora 
ilespués de tanto sufrir .... No te has acor- 
dado de mí, muchas veces? .... 

— Siemi)re Mines. Yivía de tu recuerdo . . . 
Ahora serás mi ángel protector. 

— Ángel, nó, pobre de mí! .... Tu amiga, 
tu hermana, tu enfermera. ... 

— Todo eso es poquito. 

— Poquito? — moduló ella bañándolo con la 
luz de sus ojos. — Poquito. . . .Oh! 

Y ahogando una esi^ansión que le hizo on- 
<liüar el seno, le puso la cabeza en la al- 
mohada, como si se tratase de un niño, le 
acarició la sien, lo contempló de hito en hiix), 
mezclando su aliento iniYo con su aliento fe- 
bril, y al fin murmuró con una vocecita ar- 
moniosa, dulce, arrobadora: 

— ¿Es que tú quieres hablarme de amor? 
.... Los enfermos no piensan en esas cosas, 
ni yo puedo oirías. 

— Así harás que siempre tenga el alma en- 
ferma de verdad. 

— Oh! dos males á la vez sería muy cruel. 
Xo habría cura .... Es i)reciso ser juicioso. 



;:U A(^EVK1)() DÍAZ 



liicardo. . . .Deja ese pensamiento. . . .al me- 
nos hasta qne estés sano y fuerte. 

En tanto así hablaba, le oi)rimía la cabeza 
contra sn pecho qne palpitaba con violencia, 
como si el c<nazón se moviese á saltos. 

— Dechirame <pie tn almita es mi gemela, 
y (pie si hay i)eca(lo .... 

— Hi, que lo hay! 

— Es tan dulce pecar! 

— Te va á aumentar la fiebre — arguya 
Mines, deslizándose del joven. — Calla, 
^quieres? voy á darte el remedio; ya debe 
ser tiemi^o. . . 

Asió la coi)a que tenía preparada y la 
agitó lo necesario, acercándola delicadamente 
á la boca del herido. 

Este, que había vivi(h) extrema dicha en 
aquellos cortos segundos, aún cuando sen- 
tía renacer agudos sus dolores, quiso gustar 
todavía del deliquio, y se rehusó c(m un pre- 
testo: 

— Es muy amargo! Si tú lo endulzas. . . . 

Y se apoderó de la mano que quedaba li- 
bre á la novicia, con un movimiento apasio- 
nado y un gesto suplicante. 

El zorzal del ombú seguía vertiendo ú 
raiulales sus silbos melodiosos, destacándose 



MINES 2,U> 

nítidas las notas en el silencio de la alta 
noche. 

Kecién parecieron i^oner atención los dos 
iú himno solemne del noctámbulo alado^ en 
extraño concertante con el himno de sus al- 
mas; hasta que Mines dijo, estremeciéndose: 

— Bebe primero. 

El apuró la pócima, y se quedó mirándola 
embelesado. 

La linda cabecita de la joven, toda en- 
vuelta en el tul blanco, (;asi invisible su 
cueri)o en la pemmibra, bien x>odía recordar 
en ese momento una de las imágenes angéli- 
cas de un lienzo maestro. 

Apenas sorbió liicardo el brevage, elhi ten- 
dió el brazo, trei^idó un instante; pero pronto 
encorvó x>oco á i>oco el talle gentil, ftié acer- 
cando su boquita muy roja á los labios can- 
dentes del herido, y se los selló al fin c(m un 
beso de intensa ternura. 

— Gracias! Ahora imedo morir. 

Ella le posó. la mano en la ft^ente, juesa de 
fuerte congoja, y rei)uso: 

— Tienes que obedecerme en todo .... No 
hables más, ni menos así .... Me lo pro- 
metes? 

— Te lo juro. 



Al 11iVJ^^i-»U JJIAZ. 



Entonces se arrancó de sn lado vacilante,. 
y fnése á la ventanita, en cuyo marco apoyóse 
para interroí>arse á sí misma. 

Había quedado inquieta, bajo zozobra y 
(*ontusión, después de aquella escena tan dis- 
tinta de sus hábitos y vida de oraciones. 

Su pensamiento divagaba de la casa pa- 
terna al convento, á la iglesia, al coro, al lios- 
l)ital; acudían desordenados á su memoria los 
recuerdos apacibles de su primera edad para 
unirse con las emociones presentes, tan vi- 
vas y palpitantes; y por último en esa odisea 
de su espíritu, éste llegaba á detenerse y con- 
(*entrarse todo entero ante el ser que estaba 
allí abatido por el dolor, que la ataba con 
fuerza imponderable á su destino con el he- 
chizo de su afecto y la magia de su len- 
guaje. 

Cuan in(*olora le parecía en ese momento 
la i)legaria sencilla, ante los gritos vehemen- 
tes de su corazón! 

Aquella i)legaria á lo desconocido, á lo im- 
l)alpable, á lo augustamente poderoso, se 
encerraba siempre en una fórmula invariable, 
moilótona, triste; y estos gritos agiulos que 
salían del fondo de su pecho la empujaban á 
un mundo de impresiones, que no era el 



mundo de las prácticas humildes, de contri- 
eeión perpetua y de aislamiento poblado de 
imágenes silenciosas, sino cuajado de esplen- 
dores, de encantos ignotos, de cariños entra- 
ñables .... 

Y no era tan solo el hechizo de la simpa- 
tía, no era tampoco la elocuencia para ex- 
l)resarla, lo que había dominado sus sentidos 
y embargado su mente sugiriéndole delicio- 
sos ensueños y doradas ilusiones; era un 
vínculo de la infancia feliz que había crecido 
en la juventud ardorosa, entrelazando los 
candores de entonces con los deseos de ahora, 
las prístinas purezas de niña con las ansias 
indeflnibles de la mujer, los pudores de la 
virginidad con los anhelos secretos é irresis- 
tibles del amor! 

Después . . . . á ella la habían llevado al 
c(mvento pequeña. Lo que sabía lo había 
n])rendido allí. Le enseñaron á adorar lo di- 
vino sin tasa, como única salvación del alma; 
á consagrarse al ejercicio duro de aliviar las 
])enas sin otro goce que el de la esi)eranza 
en las recompensas de la vida futura; y á 
orar siempre, sin descanso, por los que están 
en la tumba y i)or los que lloran en la tie- 
rra. Al hombre, debía temerle siempre! 



2;5«S Af'KVK:)0 DÍAZ 



^TíMiíji v\h\ h\ ('iil])íi dv llevar un hábito, 
(le no ser eomo Ijis demás mujeres, de huir 
del bullicio uiundanal, de no eoneeder nl 
l)ropio corazón un poco siquiera de lo que á 
otros se concedía por piedad? 

Ay, él está gritando contra mí! .... Aún 
estoy en tiempo ... si él se salva! En tiem])o? 
sí ... . todavía .... 

La novicia sacudió la cabeza, como para 
espantar un i)ensamiento que la uiortifícara, 
y ])legó las manos, i)rorrumi)iendo en alta voz : 

Por tí diera todo mi ser! 

El zorzal del ondm ]n^eludió muy suave, y 
se engolfo luego en su himno de voces vi- 
brantes cual si saludase la luz blanca que 
surgía en el oriente. 

Venía el alba, y sobre el horizonte lím- 
pido fulguraba el lucero, como un broche 
enorme de oro y de topacios que ciñese los 
])liegues de lui inmenso dosel azul. 

Al ver la claridad lejana. Mines corrió al 
lecho del herido. 

La marii)osa de luz aleteaba como un co- 
cuyo moribundo. 

Cogió ella el vaso con cuidado para utili- 
zar sus postreros res])landores, y alumbró el 
rostro de Eicardo. 



MINES 23í> 

Dormía sin fatiga. 

Mines sintió que la inundaba la alegría; y 
eolocíando sin el menor ruido el vaso en su 
lugar, retornó á la ventanita, sonriente, llena 
de alientos para decir ahora a la mañana, 
qjie envidiaba más que nunca los brillos y 
colores de su hermosura. 

La aurora desplegaba sus esidéndidas ga- 
las sin una nube, se oían más sonoros los 
silbos del zorzal, y cien rumores lejanos di- 
fundían una oleada de renacimiento con el 
nuevo sol próvido y fecundo. 

Este despertar lleno de ecos, vahos y des- 
tellos aumentó sin duda en Mines el jiibilo 
que la embargaba, porque muy lenta y dul- 
cemente se desprendieron de sus labios como 
gotas de rocío de la planta en flor, estas i^a- 
labras, que eran un salmo á la realidad ado- 
rable: — que dulce es el amor! 



240 A('K\ ¡:i)() DÍAZ 



XXI 

Dúo solitario 

Irisadas eran las cimo, cuiaiulo reapare- 
iíió sor Mercedes seguida de la taciturna. 

Hasta esa hora las había retenido el 
cuidado de otros enfermos. 

Jja casa se«>an ella caretáa de todo, y á 
no ser el botiquín del doctor Caserío, no 
habría podido atenderse á los (lolientes. Es- 
caseaban la carne y hi leche. Kl caldo solo 
tenía lentejuelas de gordura. Todo se propi- 
naba á pequeñas dosis. Al fin las cosas uo 
iban tan nial, con la volnntad de Dios, 
pues se esperaban auxilios por momentos. 

Se interesó la hermana Mercedes i)or Ei- 
cardo, á quien se ])uso á examinar inm aire 
prolijo. 

Del sueño i)arecía haber pasado al estado 
de sopor. De vez en cuando se le oía algu- 
na queja. 



MINES 24:1 

Toiiiósele la temperatura. 

La fiebre había crecido un i)()C(). 

llenovósele el vendaje y cambiáronsele los 
ui)ósitos aunque la supuración no hubiese 
aumentado mucho en el orificio del pecho. 

En esta última operación, sor Mercedes 
notó que los bordes tendían a inflamarse; 
más nada dijo. 

Mines le dio un poco de alimento líquido, 
que el sorbió complacido. 

La novicia había recobrado, en aparien- 
cia su aspee ta de calma y recogimiento, i)ero 
estaba muy pálida ahora, ojerosa é inquieta. 

p]ra su seno un nido de incertidumbres y 
presentimientos desde que había abandonado 
al paciente el sueño tranquilo. 

Cada vez que liicardo lanzaba un lamento 
á impulsos de aguda punzada, lo recibía 
eHa también en el corazón con violencia, sin 
que i)or eso trascendiera su concentrada 
l)ena, ahogada por el esfuerzo de una rara 
energía. 

No veía el instante de la llegada del medico, 
y en su im])aciencia salió al zaguán. 

De allí dominaba bien un patio estrecho 
con piso de baldosa, donde reclinados unos 
i'ontra los muros v tendidos otros sobre 



242 A(^EVi:i)() DÍAZ 



jerjíus se (Mmtabaii liastji diez heridos. En 
redor de ese montón informe, se exhibían 
lienzos é hilaehas eon eoágiilos rojinegros. 
Alí^nnas mantas viejas servían de abri^i^os^ 
en gruims de (h)s ó tres enfermos. 

En linas parihuelas y cubierto con una de 
esas mantas desteñida ])or el sol y las lluvias^ 
se destacaba tieso un cuerpo humano. 

Puesta encima del cadáver, para darles sin 
duda la misnni fosa, se veia una pierna ampu- 
tada á uno de los que fueron sus compañeros 
de lucha. 

Un perro, acaso el mismo que había ido á 
olfatear en la noche al cuarto de Ricardo^ 
estaba echado junto á las parihuelas. 

Un proyectil le había rozado arrancándole 
un girón de piel del vientre; y á segundos se 
lamía allí, para poner enseguida la cabeza 
entre los remos delanteros en busca de 
reposo. 

La novicia ai)artó la vista, y suspiró eon 
angustia. El cuadro era cruel. 

Volvióse al aposento, pero mirando para 
atrás, (*oino abismada en el horror. 

Cambió de impresión cuando entró el mé- 
dico; visita que ella ansiaba y al mismo tiem- 
po temía, pues lo óptimo y lo i)ésimo se dispu- 



MINES 243 

taban, el dominio de su sensibilidad moral. 

Es tan serio el momento del examen cien- 
tíñeo, cuando ya la fe comienza á desfalle- 
cer! 

En tanto la insi)eeción duró, estúvose 
quieta con los brazos cruzados junto á la 
puerta. 

Oyó una queja escapada del pecho del 
herido; después el eco (íonfuso de algunas 
palabras que el cirujano cambiaba con sor 
Mercedes en temo conciso y breve, en un 
extremo de la habitación; luego los pasos de 
aquél que se retiraba. 

Dióle espacio Mines sin sei)arar su mirada 
del vacío. 

Con la salida del médico coincidió el pasa- 
je de las i)arihuelas, que conducían dos hom- 
bres. 

El perro iba en pos, con su vientre man- 
chado de sangre y lodo. 

Si el lamento de Ilicaido había sido para 
ella como el toque siniestro de una campana 
que dobla, aquellos tristes funerales en* vez 
de aterrarla pusieron en reacción todas sus 
fuerzas. 

Kesuelta, i)reguntó con entereza á sor 
Mercedes: 



— ¿Qué lia diclio ol módico, lieriiiana? 

— Lo (le siempre, que su estado es muy 
delicado, y que el proeedimiento debe ser el 
mismo. 

— Quiero ahorrar á ustedes la pena del 
tratamiento asiduo, y les suplieo que lo dejen 
á mi cuidado i)ersonal. 

— El deber no es pena.... 

— Y í?rande en este caso — repuso la novi- 
cia sobre sí, como bien ])enetrada de las res- 
ponsabilidades que contraía. Insisto en que 
se me confíe el (*umplimiento de ese deber. 

Los verdosos ojos de sor Mercedes se cla- 
varon en el semblante de la joven, con aquella 
expresión que otra vez los había sin<?ulari- 
zado; pero cesó de ])ronto su fijeza pene- 
trante, sutil, escudriñadora ante la severidad 
de líneas que revelaba en ese m<miento el 
rostro jmlido de Mines. 

— Bien está — dijo sor Mercedes fríamente. 

Su silenciosa companera, la pequeña y grue- 
sa, frotóse con cierta fruición las manos en 
señal de asentimiento absoluto. 

El tren que llegó al bajar la tarde, fué con- 
ductor de toda clase de auxilios. 

Algunas hermanas y curas venían con la 
comisión de la cruz roja. 



Se dispuso llevar los heridos menos graves 
á un centro urbano. 

El tren debía retardarse lo necesario con 
ese objeto, destinándose al traslado todos los 
vagones. 

Levantáronse las tiendas de la loma, que 
fueron reemplazadas á unos doscientos metros 
del edificio, por las carpas del destacamento 
de caballería que se dejaba de custodia. 

En la casa quedaron cinco heridos, incluso 
Ricardo, con dos practicantes y las tres her- 
manas. La cruz roja había proveído al perso- 
nal de jnedicamentos y víveres para varios 
días. Se disponía también de ropas blancas, 
hilas y vendas en profusión. 

Mines pidió que se le permitiera hacer 

uso de la pieza contigua á la de Ricardo, 

alhajada tan solo con una mesita de pino, un 

banco y un catre de tijera sin almohadas. 

- — Me basta:-había dicho-no pienso dormir. 

Uno de los cinco inválidos era un oficial 
de mérito y i>árecía ser su estado de suma 
gravedad, pues á el ocMirrían todo género de 
atenciones. 

El doctor Caserío, director del pequeño 
hosintal, había tomado posesión del aposento 
que seguía al del enfermo. 



24() ACEVEDO DÍAZ 



Kl único sacerdote que no siguió viaje, le 
liaeía eonijianía. 

Era un hombre joven, entrado en carnes, ru- 
bio, las narices muy abiertas y los ojos gachos. 

Se había ordenado hacía i)oco tiempo, 
según se le oyó decir, y era la vez i>rimera 
(jue entraba en misión para administrar espi- 
ritual ayuda á los caídos en guerra. 

Cuando sus cólrades descendieron monien 
táneamente del tren, y de eUos se despedía 
para dirigirse á la casa, el alférez del desta- 
canumto que costaba mirándolos atento con 
ai)ostura enjarras de pié en la loma, llamó al 
sargento y le dijo con una vivacidad que pare- 
cía natural en él: 

— Vea, sargento, no sé porqué creo que 
algún peligro nos amaga á la fija. Que la 
guardia esté bien alerta, y que desprenda 
un hombre de imaginaria junto a la vía antes 
(pie cierre la noche. 

La orden fué dada con aire imperioso. 

El sargento se cuadró, y alejándose rápido, 
iba murmurando á solas con su alma de solda- 
dado: — cuando los pájaros negros están muy 
encima, hay que cuidar los ojos. 

Caía la noche sin estrellas, muy velada 
])OY densas nubes. 



MlNEíá 24:7 

En el ai)(>sento de Ricardo, la novicia 

se había encardado de inspeccionarlo todo y 

colocar cada cosa en su sitio conveniente. 

El enfermo reposaba sin íatiga ni sobresaltos. 

Esto fué de buenos auspicios para Mines, que 

llegó ii creer ese descanso de larga duración. 

De abí que sintiese un íntimo contento, á 
medida que pasaba el tiempo sin motivos de 
zozobra. 

Ni porqué pensar en lo infausto?.... 

De pronto, Yaldemoros la llamó. 

— Aquí estoy, — dijo la joven acercándose 
en el acto. — ¿Qué quieres, Eicardo? 

Este tenía los ojos muy hundidos, pero 
bien abiertos é inteligentes, como si al re- 
brillar de la fiebre se hubiese unido el reflejo 
de su espíritu estoico. 

Revelaban fuerza y ardor de juventud, 
una luz vivida de anhelos secretos, acaso 
el de su ideal próximo á extinguirse en ñor. 

— Nada quiero, — contestó, — sino que estés 
un poco cerca de mí ... Con mirarte me 
bastará, hasta que llegue la hora. 

— ]N^() pienses en eso. ¿Que ya no amas 
la vida? 

— (Jontigo la quisiera muy larga, y la so- 
ñé. Pero, ya es tarde .... Se me hizo creer 



24S Af'EVEDO DÍAZ 



qiu* era imposible mi ventura, y busqué atiir- 
dirme en los pelij^ros. 

— ¡Cruel! — exclamó Mines, eon un traiis- 
l>orte apasionado. Yo no te Iiiee creer eso, 
no jKxlía hacértelo creer, i)orque aquí en el 
fondo de mi pecho has estado siemi^re en 
<*ada latiílo, en cada jdegaria y en cada do- 
lor! .... No hables de morir, te lo ruego, tú 
(jue eres joven y fuerte; no puedes morir, 
ahora que yo. . . . 

— ¿Qué? — preguntó el herido dominando su 
uíal acerbo hasta erguirse en el lecho. 

— Ahora que yo te digo que seré tuya, 
que sí)lo para tí serán mis afanes en el 
mundo, para tí todos mis extremos y fervo- 
res . Que renuncio á mis votos para con- 
sagrarme entera á tu dicha, si en mi pobre 
ser la encuentras, tú que eres tan digno de 
las mayores venturas de la tierra! 

— ¡Oh! ¡parece un delirio! — exclamó él con 
un acento de goce infinito. — ¡Yo había teni- 
do un sitio predilecto en tu santo cora- 



zón 



— Sí, lo dudas? Rompo los lazos del con- 
vento, anulo mis votos .... ¿»no ves Ricardo 
que los renuncio para siempre?. . . . 

Y con arranque violento la novicia arrebató 



MINES 249 



el tul á su cabeza, lo estrujó entre sus manos 
y lo arrojó á un rincón. 

Su espléndida cabellera negra cayó en on- 
das sobre la esclavina blanca, y rodeando con 
ella enseguida el torso del herido, juntó su 
rostro al suyo, prorrumpiendo entre estertores 
de ansiedad y de pasión: 

— Toda para tí, mi noble caballero, mi 
amigo adorado de la infancia. . . .¿.Cómo lle- 
gaste á pensar que yo no te quería? La ofus" 
cación en que lie vivido ^«verdad? .... todo eso 
que me enseñaron cuando yo era niña me 
cegó, y te hizo creer mal de mí ... . Ahora 
ves que no eras justo .... díme que no lo eras 
cuando creíns que yo no te amaba con toda mi 
alma, encanto de mis ojos, lirio de mis sueños! 

— ;Ah, no, mi dulce bien! 

— ¿Cierto? ¡Que bueno eres mi liicardo! 
Kunca dejaste de estar en mi memoria, y 
yo nada podía contra ella . . . ^,Te acuerdas 
cuando me acompañabas en la glorieta y 
en el estanque, y yo te peinaba así, con la 
mano? . . . 

Y en tanto él le imprimía en el cuello sus 
labios de fuego, la novicia continuaba con 
más arrebato y vehemencia: 

— Yo estaba (*omo atontada con las cosas 



Íi5() ACKVKDO DÍAZ 

religiosas. .. .iiK* decían que era un g^ran 
l)e<*a<i() i)ensar en hombre aljíuno. Pero tus 
cartas, ;ah, aquellas cartas Kieardo, que en- 
<!ontré en el i)asionario! .... Ellas rindieron 
al fin mi i)obre corazón, desjmés de hacerme 
llorar muchas veces. Me las ponía la buena 
Marcela. ;,Xo me dirás que no?.... ¡cómo 
llenaban mi alma de ilusiones muy blancas 
apesar de nüs temores místicos! .... Ansiaba 
entonces tenerte á mi lado, ijozar de oir tu 
habla, y, en las veladas tristes sin yo i>en- 
sarlo te hacía mil i)rotestas de carino y ex- 
tremos de pasión .... 

— Muchos quiero — la interrumpió el jo- 
ven ciñéndola suavemente; — házmelos f>iis- 
tar ahora uno x)or uno, que esa será mi su- 
prema dicha mi dulce virgen y mi solo 
4imor! 

En medio de estremecimientos, cual si pre- 
sintiese que i)ront<) se iría la vida, tuvo estre- 
<*hada algunos mcmientos á Mines. 

Luego ahogó un quejido, y se desprendió de 
^lla blandamente. 

Saliendo de su desvarío, la novicia se ai>re- 
suró á arroparlo, diciendo: 

— Un i)oco de sueño te hará bien. ¡Proenra 
•dormir Ilicardo! 



MINES -Í51 

Filé lina orden dada con iiu acento impreg- 
nado de ruego y de ternura, que pareció 
obedecer el enfermo, pues bajó los pári)ados 
y quedó en sosiego. 

La atmósfera se hacía densa en aquel redu- 
cido local, por lo que Mines abrió casi del 
todo la ventanilla, cuya hoja había recubierto 
con su abrigo para interceptar el aire de las . 
endijas bastante frío á esas horas. 

Avanzaba la noche, siempre obscura, con 
relámi)agos en forma de sierpes en el hori- 
zonte. 

Alguien rasgueaba la giütarra junto á un 
fogón de pocas brasas, cerca de la loma, 
y Iwicía oír un estilo con voz muy clara y 
perceptible. 

Era en rueda de soldados. 

Cantaba así: 

El mayor de h)s pesares 
Es tener la dicha cerca, 
Y escaparse de las manos 
Por capricho de la suerte .... 

Mines que oía casi inconsciente, como ale- 
lada, se dirigió al lecho, al sentir un ronco- 
lamento. 



ACEVKDO DÍAZ 



A la débil claridad de la candileja, vio 
que liieardo se movía exasperado, pronun- 
ciando frases sin sentido. 

El vendaje se había desviado bastante 
de la herida, y i>or esta manaba una hemo- 
rragia copiosa. 

Uno que otro resuello se escai)aba por allí, 
con un rumor siniestro. 

Sin X)erder el ánimo, la joven restañó 
cuanto x>udo la abertura, cuya membraim 
falsa, había caído, con un puñado de algo- 
dón, y la recubrió con otro, diciendo con 
firmeza: 

— Por favor Kicanh), no toques ahí hasta 
que yo vuelva. 

Presa de alta fiebre, el herido agitó de 
uno á otro lado la cabeza sin responder nada. 

Daba Mines los primeros pasos para ir 
en busca del médico, cuando se abrió la 
l)uerta i>enetrnndo en la pieza el ]>ractican- 
te seguido de un sacerdote. 

La novicia, que apenas se había arrolla- 
do y suspendido detrás la cabellera sin preo- 
cuparse mucho de estos detalles, limitóse á 
señalar con la mano al enfermo y miró con 
estupor al clérigo. 

El practicante con una simple ojeada se 



MINES 253 

hizo cargo de lo que ocurría, y procedió á 
la higiene de su herida, callado y sesudo. 
Acto para él de conciencia, á un paso del 
desenlace del drama. 

El sacerdote miró á Mines con aire de 
simulada comi)uncÍ0n, y habló bajo: 

— Nunca lo hubiera creído! 

La novicia, que había recuperado toda su 
serenidad en aquel instante crítico, alzó su 
bella cabeza con altivez, y preguntó en to- 
no severo: 

— ^,Qué es lo que no hubieras creído? 

— Verte aquí. 

— Aquí estoy mejor que tú. 

— No parece así, — repuso Martín Garde- 
Uo, pues él era el religioso. — El médico me 
ha informado que mis auxilios son quizás 
más premiosos que los suyos en este sitio. 

— Ah! eso te dijo? — exclamó Mines con- 
teniendo con sus lágrimas un arranque de 
honda indignación. — Pues bien: yo te digo 
en cambio que el moribundo no necesita de 
tu ayuda. 

— Ni tampoco la enfermera? — objetó el 
recién ordenado con fría ironía. 

— Mucho menos. Bastaría eso para per- 
derme á los ojos de Dios! 



2.")4 ACKVKDO DÍAZ 

Fueron pronunciadas estas palabras con 
tal dureza y desprecio, (pie Gardello se in- 
mutó, y volvióse Inunillado al zaj»uán. 

El practicante terminaba su penosa tarea, 
impresionado ante esta escena violenta. El 
drama tenía raíces hondas! 

Notó que se encontraba en presencia de 
una nnijer de temperamento selecto, cai)az 
de imponerse á los trances más rudos, y 
le liabló con respeto, dándole á entender 
(pie el actual podía ser en alto ^rado do- 
loroso. 

— Me sobran fuerzas para soportarlo^ — di- 
jo Mines sencillamente. 

El practicante se inclinó^ agregando: 

— Más tarde volveiv. 

La novicia le ñié siguiendo con paso firme 
hasta la puerta, que cerró luego, corriendo 
el pasador sin ruido. 

Kicardo deliraba. 

Mines (lió suelta á su congoja con algu- 
nos sollozos que aliviaron su seno de oi)re- 
si(mes implacables, y tornó á la cabecera, 
sorda á otro rumor que no ftiera el del si- 
labeo incíiherente del enfermo. 

En tanto, el tañedíu^ de guitarra seguía 
su cantinela con un eco amargo: 



MiisKS 255 

Que la novia del soldado 
Como bala en cartuchera, 
En un caso muy apurado 
Busca blanco donde quiera. 

Mines, desencajada y abatida, con sus gran- 
eles ojos velados por las lágrimas, no oía 
aquellas voces que venían de afuera, sino 
los latidos sordos que preceden á la deses- 
l)eración. 

Yaldeminos dejó de delirar, y pareció en 
goce de un rapto lúcido. 

xVl ver que sus párpados se entreabrían, 
la joven cogióle con ambas manos la cabeza, 
y lo besó. 

Fue el suyo un beso de hondo deliquio, 
r\v<\\ si hubiese ansiado arrebatarle con el 
toda la fiebre que lo consumía; y como si á 
su vez delirase, murmuró á su oído en ruego 
férvido, ari'obador: 

— Yuelvt^en tí un instante, mi bien..., 
Si alguna culpa he tenido en tu infortunio, 
yo la purgaré, te lo juro. Para tí reservaba 
mis grandes idolatrías sin más pensar en el 
claustro, del que me arrancaste tú, sol de 
mi vida solitaria, cuando tal vez yo no lo 
merecía. Debí comprenderte desde el princi- 



2riS Aí'KVKDO DÍAZ 

Este último j»TÍt(> fué coiiu) un alarido. 

Fiuntes í»()lpes sonaron en la puerta. 

liicardo <*eilió de pronto lanzando una que- 
ja débil, sus convulsiones cesaron gradual- 
mente, y al ñu se quedó inmóvil. 

Sofocada y jadeante, Mines corrió á la 
ventana i)ara abrirla del todo y recibir íi 
raudales el oxígeno que faltaba á ella y al 
enfermo. 

Un acre olor á pólvora invadió la pieza. 

No se imi)uso ante los vivos centelleos 
de las armas, ni el terrible estridor de la 
pelea. 

Oíanse también muy cerca cortos silbos .si- 
niestros, y rebotes de bala sobre el muro 
exterior á modo de recio granizo. 

Apoyóse sin fuerzas en el marco y alzó 
los ojos al cielo que estaba negro, muy negro, 
clamando desolada: 

— ¡Dios eterno, ainada te de mí! 

En ese momento varios ])royectiles, de los 
nmclios que rebasaban la línea de resisten- 
cia y se hundían en la pared, penetraron en 
la habitación, y uno de ellos hirió á la joven 
en el cueUo. 

Mines se llevó allí la mano sin proferir 
un lamento, dióse vuelta tambaleando y ftié 



MllSÉS 259 



á ciier de boca sobre el lecho de liicardo^ 
, V <íuyo rostro lívido cubrió con sus cabellos en 
I, desorden. 



FJN. 



índice 



Página 

<Jonsiiltas I 

I. — Ecos del carmen 3 

II. — Claroscuro de un convento. . . 15 

III. — Jesiis era bello! 31 

IV. — Después del salmo 43 

V. — Ensayo feliz 55 

VI. — La opinión de Tácito 6G 

VII. — Teoría y parábola 80 

Tin. — Una conversa piadosa 91 

IX. — Kazareno ideal. 104 

X. — La rosa negra 113 

XI. — Ultimo retoque 123 

XII. — Gota que colma 137 

XIII. — Las dos pasiones 140 

XIV. — Miserere 156 

XV. — En pos" del ensueño 168 

XVI. — Yoces que llaman 181 

XVII. — El tren nocturno 195 

XVIII. — Bajo el fuego 207 

XIX. — Horas amargas 219 

XX. — La pócima y el beso 229 

XXI. — Dúo solitario 240 



UNIVERSITY OF TEXAS AT AUSTIN - UNIV LIBS 

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^D5ñD^^53^ 



5917 3028044233